Vuelve al desierto

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Alpie, Texturas del Sentido


Fotografía por: Library of Congress | Dominio Público
Escrito por: Ulises de la Rosa

María se levantó de entre los matorrales en los que llevaba recostada siete días: su cuerpo desnudo era un catálogo de golpes y quemaduras de cigarro, confeccionado por los hombres que la habían tirado ahí. El dolor de sus pies rotos y la carne marchita, tras una semana a merced del desierto, le habría impedido caminar de vuelta a casa de no ser porque la mujer, incapaz de sentir cosa alguna, estaba muerta.

Podría haber permanecido ahí, con la boca llena de arena y la mirada clavada en el cielo, hasta que alguien encontrara su cadáver por casualidad, meses más tarde. Si se levantó fue sólo por la obligación de volver a casa, donde el suelo sucio, dos estómagos vacíos y una pila de ropa arrugada la reclamaban, inflexibles ante el pretexto de su fallecimiento.

De camino, bajo el sol y junto a la carretera vacía, María trató de pensar en cómo le contaría a Joaquín, su esposo, lo que le había pasado. Supo que de nada servía el esfuerzo por dar coherencia a un relato de lo sucedido cuando vio caer su lengua ennegrecida al piso, tras escupir el bocado de arena que le llenaba la garganta. Lo único que producían sus esfuerzos por hablar era un gruñido que en nada se parecía a las palabras.

Le llevó un día entero volver rengueando desde el lugar donde la habían abandonado. Cuando llegó a la ciudad, tuvo que esconderse por temor a lo que la gente diría al verla trastabillando por las calles.

No encontró a nadie en su casa: a esa hora su esposo e hijo estarían en el trabajo y la escuela, lo que le daba tiempo para atender las labores del hogar y preparar la cena para recibir a sus hombres.

Antes de atender las labores domésticas, le pareció adecuado arreglar su anatomía maltrecha tanto como le fuera posible. En el cuarto de baño y frente al espejo, descubrió las secuelas de su muerte: su carne, llena de llagas, se había puesto gris. Sobre su cabeza había sólo una maraña color negro que una semana antes era una larga y brillante cabellera. En su frente relucía un surco a través del que podía verse su cráneo roto.

Entró en la regadera, incapaz de reconocer la temperatura del agua sobre su carne marchita, y talló su cuerpo tan fuerte como pudo en un intento por desalojar la arena de cada uno de los huecos de su ser. Se detuvo sólo al ver los jirones de piel que se le desprendían e iban a parar al drenaje. Se envolvió en una toalla y fue a buscar un vestido largo para cubrir su deterioro. Al intentar desenredar la maraña de su cabeza, se percató de que no hacía más que desprender mechón tras mechón y terminó por cambiar el cepillo por las tijeras.

De nuevo frente al espejo, María sintió lástima al percatarse de que sus esfuerzos no habían conseguido amansar ni un poco los estragos de la muerte. Trató de consolarse pensando que al menos vería a su familia de nuevo y que, ante semejante bendición, la vanidad no era más que un pecado. La segunda derrota que tuvo que enfrentar fue el descubrimiento de sus músculos rígidos, que complicaban tareas tan simples como conectar la plancha o sujetar el mango de la escoba. Le tomó horas terminar la limpieza de la casa, sólo para descubrir que cocinar le resultaba igual de complicado. En lugar del festín de bienvenida que tenía en mente, se vio obligada a elegir algo mucho menos laborioso. Con un esfuerzo desproporcionado, se las arregló para picar algunas verduras y hacer una olla de sopa que apenas estuvo lista para recibir a su familia.

Su corazón habría dado un vuelco al escuchar la puerta de la casa de no haber estado petrificado al fondo de su pecho. Escuchó a su marido que, al percatarse del ruido y el aroma a comida, la llamó por su nombre y preguntó si había vuelto. Su esposo e hijo entraron a la cocina con la ilusión de encontrar a María sana y salva. Su emoción se convirtió en terror al ver el cadáver parado junto a la estufa.

