
Fotografía por: The New York Public Library | Dominio Público.
Escrito por: Emma Kuyoc Altamira
Todas las noches apago la luz de la habitación.
Me siento frente a una mesa hecha de pino, pongo delante de mí una pequeña libreta y una vela encendida.
Sostengo con mi mano derecha un lápiz Mirado número 2 y con la izquierda doy pequeños golpes a la madera.
Toc,
toc,
toc.
Cierro los ojos e intento «escribir para conjurar a los fantasmas»¹,
a mis fantasmas,
de los que en algún momento me escondí
detrás de páginas vacías.
Toc,
toc,
toc.
Escucho que me hablan. Y pese a que hurgar en mis vivencias y recuerdos me produce escozor, lo hago.
Desde hace tiempo entendí que este oficio pertenece a las sombras,
donde se resguarda aquello de lo que se evita hablar,
de lo que resulta incómodo.
Atrapo todo lo que puedo y lo regreso al presente.
Luego empiezo a escribir hasta que siento una punzada en mi dedo anular.
Abro mis ojos y veo redactadas tantas cosas que había olvidado:
marcas rugosas en la piel,
cenas a medio terminar,
cuchillos de cocina,
infancias oxidadas,
silencios clavándose en la carne.
Ahora están ficcionalizadas.
[1] Fragmento del texto “Escribir (instrucciones imposibles)” de Sandra Lorenzano, incluido en el libro El arte de aprender a escribir.