
Fotografía por: Francis Lee
Escrito por: María Elena González
El dolor viaja… como si alguien apretara con insistencia tu cerebro por dentro. Cierras los ojos y ves todas las ramificaciones nerviosas dentro de él, al rojo vivo; ese carmesí va fortaleciendo la intensa jaqueca. Las venas de las sienes golpean la piel, te regalan luces interrumpidas que parecen pequeños destellos: el indicio del dolor. Decides, entonces, tomar el fármaco: una diminuta pastilla debajo de la lengua te da tregua por un momento, pero te has fugado paralelamente a esos lugares que te provocan el estrés del que huyes.
Te conoces muy bien, sabes qué hacer y qué evitar, pero tus nervios se disparan y no puedes impedir la ansiedad. Tu razón grita ¡PARA!, pero todas estas emociones te aniquilan. Esperas unos minutos: ya la pastilla está haciendo efecto.
Bajo el chorro de agua en la regadera —uno de tus lugares favoritos para calmar las palpitaciones en tus sienes—, intentas no pensar en nada, sobre todo en lo que originó esto. No fue la cafeína, ni el desvelo. Cierras los ojos. ¿Qué fue entonces?
En tu mente giran ideas, recuerdos, ocasiones. Sueltas los hombros en un intento por relajarte y recuerdas la frase de Eugenides que escuchaste alguna vez: “La biología te da un cerebro… la vida la convierte en una mente”. Piensas que todo es transformable en placer o dolor. Las incontables rutinas en nuestro día a día nos marcan con sus muchas vertientes que pueden crear controversia, sacarte de ti misma, arrastrarte a la locura, hacerte libre o aprisionarte. En filosofía, mente y conciencia podrían sonar como sinónimos. Se alude a la conciencia como la percepción del “yo”, ese yo que interactúa con lo cotidiano, cree en lo común y perece en lo individual.
En la oscuridad de la noche tu mente se llena de pensamientos que no puedes poner en práctica. Te levantas y ves por la ventana de la habitación. ¿Por qué no puedes dormir?, ¿qué te somete al insomnio? Afuera, la luna intenta contrastar tus emociones con su halo de calma, pero los latidos de tu corazón se ralentizan. Hay algo inconsciente en tu manera de pensar y actuar que te lleva a respuestas no razonadas, aprendidas para sobrevivir. Caminas por la vida con el nerviosismo pegado al cuerpo, enarbolada de estrés. Y todo duele: duele la espalda, el trapecio, ese músculo que sostiene tu cuello y se llena de tensión cuando, a las cuatro de la madrugada, el cerebro se pone alerta, y despiertas en la oscuridad. ¿Cómo sobrevives a las respuestas que te da la rutina, a esa rutina agobiante que no cambia, a los estándares marcados por la sociedad, los amigos, tú misma?
Así como la vida te lleva por caminos insospechados, el dormir es necesario. El sueño lo envuelve todo. Entonces en la cama —en el habitáculo de la sinrazón— debes tejer una idea, apegarte a ella, tratar de entenderla. Pero no puedes. Es más fácil negarlo, aunque sabes que al final te saltará encima. ¿Para qué hacerlo? Bien decía Jung: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”.
Miras dentro de ti: no hay respuestas, sólo recuerdos dolorosos que cabalgan con rapidez y arremeten contra tu memoria… Parten desde la adolescencia, no de tu niñez. El inconsciente tiene que ver con actos reprimidos, situaciones en tu pasado que te han causado traumas.
Cierras los ojos, ya el día se anuncia. El ritmo de la rutina va apretando y no permite tregua. Todo en estos tiempos te conduce a analizar tu interior. Te sientes fatigada. Entonces, el dolor aparece: un adormecimiento en el cuello amenaza con subir por el tallo cerebral hasta alcanzar el lado derecho o izquierdo. Es una dureza incontrolable y persistente. No puedes pensar más allá. Se nublan tus porqués, aunque los pensamientos no te sueltan. Vives encerrada en un caparazón, mostrando a los demás sólo lo que quieres que vean.
