
Fotografía por: Biodiversity Heritagey | Dominio Público.
Escrito por: Irma Torregrosa
Un cachorro entra en el cuerpo de su madre
para cubrirse del frío.
Lleva muchos días haciendo lo mismo.
No sabe la muerte, pero la intuye
en la rigidez, la temperatura, los ojos abiertos.
Mientras, la descomposición trabaja:
las enzimas van rompiendo los tejidos
y la vida se fragmenta
en formas más pequeñas y más fuertes.
Porque no es cierto lo que dicen:
la muerte no se lo lleva todo.
Los cuerpos sólo se traducen,
vuelven a sitios en los que no recuerdan haber estado.
Ajeno a cualquier explicación,
un cachorro se cobija
en el recuerdo de un pulso;
habita en lo putrefacto, pero vivo.
No es cierto que la muerte se lo lleva todo.
Un cuerpo vacío
puede ser, también,
una casa.