El Charras: la escritura y la memoria

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Alpie, Reseña | Opinión

CHARRAS

Escrito por: Jorge Fernández Souza

Dicen que la escritura, se inició unos tres mil años antes de nuestra era, en Babilonia. Fue, parece, para poder registrar operaciones comerciales. Surgida de aquella necesidad mercantil, tan humana como prosaica, la escritura tomó otros derroteros: expresar hazañas reales o imaginarias de gobernantes y guerreros, apuntar las cuentas de los días, los años o los milenios (como en la cuenta larga calendárica maya), expresar la necesidad estética o profética, fijar las reglas morales, religiosas o jurídicas que, según quien las escribe o las dicta, deben ser seguidas hasta por quienes no han opinado nada sobre ellas…y desde luego crear belleza.

Hacer memoria, o guardarla es, por tanto, en cualquiera de esos derroteros, función inherente a la escritura. Cuando se escribe, sobre todo cuando se hace un libro, se trabaja en busca de lo perdurable. Se quiere que la memoria se grabe en metal o en piedra y no en hielo o en arena.

Así, la memoria cuya perdurabilidad se buscó con la elaboración de este libro, es la memoria de un movimiento social muy importante en Yucatán y en México, de su desarrollo, sus causas, sus secuelas y, desde luego, del compañero cuyo asesinato fue el detonador de ese movimiento que sacudió a Yucatán y que por tanto es parte de su historia. Y que, como hecho histórico, debe ser registrado. El libro surge, precisamente de la necesidad de guardar la memoria de esa parte de la historia de Yucatán. Con otras actividades, la publicación fue impulsada por compañeras y compañeros a quienes nos preocupó la perspectiva de que a los 40 años del asesinato de Efraín Calderón Lara, el Charras, y del movimiento popular que el crimen desencadenó, la historia pasara desapercibida y se fuera perdiendo o, en el mejor de los casos, se minimizara.

Se trataba (se trata) de un enfrentamiento, soterrado pero cruento, entre la memoria y el olvido. El olvido procurado por quienes estaban o están interesados en ocultar que en los años setenta hubo una insurgencia entre los trabajadores yucatecos, que se dio en el marco general de la insurgencia sindical nacional, de sectores de trabajadores que buscaban generar organizaciones que realmente representaran sus intereses y que tuvieran dirigentes honestos y a su servicio, que buscaban mejores condiciones laborales y la existencia de una fuerza alternativa a la corrupción de los sindicatos y a su entrega a los mandatos gubernamentales y patronales. El olvido, que mediante el silencio, se ha intentado acerca de que un asesor jurídico laboral, nacido en Hopelchén, Cam., y a punto de egresar de la licenciatura en derecho de la Universidad de Yucatán, junto con compañeros que concebían que los cambios sociales eran impensables sin la organización independiente de los trabajadores, se comprometió honesta, conscientemente y con convicción en aquella lucha. Y de que su asesinato y las diversas formas de represión al movimiento sindical, estudiantil y popular revelaron la existencia de un orden político y económico capaz de llegar a esos extremos para garantizar la continuidad de la dominación sobre las mayorías de la población, en este caso de Yucatán. La intención no era, no es, ocultar solamente los hechos, sino todo el contexto social, organizativo, de pensamiento, simbólico inclusive, que se manifestó popularmente en aquellos años.

Frente a ese silencio, que se extiende a las versiones oficiales de la Historia de Yucatán, surgió la necesidad de este libro. El rescate, todavía parcial, de la historia del movimiento que inició cuando Efraín trabajaba en la defensa legal y en la organización independiente de los trabajadores y que se desbordó después del crimen, lo lograron quienes diseñaron este volumen en varios apartados: Después de los agradecimientos y de la introducción, que es una suerte de presentación general de la razón de ser y del contenido de la publicación, el apartado I, a cargo de María Daén Badillo Godínez, nos da el marco temporal, desde los años previos al movimiento, hasta abril de 1974, cuando terminó la huelga estudiantil en un repliegue ordenado.

Dirigentes sindicales, populares, políticos y estudiantiles de los años setentas del siglo pasado, ofrecen su testimonio y su visión de los hechos en el apartado II. No siempre coincidentes, lo que enriquece el panorama que da el libro, los testimonios lo son de algunos de quienes vivieron y participaron de diferentes maneras en el movimiento sindical-estudiantil-popular. Lo que cuentan, a prácticamente 40 años de distancia, no deja de estar a flor de piel.

