
Fotografía: Carol Highsimth | Library of congress | Dominio Público.
Escrito por: Diana Soberanis Mena
Desde la distancia, los observaba con sus fauces abiertas, sombrías y húmedas, imaginando el dolor que solo sus mandíbulas podían infligir. Eran imponentes, capaces de intimidar a cualquiera. Siempre los respeté, consciente de su abrumador poder. Aún así, había algo en la belleza de esos cocodrilos que me atraía, pese a saber el sufrimiento que causaban. Mientras los contemplaba, sentí una profunda frustración; mi petición de reparar mis brazos había sido rechazada, pues, en apariencia, seguían siendo útiles y su defecto no califica para ayuda médica.
Y es que los casos seleccionados en la universidad, para la aplicación de prótesis de los brazos más sofisticados hasta ahora creados en América Latina, venían de situaciones que muchos pudimos leer o escuchar en noticieros. Es más, el caso de un joven, en esta misma ciudad, ocurrió más o menos para la fecha en que se me empezaron a atrofiar los míos. Él tendría unos 20 años y estaba trabajando en la construcción de una plaza comercial gringa cuando, a falta de arnés, se cayó de un segundo piso y quedó colgando en la mezcladora de cemento. ¡Sepa Dios cómo no se murió! Tal vez porque metió sus brazos a tiempo.
Yo en cambio vivía un poco tranquila con mamá, mientras mi padre se largaba de manera intermitente a los Estados Unidos. El atrofio comenzó con él: solía abofetearla cuando ella me abrazaba tras los regaños que él me daba… nomás por su mero mal humor, disque porque era una forma de quitarle autoridad al hombre de la casa. Nunca quiso recibir las pocas muestras de afecto que me propuse darle; en cambio, se reía cuando me pedía que le pasara sus cervezas o su Coca-cola del refrigerador.
Poco a poco mis brazos se fueron convirtiendo, ante su presencia cruel, en la cadena oxidada que impide andar a una bicicleta; y fallecieron definitivamente una mañana de extremo calor, en junio. Poco antes se había mudado al lado de mi casa una mujer joven con sus dos hijos: una bebé de dos años y un niño de ocho, Ernesto. Papá había cruzado la frontera por segunda vez meses atrás. Ese jueves Ernesto preguntó si podíamos regalarles unos aguacates de nuestro árbol. Mi mamá no lo dudó ni un segundo y recolectó los mejores ejemplares de la fruta, empacándolos junto con unas tortillas y frijol. El pobre chamaco andaba en los huesos. Mi mamá siempre pregonaba: “podrán decir lo que quieran de tu padre, pero el cabrón nos alimenta bien”.
Al anochecer mi mamá los invitó a cenar café con pan. Rápidamente Ernesto y yo nos hicimos amigos, quizá gracias a nuestro amor por las naranjas, el chocolate, las carreras y las polillas. A escondidas de nuestras madres, trepábamos a los árboles de mi patio por fruta; coleccionábamos libélulas y demás insectos que encontrábamos; leíamos juntos la sección de historietas en el periódico.
Yo no tenía hermanos, por lo que Ernesto fue para mí lo más parecido a uno. Sin embargo, las cosas buenas nunca me duran. ¡Maldita sea la hora en que mi papá se asomó otra vez por la puerta! Ni siquiera lo oí llegar de madrugada, pero tempranito escuché sus ronquidos.
Ernesto apareció después para acompañarme a comprar a la central de abastos. Más o menos a las 11, mamá nos llamó para tomar Chocomilk y nos quedamos jugando a las escondidas en los alrededores de la casa. En la última ronda, fue tanto nuestro cansancio que declaramos un empate; tal acuerdo pacífico se selló con un fuerte abrazo, interrumpido por un escándalo áspero y una fuerza animal que me jaló de los pelos y tiró a Ernesto al suelo, con una brutalidad que terminó raspándole los codos.
