Armando

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Alpie, Texturas del Sentido

Fotografía por: D. Dentale & Tom Rankin | Library of congress | Dominio público
Escrito por: Cybèle Cébyle

El olor de tus perfumes es fragante; tu nombre es perfume derramado.

(Cantares 1: 3-4)

Para Edith.

-Amara, tráete unas cajas del almacén.

Y otra vez, aún en medio de meses de explotación continua y un sueldo mal pagado, mi jefe me había hecho sonreír con solo unas cuantas palabras.
No fue su intención, claro está. ¿Qué iba a saber él sobre lo feliz que me hacía ir escaleras abajo hacia el almacén a reponer material para la cocina?
—Ay, mi vida. Cuidado, que se te nota —me decía doña Enid si me veía suspirando cerca de la estación de Armando. Él era un pâtissier, un chef especializado en panadería y repostería. Ni había checado su entrada al trabajo y yo ya andaba pasándole un paño a sus máquinas y utensilios con los que hacía los panes del restaurante—. ¿Estás limpiando — preguntaba Enid— o estás dejando tu perfume? —y me veía con una ceja alzada, cuestionándome, pero también echándose a reír conmigo en la complicidad de una mujer que conoce la devoción del amor. Y claro que sí: yo perfumaba. Mi mandil y el área donde Armando hacía su trabajo eran marcados con mi esencia. Se me veía por todas partes que me había enamorado.
Describir a Armando es algo que no atañe a las palabras, sino a los cinco sentidos. La vista mostraba a un hombre que grácilmente se movía entre los últimos años de sus treinta hacia los cuarenta —opuestos a mis veintes— con unas deliciosas patas de gallo que solían marcársele en los ojos cuando lo hacía reír a carcajadas. Su piel pálida era el mejor contraste para los miles de tatuajes en sus brazos fuertes. Cabello negro, una silueta alta y enjuta, y las manos más pulcras y limpias que he visto jamás, siempre listas para el trabajo de amasado.
De la vista se pasa al tacto, uno al que él inducía cuando me invitaba a sentir el cambio en la textura de su piel si recién se había rasurado los vellos de los brazos, o si ya le habían crecido un poco más de la cuenta. Entonces mis dedos se iban por sus bíceps, encontrándose con un dragón de alas abiertas; su cola me guiaba por el antebrazo y yo recorría sus círculos y espirales hasta desembocar en la piel desnuda de las muñecas, casi a punto de tocarle la mano. A veces me topaba con una inesperada suavidad. Otras, con lo rasposo y urticante de unos vellos que habían vuelto a crecer. “Quitándolos se lucen más los tatuajes”, me decía, y yo palpaba con cuidado, mirándole la boca discretamente mientras él se ponía a explicar con voz profunda. La vibración grave de la voz de Armando se repetía en ecos dentro de mi cuerpo. Además, me hacía temblar siempre que aparecía uno de sus silbidos cuando empezaba a cocinar; silbidos, no chiflidos: era uno por cada ingrediente de la receta que estuviese preparando, como si con cada silbo terminara un paso del procedimiento. Harina. Silbido. Azúcar. Silbido. Huevos. Silbido. Leche. Silbido. Pronto me di cuenta de que con ellos buscaba hacerme reír y aliviar la carga de los días más pesados.
Sobre el gusto, puedo decir que bien hubiese querido probar de él más que sólo el pan que cotidianamente horneaba. Probarlo. Catarlo. Paladearlo. Saborearlo. Engullirlo. Al pan sí que me lo comía. Lo devoraba con ganas, más cuando él mismo quería dármelo en la boca con sus dedos.
Nunca quiso hacerlo de otra forma.

