Flores en el Armario

Deja un comentario
Alpie, Texturas del Sentido

Fotografía: Dorothea Lang | The New York Public Library | Dominio Público.
Escrito por: Frida Acevedo

Mamá y yo nos mudamos por temas económicos algún tiempo atrás. Llegamos a una ciudad linda, a una casa acogedora. Lo primero fue hacer del hogar un sitio más nuestro. Traté de plantar algunas semillas que había traído, pero poco tiempo después tuve que aceptar que nunca germinarían y di por sentado que la tierra no era fértil, así que dejé de intentarlo.

Empecé a trabajar en la tienda de una amiga de mi madre. Era un trabajo sencillo y nada agotador. Un día, mientras estaba en la parte trasera del local, escuché que alguien entró. Cuando me acerqué, noté que era una chica muy bonita y no podía dejar de mirarla. Volteó, sentí una conexión y tuve la esperanza de que ella sintiera lo mismo pero, contrario a lo esperado, me trató normal, si acaso un poco seria. Terminó sus compras, pagó y se fue.

Al día siguiente, todo parecía normal y creí que no pasaría nada interesante. Nunca había estado más lejos de la verdad, pues cuando la chica regresó a la tienda y se acercó a pagar, tuve tanta curiosidad que la miré a los ojos y le pregunté cómo se llamaba. Me contestó que su nombre era Lucía y me devolvió la pregunta. Me sonrió, tomó su compra y se fue como el día anterior.

Su sonrisa me enchinaba la piel cada vez que la recordaba. Era algo raro, estaba sumamente confundida. ¿Qué estaba sintiendo? Jamás había tenido esa horrible sensación en el estómago por tanto tiempo.

Con tantas cosas en casa por desempacar, me di cuenta de que había un espacio vacío en mi armario. Saqué algunas prendas, las puse en ganchos de ropa y procedí a guardarlas. Al abrir las puertas del clóset, noté algo extraño: de ahí emanaba un hermoso olor a flores. Por alguna razón, decidí mirar el techo, arriba de las repisas, y para mi sorpresa descubrí campanillas de invierno, unas de mis flores favoritas. Era imposible que mi jardín no fuera fértil, pero mi armario sí.

Corrí hacia la otra recámara y grité a todo pulmón: “¡Mamá, brotan flores en mi armario!”. Ella me miró extrañada, así que tomé su brazo y prácticamente la arrastré hacia mi habitación. Al llegar, abrí la puerta y las flores seguían ahí, pero mi mamá no podía verlas. Insistí e insistí en que ahí estaban. ¿Cómo no podía percibir aquel olor, aquella textura, aquellos pétalos blancos? Fue tan desesperante que llegué a pensar que me había vuelto loca. Mi mamá se retiró un poco frustrada y yo me dirigí a la cama a tomar una buena siesta, pues creí que mi mente estaba tan cansada que comenzaba a alucinar.

Esa noche soñé con Lucía, soñé que íbamos a un campo de flores blancas; por supuesto, eran campanillas de invierno. En el sueño, nos mirábamos y yo sentía una completa paz.

A la mañana siguiente, mi mamá me despertó para el desayuno e inmediatamente abrí el armario. Las campanillas de invierno seguían ahí, pero también había flores de mayo y margaritas. Nuevamente llamé a mi mamá, pero ella seguía sin verlas. ¿Realmente estaba quedando loca?

De nuevo, Lucía apareció en mi trabajo y le pedí que intercambiáramos números celulares. Ella me miró algo extrañada, me dio su contacto y se fue. Comenzamos a hablar y, conforme platicábamos, su desinterés se fue desvaneciendo. Cada vez eran más largas las conversaciones, hasta que llegó el momento en que iba muy seguido a la tienda y charlábamos por horas. Así pasaron los meses y nos hicimos muy cercanas. Pasábamos mucho tiempo una en casa de la otra. Teníamos varias cosas en común: el amor hacia la naturaleza, películas de horror, libros favoritos, etcétera. Con el paso del tiempo, empezó un ligero coqueteo entre las dos y poco a poco el trato empezó a cambiar.

Un viernes, me invitó a su casa. Cuando llegué, vi que había preparado mi comida favorita. La noche se fue haciendo más íntima y empezamos a acercarnos más y más, hasta que en algún momento se aproximó, mirando mis labios con deseo. Me besó: el primer y más romántico beso que pudiera imaginar. Pero mientras nos besábamos entró su madre a la habitación y, de un momento a otro, levantó a Lucía de un tirón. Gritó que me fuera y, asustada, huí.

Al día siguiente se presentaron en mi casa: su mamá habló con la mía y le dijo que no volviera a buscar a su hija jamás.

Me deprimí mucho tiempo y Lucía dejó de ir a la tienda. Luego descubrimos que se mudó de ciudad. Estuve en cama por semanas. Un día, mamá se sentó al borde del colchón y me dijo que, si estaba enamorada de Lucía, me aceptaría a pesar de todo. Dijo también que tal vez había sido mi primer amor, pero que definitivamente no sería el último.

Tiempo después, cuando mamá quiso sacar unas cosas de mis repisas, percibió un suave aroma a flores frescas. Me llamó de un grito y me acerqué. Me abrazó y, desde ese día, las campanillas de invierno, las flores de mayo y las margaritas comenzaron a desaparecer de mi armario y a salir en mi jardín.

 

No. 24
No.24
no.24
no. 24

Avatar de Desconocido
Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

Deja un comentario