Huyes de tus debilidades. Te preocupas más por los demás que por ti misma y eso te contractura. Los traumatólogos dicen que los dolores de espalda tienen un significado emocional. Tus músculos punzan, se contraen por la falta de comunicación, la falta de flexibilidad ante la vida. Pero no puedes con todo y una imagen se dispara: un recuerdo. Es el pasado como una telaraña que, con sutileza, se pega a tu rostro y a tu cuerpo. Sientes los delgados hilos de la evocación resbalar suavemente, pero nunca los dejas caer; tal vez todo sería más sencillo si los dejaras ir. Sin embargo, ahí se quedan, pegajosos e inciertos deslizan sensaciones en tu día a día que se incrustan en todo tu cuerpo, creando incluso enfermedades que dependen ya no sólo de una pastilla para la cabeza, sino ahora de un antidepresivo.
No quieres ser igual a todas. La depresión es como una moda. La enfermedad del siglo. ¿Por qué vas por la vida caminando tan deprisa, exigiéndote la perfección? Es una carrera aterradora, un monstruo que te sigue en forma de culpa, miedo, dudas, que acerca y aleja esa valla que te llevará al lado luminoso. Recuerdas de nuevo a Jung: “La depresión es como una señora de negro; si llega, no la expulses, más bien invítala como un comensal en la mesa, y escucha lo que tiene que decir”. Tal vez es tiempo de fraternizar contigo misma, entender la tranquilidad como un sueño atrapado dentro de una botella llena de abejas: si no la contemplas no dejará de zumbar y sólo será eso… ruido.
Pero el ruido viene acompañado, disfrazado de silencio. La señora de negro te sigue por las calles, está en tu trabajo, se topa contigo en la esquina de tu tranquilidad y te la arrebata. Su vestido esconde inseguridad, dolor y tristeza. Es difícil hacerla a un lado. Es como una invitada especial en cada casa. Se aparece ya no sólo en tus sueños, sino en tu sofá de la sala. Aprendes a vivir con ella, con el dolor provocado que te ata a cada minuto. Reconoces que tus manos —esas que aman, trabajan, hornean, escriben y pintan— se adormecen. Abres y cierras los dedos, haces que bailen siguiendo una melodía, la de tu desesperación. Es imposible, no quieres un comensal así en tu mesa, aunque sabes que la señora de negro es parte del banquete.
El día comienza y decides apostarle a eso. Es más fácil distraerte en la luz porque la noche siempre apabulla, contrae las ideas. El día nos muestra misericordia, claridad. ¿Qué más se puede entender? ¿Eres escuchada?
Es fácil entregar tus porqués, pareciera que tienen vida propia. Escupes tus ideas con inquietud en un intento por hacerte comprender, cuando lo único que buscas es un silencio que te reconforte. Entras al consultorio del neurólogo, sus diplomas y certificados te hacen sentir pequeña. El sillón arropa tu cuerpo y la sonrisa a medio discurrir del doctor te parece cálida. Comienzas tu discurso, lo sabes de memoria, las palabras corren solas, eslabonadas de esperanza, comienzan a subir por los muros y a sujetarse por las esquinas. Entonces, miras sus ojos: no dicen nada; son huecos y profundos como tu insomnio. Te observa desde la conmiseración que tú no deseas. Cada centímetro de esos pensamientos silenciosos y alargados te cae encima. ¿A quién acudir? ¿Cómo resolver el dolor que sientes: la migraña que hace saltar tus venas, el trapecio, la espalda que carga tus emociones?
Cierras los ojos, llevas los dedos de tus manos hacía tus sienes y las masajeas. El dolor comienza a viajar como si alguien apretara constantemente tu cerebro por dentro. Te levantas y sales sin decir nada. Recuerdas que, en la sala de espera, la mujer vestida de negro te sonríe.