La mujer intentó sonreír, lo que desfiguró aún más su rostro. Padre e hijo retrocedieron un poco sin dejar de mirarla. Les tomó un momento descubrir que el cuerpo que gruñía señalando la olla era el de María, y Joaquín sólo atinó a preguntar qué había para cenar.

Aquellas palabras eran lo menos parecido a la bienvenida cariñosa que María esperaba.

Como muchas noches antes, la familia se reunió a la mesa: Joaquín y el niño devoraron la sopa con una mano en la cuchara y la otra sobre la nariz, tratando de olvidar que un cadáver había preparado la cena. Ella no probó bocado, no sólo por falta de hambre, sino por miedo a que el líquido escapara por alguno de los orificios que colmaban su cuerpo. Cuando terminaron, María levantó los platos mientras ellos iban a ver televisión. Aquel gesto cotidiano le infundió algo de esperanza de recuperar una vida hogareña más o menos normal.

Luego de acostar al pequeño, quien se negó a recibir el beso de buenas noches de los labios momificados de su madre, María fue a su cuarto y encontró a su esposo metido en las cobijas. Decidió no quitarse el vestido para no incomodarlo. Recostó su cuerpo liviano junto al de su marido y gruñó algo que intentaba ser un buenas noches, pero sólo consiguió erizarle el cuero a Joaquín.

María descubrió que era incapaz de dormir: pasó la noche escuchando los ronquidos de su esposo. Puesta sobre la cama, boca arriba, recordó su estancia en el desierto y a los hombres que la habían levantado en la calle mientras hacía la compra. Se preguntó qué habría hecho para merecer algo así.

Cuando vio el sol aparecer detrás de las cortinas se levantó a preparar el desayuno. Sus manos acartonadas apenas dieron para revolver unos huevos y hacer algo de jugo, que su esposo e hijo tragaron a prisa con la ingratitud de siempre.

***

Semanas más tarde, la familia parecía haberse reencontrado con la rutina. Cada mañana, María despedía a Joaquín en la puerta. Luego acompañaba al niño al colegio. Con los días, el temor que el chico sentía por su madre se tornó en enojo a causa de las burlas de sus compañeros.

A pesar de sus esfuerzos por enmascarar el aroma de su descomposición, llenando la casa con aromatizantes y velas, Joaquín terminó por pedirle que no durmiera más junto a él. María pasaba las noches sentada en una silla del comedor porque cada día el rigor mortis le hacía más difícil incorporarse si se recostaba.

Más allá de las labores del hogar no había mucho que la mujer pudiera hacer. Salía poco a la calle porque no le gustaba el modo en el que la miraba la gente. Hizo algún intento por consumir sus horas libres en la parroquia, pero el padre le pidió que no fuera más a la misa de la tarde. Su condición antinatural, le explicó aquel hombre, molestaba a los creyentes cuya alma tenía alguna esperanza de salvación, a diferencia de la suya. Además, la iglesia no era el sitio adecuado para alguien que hubiera vuelto de la muerte.

María pasaba la tarde frente al televisor encendido sin prestar atención; trataba de no pensar demasiado en que su familia había perdido todo rastro de alegría por su regreso. Permanecía ahí, a la espera de Joaquín, pero él regresaba cada noche un poco más tarde, a veces con el estómago lleno.

Cuando los dedos de María finalmente se cayeron, Joaquín la metió dentro de un armario. Ella no protestó, convencida de que su cuerpo no era más que una escoba rota que nadie se atrevía a tirar. Una palabra compasiva habría sido suficiente consuelo para María, pero al cerrarse la puerta, lo único que escuchó fue al hombre que se lamentaba para sí mismo con un “Ay, María, no sé para qué regresaste”.

 

***

Al paso de los días, en medio de la oscuridad, María sintió cómo su cuerpo se debilitaba. Se preguntó cuánto tiempo le quedaría antes de derrumbarse definitivamente para volverse un montón de tierra que quizá un día su hijo, convertido ya en hombre, descubriría al buscar otra cosa en ese mismo armario.