―¡Qué chingados haces agasajándote con este pendejito! Pinche chamaca, tan chiquita y ya de puta ―gritó mi papá al separarme con violencia de Ernesto. Enseguida se volteó a reclamarle a mamá, señalando al pobre niño en el piso, que por qué andaba permitiendo esas obscenidades en su casa, y que por qué cuidaba a un chamaco ajeno. Ni siquiera dejó que ayudáramos al pequeño a que se levantara. Mamá le pidió a Ernesto, con la voz entrecortada, que se fuera a su casa y no regresara otra vez; él se puso de pie y corrió tan rápido que apenas y se notó por el azotón de la puerta. Cuando comencé a lagrimear, papá se enfureció aún más y gritó con notables intenciones de que lo escucharan los vecinos: “No seas débil. Ahorita sí te voy a dar razones para chillar”.
Me agarró de la muñeca y me jaló hasta su cuarto, donde encontró un cinturón de cuero. Me llevó al baño, lo mojó con abundante agua y regresamos a la sala con mamá. Dio varios azotes con el cinturón empapado alrededor de mi cuerpo. Jamás había sentido un dolor como aquél. Al comienzo, a los primeros dos o tres golpes, solté unos quejidos que no sabía que podía emitir, mientras mamá le suplicaba que me dejara, pero él respondió con un par de flagelazos para ella también. Cuando retomó mi paliza, el ardor fue tan intenso que enmudecí.
―Para que aprendas a comportarte como una niña de casa. Y ni se les ocurra andarse abrazando porque les doy otra vez ―Desde luego que ni Ernesto ni yo, menos nuestras mamás, volvimos a dirigirnos la palabra a partir de ese momento; ni siquiera cuando papá se regresó a Estados Unidos. Después de los azotes, mis brazos no volvieron a ser los mismos. Las pocas veces que intenté darle un abrazo a mamá, las articulaciones se me endurecían, incluso llegué a escuchar que crujían, como si en el esfuerzo por doblar mis extremidades un metal carcomido se deshiciera en mi interior. El dolor era muy similar, casi idéntico, a aquellos golpes con cinturón de cuero mojado. Abrazar se volvió un acto de tortura que pocas veces me atrevía a sentir; ni siquiera cuando me casé… De cualquier forma, mi ahora ex esposo, antes de abandonarme con nuestro hijo pequeño, tampoco era de abrazar, a menos de que llegara con sus instintos carnales alborotados: ocasiones que me tocaba aguantar, fingiendo que el abrazo y sus consecuencias me eran placenteros.
Hace mucho tiempo que no abrazo de verdad, sin este dolor inmovilizante, corrosivo. He vivido estancada. Al pobre de mi niño apenas lo toco y comienzo a temer que sus brazos se vuelvan tan inútiles como los míos. Por eso estoy dispuesta a todo para conseguir la suplantación de estos pedazos caducos de mi cuerpo. Mañana muy temprano llevaré a cabo el plan. No habrá forma en que la solicitud sea rechazada y obtendré, después de tanto, esos brazos cien por ciento funcionales, tal como lo han prometido los científicos… y el abrazo, entonces, será un lujo en mi vida.
No habrá complicaciones y pasará por accidente: iré al pantano donde los cocodrilos madrugan. Ya antes me han mirado sin malicia, y yo a ellos con cierta envidia por su libertad atemorizante. Se han registrado ataques años atrás, pero no se hace nada contra ellos porque los que invadimos su hábitat somos los del pueblo, y están dentro de un área protegida.
Bastará con acercarme unos centímetros por donde dejan sus huevos, tomar con ambas manos uno de los embriones gordos que reposan junto al agua espesa, al ritmo del croar de los sapos viscosos. La madre cocodrilo me verá sacudir a sus crías resguardadas, enfurecerá y correrá apresurada hasta mí. Yo, ante su cólera, extenderé los brazos e intentaré colocar el huevo en su nido. Será tarde. La reptil abrirá sus fauces de abismo putrefacto y clavará sus colmillos hasta oír el tronar intenso de mis huesos y mi grito triunfal de dolor. Lo habré logrado.
En las noticias, en el periódico, en el chisme coloquial, en este y otros poblados contiguos, se oirá el caso de la pobre madre soltera que tropezó con el nido de unos cocodrilos y cuyos brazos fueron destazados con ira. La lástima multitudinaria triunfará, valdrá la pena este riesgo necesario. Después, cuando mi solicitud sea aceptada, ya no habrá más dolor: ni del cuero mojado, ni del desamor del padre, ni de los colmillos turbulentos… ni del abrazo incapaz.