
Fotografía por: The New York Public Library | Dominio público
Escrito por: Ricardo Guerra
(Nota del autor, firmada el 13/10/2023)
Ayer Diana me dijo: “Es curioso que te hayas hecho viral por enterrar a tu papá y ahora lo quieras desenterrar”. Por “enterrar” mi novia se refiere a notas como la del Diario de Yucatán que en 2021 publicó “Joven, viral al contar que su papá fue ‘enterrado’ en tienda departamental” (me encantaron las comillas, porque si no estuvieran la nota iría en la sección policial), después de que publiqué una primera versión de mi crónica en Twitter. Diana y yo, en la noche más calurosa desde el 2009, mientras paseábamos a mi perra Loch, hablábamos de sus cuentos de muertos y cementerios, y discutíamos sobre mi novela en proceso, en la que llevo dos años desenterrando a mi padre.
En los últimos años escribo para profanar y volver a dar sepultura a papá. A veces dejo sus restos a la intemperie durante años para escribir una novela. Otras, como ahora que envío este texto a la revista Al pie de la letra, lo desentierro y vuelvo a enterrar durante cada lectura. Al final, para mí escribir no es más que eso, enterrar y desenterrar a mis muertos. Y en el proceso, irme enterrando de a poco…
Fragmento publicado en El santo del crack (Los libros del perro, 2022).
Algunos creen que el mayor mausoleo del México contemporáneo es el Museo Soumaya, que mandó construir Carlos Slim en honor a su esposa. Se equivocan, al menos en una parte. El mayor mausoleo que tenemos los mexicanos sí fue en buena medida construido por Slim, pero se trata de un proyecto mucho más ambicioso: hablo de los Sanborns, que mantuvo y construyó tras adquirir las tiendas en 1985. Todos los Sanborns son un mismo museo con exposición permanente que nos recuerdan a nuestros muertos. Allí enterré a papá. Sus restos están distribuidos en cada una de las 190 sucursales alrededor de la República. No se alarmen, sus cenizas continúan guardadas en la cripta de una iglesia que no he visitado en años, pero encuentro más conveniente visitarlo en cualquier Sanborns. Sus sucursales son la habitación de papá que yo guardo bajo llave para impedir que cualquier invitado mueva sus cosas de lugar.
A diferencia de la iglesia, que está en constante remodelación, los Sanborns se mantienen idénticos. No hablo solo de la misma vajilla del restaurante o las fachadas: los Sanborns se toman tan en serio su papel de mausoleo que siguen vendiendo CDs, aunque no haya nadie que los compre. El único cambio que advierto es en el área de electrónicos, pues las televisiones son cada vez más delgadas.
En la sección de las revistas, donde papá compraba el Proceso todos los domingos, lo único que ha cambiado son los titulares de los periódicos. En la dulcería continúan vendiendo las tortugas de chocolate amargo que papá le compraba a mamá cada vez que peleaban. El área de Tabaquería, lugar en el que hizo su última compra antes de morir, se ha mantenido intacta a lo largo de todos estos años, como si en su última visita el tiempo se hubiera congelado.
En la iglesia, la cripta de papá se encuentra a ras del suelo. Las pocas veces que intenté visitarlo, tuve que permanecer hincado. En los Sanborns me encuentro con papá mientras, sentado en una butaca, disfruto las enchiladas suizas que continúan preparando tal como a él le gustaban.
Tengan la certeza de que, en cualquier Sanborns, algún día alguien nos recordará.