Ahí guardada sólo podía escuchar las voces de su familia. Aquel era su único consuelo en la transición a la nada. Imaginó su hogar condenado a un deterioro idéntico al suyo ahora que no había nadie para mantenerla limpia.

Una tarde escuchó que su marido conversaba con alguien más. La otra voz pertenecía a una mujer, quien se quedó toda la noche a hacer compañía a su viudo.

La risa de aquella —cuyo nombre era Dulce— se convirtió poco a poco en un ruido habitual: primero algunas noches, luego semanas enteras, hasta que finalmente se instaló de forma permanente en la casa como la nueva mujer de Joaquín.

Ni siquiera al saberse sustituida, María se vio tentada a salir del armario: le parecía natural que alguien fuera a cumplir con todo lo que ella no podía hacer. Lo que comenzó a inquietarla con el tiempo fue la ausencia de cualquier ruido que indicara que aquella mujer se hacía cargo de su casa o de su familia. Ni un escobazo, ni la lavadora, ni las ollas. Apenas Joaquín se iba a trabajar, la casa se llenaba con el ruido de la televisión y no paraba hasta la noche, cuando su marido y su hijo volvían.

Su preocupación se agravó por causa de los reclamos que su marido hacía a su nueva mujer porque la cena nunca estaba lista. Y a pesar de que María había prometido con abnegación permanecer en su escondite, el impulso de ama de casa que la había regresado del más allá le impedía quedarse ahí a esperar el descanso de los justos. Cada noche, al escuchar que los vivos se iban a la cama, María salía del armario a tratar de salvar algo de la dignidad de su hogar.

Con ayuda de su boca, anudaba un trapo a una de sus manos sin dedos y limpiaba cuanto le era posible. Sabía que sus esfuerzos no bastaban para combatir el polvo y la suciedad que día tras día crecían en su casa, pero le parecía imperdonable quedarse escondida sin hacer nada.

María rondaba la casa en la oscuridad como espíritu sin descanso. Y así habría continuado hasta que su cuerpo se consumiera, de no ser porque una noche, mientras luchaba por despegar el cochambre de la estufa, Dulce se levantó por un vaso de agua y la encontró en la cocina con una fibra entre los dientes.

La nueva mujer de su marido se horrorizó al encontrarla. Sus gritos despertaron a Joaquín, quien ante la escena no pudo sino devolverla a empujones dentro del armario. Al otro lado de la oscuridad, María escuchó las explicaciones de su viudo. Sus intentos por consolar a Dulce sólo surtieron efecto cuando le prometió que se desharía de “eso” al día siguiente.

Esa misma noche y con aquella sentencia en mente, María se atrevió a salir de nuevo. Pensó que si no le quedaba esperanza alguna de ser útil para las personas que amaba, no tenía sentido quedarse ahí.

Encaminó sus débiles pasos hacia la puerta y con algo de esfuerzo salió a la calle. Recorrió las avenidas hasta el borde de la ciudad, donde las farolas fueron sustituidas por las estrellas. Pensó una vez más en los hombres que la habían subido a una camioneta para torturarla y matarla, y la rabia, penúltimo testimonio de su existencia, retumbó en el lugar que alguna vez ocupó su estómago.

Tardó dos días en volver al sitio: del cuerpo quedaba ya muy poco. María se recostó en el lugar exacto del que se había levantado. Añoró una muerte definitiva: imaginó que cuando alguien la encontrara, su foto aparecería en los periódicos y la iglesia se llenaría de velas. Quizá entonces se convertiría en un recuerdo al que Joaquín, su hijo y el resto de sus conocidos podrían llorarle, y del que no se dirían más que cosas bonitas. Recostada sobre la arena, María se resignó a cumplir con la única labor que una muerta podía realizar para complacer a su familia.

No. 23
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