La madre de todas: sobre Apegos feroces (2017) de Vivian Gornick

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Alpie, Manos a la Letra

Fotografía: Martha Swope
Escrito por: Guadalupe Gerónimo Salaya

Pienso que, al igual que los gatos, nosotros no escogemos a los libros: ellos nos escogen a nosotros. Llegué a la narrativa de Vivian Gornick una noche de octubre después de correr bajo la lluvia y entrar a la primera cafetería que me prometía un poco de calor. Más allá del mesero, no había persona a quien observar. A veces es interesante escuchar, mirar de forma casual y hasta oler al comensal que está en la mesa de junto. La lluvia no daba tregua, así que saqué mi epub para leer alguna recomendación gratuita. Justo había terminado Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, y el algoritmo me estaba recomendando autoras y libros parecidos. Aunque escuché su nombre más de una vez, sobre todo entre círculos feministas, no había leído nada de Gornick.

Cuando pasé de la primera línea, me enganchó: “Tengo ocho. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso”. Al principio pensé que Apegos feroces se trataba de una novela, y con esas expectativas descubrí que en realidad eran las memorias de la relación de la escritora con su madre. Hacía varios meses que la siniestra y solitaria tarea de maternar de distintas escritoras se había convertido en uno de mis intereses literarios. Esta vez estaba ante una maternidad narrada desde la experiencia de una hija, pero no cualquier hija, sino una que abordaba la sensación de ser paria de la generación de mujeres que nos criaron. Después de su ingreso a City College, Vivian Gornick y sus compañeros se convertirían en subversivos dentro de sus hogares, pues los puntos de vista, la manera de hablar y las lecturas que hacían los separaban de sus familias. Cada autor y cada cita eran un distanciamiento más.

A través de la lectura de este libro, conocí los paseos que Gornick hacía con su madre en las calles de Manhattan, mientras recordaban los nombres de personas que se perdieron en el tiempo. En su relato percibía una forma de asociación libre entre la madre y ella, donde surgían nombres de mujeres relacionados con anécdotas sobre hijos, maridos, sexualidad, ideologías políticas y algunos finales tristes. La mayoría habían vivido en los departamentos de su infancia en el Bronx.

Entre estas mujeres, hubo una vecina que tuvo una fuerte presencia en la formación de Gornick. Nettie era su nombre, y fue junto a su madre el ejemplo, instalado en su inconsciente, de lo que quería ser y no ser, según vamos leyendo entre líneas. Por eso, en cada relación que tiene con un hombre, los referentes de Gornick son estas dos mujeres: una en la eterna viudez y el duelo, la otra en la pasión y la libertad de su cuerpo. Historias que afloran desde la cocina en el Bronx y, ya en la madurez, se evocan durante las caminatas descubriendo recovecos en la gran urbe.

Un pasaje de su niñez —que encuentro maravilloso y hasta me hace pensar en mi propia madre, cada vez que regreso a él— nos cuenta la conexión entre estas mujeres y el mundo tras la ventana de la cocina. Toda la actividad humana se manifiesta ahí a través de voces, chillidos y otros sonidos de la vida doméstica, que provienen del callejón y se meten por la ventana para ser interpretados y convertidos en historias, de manera fascinante, por la madre. Se trata de una habilidad que Gornick aprendió y llevó a la práctica para obtener hasta el más mínimo detalle de información de las personas y así darle un significado en la escritura.

Gornick vive una relación ambivalente con su madre. Por un lado, no puede conquistar una paz completa, a tal grado que esto llega a afectarle; por el otro, le resulta impensable alejarse de ella a pesar de soñar con escoger una vida diferente. Es este el material recuperado por su memoria, el cual luego pasa a la escritura mediante el flujo que se abre en su interior como un canal. Sinceridad sin tapujos y una escritura incisiva son los dos recursos capaces de evocar un momento en el que, no sólo se reconocen las virtudes de lo que fue, sino también se abordan los duelos por lo que habría sido. La madre de Gornick podría ser la madre de muchas; lo demuestra el éxito en ventas que tuvo la obra al ser traducida, por primera vez, al español en el 2017, a pesar de haberse publicado originalmente en 1987.

Después de ser emboscada por la lluvia, me propuse leer las memorias, pero los compromisos con otros textos y la atención que exigía un libro de este tipo no me lo permitieron. Fue hasta transcurrido un año, durante unas largas vacaciones, que pude disfrutar con calma de Apegos feroces. La lectura ocurrió en un momento de reposo para el cuerpo, pero de total inquietud para mi mente. Mi madre necesitaba descanso después de una operación ambulatoria que me había mantenido preocupada. Aunque todo llegó a buen puerto, desde aquella vez se alumbró en mí la verdad de que todos, incluso quienes nos dieron la vida, habrán de perderla, y no quedará más que nuestras memorias. Rememorar puede salvarnos, pero ahogarnos también: es la paradoja que asumimos al traer al presente las anécdotas y frases, no olvidadas, de quienes compartieron gran parte de su vida con nosotros.

No. 23
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Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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