Sus panes eran perfectos para un desayuno a la francesa o para acompañar un café, pero a mí me encantaban así, solos, sin nada más que la esencia pura de Armando. Mi favorito era el brioche. Me resultaba fascinante ver cómo Armando agarraba la masa para embestirla contra la mesa una y otra vez. Después de aplastarla con el peso de su cuerpo, se ponía a darle azotes con las palmas desnudas con el fin de generar un pan inflado, suave, con un gusto a sal que me parecía exquisito. Y así hacía con los otros panes. Como yo, las masas de croissants, fougasses, pain de campagne y pastas de hojaldre sucumbían ante el peso de su fuerza: se inflaban de placer y luego, vencidas, soltaban su aire en un suspiro por el que se escapaba el olor inconfundible de la levadura del amor.
Aun así, por más que deglutiera su dulce pâte à choux o que me deleitara con sus baguettes recién salidos del horno, a él no habría de probarlo jamás: Armando para mí estaba prohibido. La razón era tan simple como un anillo en su dedo. Su cuerpo no sería mío para ver, ni sus dedos míos para tocar, ni sus “te amo” míos para oír, ni su boca mía para degustar.
Sin embargo, en esta cuenta del uno al cinco, todavía me queda un último sentido. Uno que quise explotar y reclamar para mí enteramente.
En el restaurante —una vieja casona blanca con decoraciones de antaño— el almacén se ubicaba en el piso de abajo, en lo que otrora fuera el sótano de servicio. Había que salir de la cocina y atravesar el comedor para llegar a él. Era un cuarto extenso y había sido construido bajo el nivel del suelo; sin embargo, tenía mucha iluminación. Por sus ventanas podía verse el césped del jardín frente a frente, como si uno estuviese sumergido en un mar de tierra y hojas verdes. La luz del sol se colaba de forma especial, confiriéndole al almacén un aura cómoda y luminosa, perfecta para mantener ahí latas de conservas, cajas con diferentes materiales, mangas, espátulas, batidoras o cualquier instrumento que se necesitara en la cocina. También era el sitio donde jefes y empleados podían dejar sus mochilas o sus cosas antes de empezar a trabajar.
Pero, muy por encima de todo, el almacén era el lugar donde se quedaban —colgadas, tranquilas, quietas— las filipinas del chef de Armando: todas con ese color gris oscuro con el que siempre lo veía vestido. Cuando Armando se ponía una, se la arremangaba de forma especial; hacía los dobleces con milimétrico cuidado y, una vez listos, daba inicio a ese amasado suyo de potente ímpetu. Al terminar su jornada, bajaba al almacén por sus cosas y dejaba ahí la filipina del día, colgada de un perchero; al día siguiente volvía con una nueva y se llevaba la anterior para lavar.
Una mañana, al dejar mi bolsa en el almacén justo después de haber llegado al trabajo, descubrí que del traje de Armando provenía un poderoso olor. Aspiré con la nariz cerca del perchero de Armando y fue ahí cuando —por la cercanía—, me llegó apenas el rastro de su aroma desde la filipina; aun así, fue más que suficiente para cautivarme por completo y dejarme deseando más. Doña Enid se dio cuenta de cómo me cambió la cara. Creo que entendió la razón porque nos carcajeamos juntas cuando subimos de nuevo a la planta alta.
—No seas como yo, mi alma, que cuando conocí a mi marido me puse loca, loca…
—¿Pero feliz? —le pregunté, preocupada.
—Bueno, sí. Mejor sí ponte loca. Así es como debes ser tú: loca y feliz. A ti te queda.
Ese día supe que debía volver al almacén y que tenía que hacerlo a solas, cuando no hubiera nadie que me viera, cuando estuviese yo en total libertad de explorar la senda oculta que esa fragancia había creado entre su origen y la punta de mi nariz. Por eso, comencé a buscar cualquier excusa para bajar: quizás había olvidado algo en mi muda de ropa, o tal vez doña Enid necesitaba más capacillos, o a lo mejor mi jefe quería que fuera por unas cajas al almacén.
Y así, con gusto, yo bajaba a oler el traje de Armando.
El almacén, todo para mí.
El traje de Armando, todo para mí. Armando, todo para mí.
Pronto se volvió mi costumbre buscar a Armando en el efluvio fragante de su prenda. Y siempre lo encontré.

—Amara, tráete unas cajas del almacén.
Una vez más, mi momento a solas con Armando había llegado. Lo curioso es que él ni siquiera tenía que estar ahí: éramos sólo su aroma y yo.
No era una peste, no. El uniforme que colgaba, aunque usado, siempre estaba limpio. Se trataba, en definitiva, de la esencia natural de su cuerpo. Olor a hombría. Olor a animal. Olor a carne. Olor a sexo. Olor a macho. Un energúmeno de feromonas sexuales que me hacía sentir el llamado de algo más allá de lo humano. Era un perfume, un aroma bestial que a la vez se había vuelto terriblemente adictivo: el traje de Armando despedía una fragancia que para mi organismo no era otra cosa que la más disfrutable de las drogas. Mi cuerpo reaccionaba acorde, con el rostro coloreándose de rojo, la sangre bullendo bajo mi piel y un jadeo tomando control de mi respiración. Un olor no se ve ni se toca, pero sí se percibe con un algo que trasciende a los sentidos. No es como el frío, que puede congelar si se anda en busca de frescura. Tampoco es como el fuego, con calidez que quema si uno se le acerca demasiado. El olor atrapa a quien lo huele sin importar la distancia ni el tiempo. El olor evoca memorias, dispara recuerdos y desencadena una miríada de imágenes y pensamientos. Para mí, el aroma de Armando se sentía como hundir la nariz en un cúmulo de hierba fresca y aspirar el olor más vivo y crudo de la naturaleza; como lamer el tronco perfumado, firme, de un abedul o de un ciprés; como beberse el pulso mismo de la corriente de las aguas de un río; como recorrer el lomo de un enorme animal, —primero con las palmas, después con las uñas— y sentir cómo se le eriza la piel.
El primer día en que me quedé a solas con el olor de Armando, acaricié el cálido algodón del que estaba hecha la filipina y, con pupilas dilatadas y los ojos bien abiertos, la tomé entre mis manos y la estrujé contra mi rostro, sintiendo que los párpados se me cerraban delicadamente al ceder ante el encanto del aroma. Percibí cómo mis otros sentidos estuvieron al servicio de la imaginación que el olfato había desatado a cauce suelto. Se potenció el tacto. Se aguzó mi vista. Enloqueció mi gusto y, por un instante, juro que mi lengua salió a relamerme la boca en busca de un rastro de algo más que dijera “Armando”.
Entonces el ruido de afuera fue tragado por las paredes de un cuarto que, por un momento, se volvió enteramente mío, mío y de mi placer, de mi disfrute personal con Armando, siempre tan mío cada que mi jefe me mandaba —sospechando de mi repentino buen humor— a buscar cajas al almacén.
Aún hoy, después de tantos años, me toma el recuerdo del perfume y hace desfilar por mi mente todas las vivencias compartidas ese verano junto a un hombre llamado Armando.
“Armando”.
Amar a Armando. Amando.
Amado.
Amor.

Escondido entre las letras de su nombre fluye el aroma de todas las palabras que nunca me atreví a decirle.
Una de las muchas tardes en que había bajado al almacén, crucé el comedor con una gran sonrisa y las cajas que me habían pedido. Antes de llegar a la cocina, pude distinguir, a través de la ventana circular de la puerta abatible, la figura inconfundible de Armando. Él —creyendo que nadie lo estaba viendo— hundía suavemente el rostro en el mandil fragante que yo había dejado olvidado.

 

No. 24
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