Las reflexiones retrospectivas de la Parte III, están integradas por seis artículos, de diferentes autores. Iván Franco ofrece un panorama amplio de la resistencia indígena, de los movimientos sociales y, de manera destacada, de cómo se ha utilizado el asesinato político en Yucatán en contra de dirigentes populares o políticos desde Canek hasta Efraín Calderón. Francisco Pérez Arce da cuenta del carácter de crimen de Estado con ribetes de intriga político – policíaca que tuvo el crimen. Enrique Montalvo hace una interesante articulación, y en alguna medida comparación y recreación, entre un texto que escribió hace cuarenta años sobre el crimen y el movimiento social, y otro texto que comenta al anterior y que reflexiona sobre la situación actual. Arcadio Sabido hace un análisis que es a la vez recuento de lo que fue el movimiento, de sus formas de lucha, de su ritmo social. Y Eric Villanueva amplía la visión desde el movimiento de 1974, hasta otros movimientos sindicales y populares que, en alguna medida influenciados por aquél, continuaron hasta 1990.

Finalmente, la parte IV, además de un texto de ficción de Edgar Rodríguez Cimé, nos lleva a las expresiones populares y de comunicación alternativa que se generaron al calor del movimiento, como algunas reproducciones de volantes y de letras de canciones que muestran el ánimo que había entonces en una buena parte de la población yucateca.

Con esta integración, el libro quedó con un buen balance de lo que fue esa etapa de la historia de Yucatán. Hay que reconocer el trabajo de quienes hicieron posible la publicación, en particular de los coordinadores, Pedro Quijano y Arcadio Sabido, sin cuyo esfuerzo este texto no se hubiera logrado.

Algunos breves comentarios finales: la labor de Efraín Calderón Lara, como la de otros jóvenes estudiantes o trabajadores con los que él coincidió directamente o en aspiraciones e ideales, fue expresión de la actividad política y social de una parte de una generación, que se manifestó desde finales de los sesentas del siglo pasado y cuyos ecos se siguen oyendo, que creyó, que ha creído, que el mundo puede ser cambiado, que, como se dice desde hace menos tiempo, otro mundo es posible.

Cuando Roberto Calasso recrea el mito del rapto de Europa por Zeus (rapto que, dichos sea de paso, no es absoluto, porque la curiosidad de Europa le abre el camino a Zeus), dice que “las historias jamás viven solitarias: son ramas de una familia que hay que recorrer hacia atrás y hacia adelante”. La cita viene al caso porque la historia de Efraín Calderón y del movimiento de 1973-1974 en Yucatán es parte de una historia más amplia, la de esos jóvenes que buscaban cambiar el mundo, en este estado como en otras partes de México, varios de los cuales cayeron en ese intento. En Yucatán, paralelamente al caso del Charras, hubo otro de aquellos jóvenes que en los mismos años, fue victimizado por el sistema que quiso cambiar, sistema que en esencia sigue siendo el mismo. No hay que dejar de recordar esa historia paralela, la de Raúl Pérez Gasque quien, básicamente con los mismos ideales de Efraín y de otros jóvenes de esos principios de los setentas del siglo XX perteneció a una organización político militar que buscaba transformaciones sociales radicales. Detenido en Chiapas en marzo de 1974, Raúl fue desaparecido en abril de ese mismo año después de haber estado en manos de la policía política de entonces, de la Dirección Federal de Seguridad. Así, de febrero a abril del mismo año, esos dos jóvenes yucatecos corrieron la misma suerte, por las mismas causas (aunque ellos habían tomado caminos distintos) y por acciones diferentes (pero equivalentes) del mismo sistema.

El movimiento de 1973 1974 no podía, porque no la conocía, reivindicar la historia de Raúl como reivindicó la de Efraín. Pero la Historia, con mayúscula, debe de darle su lugar a los dos.

No fueron pocos los jóvenes que cayeron en México en esos años. No son pocos los que han caído después por buscar cambios que mejoren las condiciones de la gente, del país, del mundo. Lo menos que podemos hacer es tenerlos presentes, como se hace en esta publicación. Vale, en este sentido, recordar lo que dice la parte final de la versión de Ermilo Abreu Gómez del Popol Vuh:

“…Entonces Hunapú e Ixbalanqué dijeron delante del viento que se detuvo para oírles: -Nosotros somos los vengadores de la muerte. Nuestra estirpe no se extinguirá mientras haya luz en el lucero de la mañana. Al acabar de decir esto, los hermanos recibieron el aliento de Hurakán, y se elevaron sobre la faz de la tierra. Uno de ellos fue hacia el sol y el otro hacia la luna. El espacio oscuro del cielo se llenó de resplandor. En seguida los muchachos que murieron por causa de la maldad de Zipacná, convertidos en estrellas, subieron a hacerles compañía. Desde entonces lucen con luz inmortal.”

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