La palabra, el corazón y la memoria

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Al Pie, En los Bordes de la Letra

 

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Fotografía: Irving Conde
Escrito por: Wilbert Osorno

A veces es curioso cómo uno, ante la dificultad de escribir, lo único que tiene que hacer es escuchar, a sí mismo o al otro, o en ocasiones sólo se trata de recordar. Algo de ambas fue lo que sucedió con estas palabras; en cierto modo ya se encontraban ahí. Frente a lo difícil de abordar un tema tan sensible como lo es Ayotzinapa y, en general, la situación tan lamentable por la que atraviesa el país, ¿qué podría aportar una mirada desde la literatura? ¿Qué podemos decir nosotros además de la perspectiva política, antropológica o comunicológica? Una vez, mientras discutíamos sobre México y los normalistas y la violencia, un maestro preguntaba: ¿y qué se puede hacer con todo el sufrimiento, la desolación y la desesperanza que padecemos?, que no se ven, pero que ahí se encuentran; un movimiento no debería aspirar a cambiar el orden de las cosas sin antes dar cuenta del dolor que se ha venido acumulando por años y años en nosotros mismos. Ese bien podría ser el punto con el que iniciara nuestro texto.

De algunas décadas para adelante, el grueso de nuestra sociedad se ha caracterizado por el olvido; de las muertes, de las injusticias, del sufrimiento, de las grandes batallas que se han librado en el ayer y que pareciera han perdido sus lazos con el presente. Sin embargo, nos encontramos en un instante que puede redefinir lo que hasta ahora ha sido una común historia del ver y olvidar. Mucho se ha hablado de lo que podría ser “el momento mexicano”; esta explosión de activismo político, de manifestaciones en su más puro sentido, un trastorno visible de nuestra interioridad embotada, la súbita toma de conciencia de que algo en verdad va mal y que llevaba mucho tiempo así. Si algo ha quedado claro con toda esta efervescencia política es la necesidad de expresar lo difícilmente expresable, que se ve reflejada en la proliferación de performances o piezas artísticas como medios para manifestarse, y también, la incapacidad de los modos tradicionales de hacerlo, además de su cercanía con el olvido del pasado. (Es difícil pensar que a tan sólo unas décadas de la Guerra Sucia, la mayor parte de nuestra generación no tenga idea de lo que fue, aunque tampoco es inocente que sea así.)

Los discursos que tenemos taladrados en la cabeza ya no dicen nada: la cháchara mediática nos deja impasibles y a medias, el Estado ya agotó sus tres palabras de indignación; su jerga técnica, estadísticas y “reconstrucción del tejido social” son como un formulario televisado. Nada significa para nosotros la misma palabrería inepta que sólo revela la ineficiencia de nuestros gobernantes y su nulo compromiso con la sociedad. Y la imagen, uno de los grandes mitos de la actualidad y fiel aliada de la manipulación ideológica, parece que podría empezar a debilitarse; la urgencia de comprender profundamente y expresar con viveza qué requerimos la desbordan.

La imagen, como medio predilecto de lo masivo, ha sido ligada frecuentemente a la ausencia de memoria en las sociedades contemporáneas. Debido a su inmediatez, la imagen eclipsa otras formas de entendimiento, de modo que recordar se vuelve evocar una imagen, una fotografía, no una historia. La imagen descontextualiza, ofrece un instante, la mayoría de las veces emotivo, pero fuera del entorno simbólico al que pertenece; la asimilación de lo que muestra no siempre ocurre como debería. ¿Cuántas personas no recuerdan más las imágenes de los soldados, los estudiantes y los tanques que las condiciones que propiciaron el movimiento estudiantil del 68? Además, el exceso de imágenes harta y, como a través de ellas se miran los sucesos, pueden llevar a la idea que el sufrimiento en ciertos lugares es algo normal y contra lo que nada puede hacerse. Por ejemplo, las numerosas imágenes de cadáveres vinculadas con el narcotráfico se han vuelto una moneda de cambio común; “es que siempre mueren un chingo en Tijuana”, alguien dice. Otro muerto más, sin rostro, arrancado de su historia…

Frente a este olvido generalizado, no se nos ocurre más que oponer las palabras, pero esas que de verdad valen. En un tiempo que se caracteriza por la velocidad de la información, la asfixia de contenido, la pornografía emocional, la indignación de papel (al menos hasta ahora), habría que redirigir la mirada hacia el espacio de lo literario y así podría cobrar algo de sentido nuestra presencia en esta mesa. Cuando los otros discursos callan, cuando cambiamos el canal del noticiero, al procurador en turno se le gasta la saliva o las cifras de desaparecidos no pasan de ser un número, la literatura puede tomar la palabra. Porque la literatura se escribe, se lee y se piensa desde el corazón. Nos arroja palabras llenas de fuerza, de vida, de emoción, de recuerdos. Asomarse a un texto literario significa un acto de complicidad; uno coescribe cada palabra leída. A diferencia de un filme, de los personajes y escenarios cinematográficos, el texto literario siempre hereda algo de nosotros; entre su cualidad lingüística siempre existirán fisuras que nos permitan deslizarnos por más mínimo que sea. La imagen sentencia, impone su perspectiva. La palabra es un signo más abierto. Además, en esta simbiosis nacida entre el texto y el lector, el camino hacia el Otro se dibuja con sutileza. La alteridad se nos insinúa y a pesar de que su misterio se aplaza indefinidamente, algo nos parece revelarse. El sufrimiento de alguien más deja de parecer tan lejano, la distancia entre tu vida y la mía puede acortarse aunque sea algunos segundos. La literatura nos permite regresarle su rostro y su historia a cada desaparecido, a cada muerto, a cada víctima innominada. Porque la memoria no olvida lo que se ha fijado en el corazón.

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