
Fotografía por: Municipal Archive of Tröndheim | Dominio Público
Escrito por: Alexis Álvarez
Lo vi nacer: comenzó con la cabecita e iluminó el aliento del fogón en la estufa. Bastaba con girar la perilla y asfixiarlo, pero lo mantuve vivo, colgado del pabilo de una vela. Me acompañó a dormir lamiendo con sus lenguas la oscuridad, haciéndole cosquillas. Para protegerlo de alguna racha de viento que, tramposa, se colara por debajo de la puerta, lo encerré dentro del globo transparente de un quinqué y cobró vida en ese corazón cálido. No imaginé que siendo tan pequeño buscaría saciar su apetito reventando el delgado cristal, para quemar la madera del velador. Luego se deslizó ardiente sobre la alfombra hasta alcanzar las faldas de la cortina y trepar por el techo cubriéndolo todo, abrasando la casa entera. En unos instantes se volvió indomable. Su voracidad consumió cada cosa que encontró a su paso.
A la mañana siguiente, al ver el desastre, no pude más que reprenderlo con la promesa de un castigo, después de rescatarlo de entre las pavesas.