Inicios de jardinería

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Alpie, Letras de Agua

Fotografía por: Charles Knight | New York Public Library
Escrito por: Odette C. Lizarraga Quintero

I
La tierra de cultivo, que antes se medía por hectáreas, ahora se registra en píxeles.
Me cuenta mi sobrina que ella cosecha todos los días. En su vida virtual, es agricultora.
Una vida muy sensata, falta de esfuerzo,
se realiza en la comodidad de su cama, con el clima controlado.
Los árboles frutales crecen en tres noches;
para la tercera, se festeja el festín del otoño.
En su villa, nadie pasa hambruna,
el milagro asegurado por el Animal Crossing.
No repudio la tecnología, con ella transcribo.
Mas hay oficios que deberían mantenerse aislados de este mundo programado.
Por ejemplo, el del alimento.
Es irónico pensar que hacemos lo que tanto anhelamos,
pero el miedo a fracasar se nos cuela por los costados.
Quizá, por eso, elegimos ser granjeros artificiales que agricultores reales.

Le pregunté si conservaba la cosecha,
¿para qué? —me respondió ella.
En el mundo artificial no existen las sorpresas.
La seguridad es la base de su programación.
De pronto, me entra la melancolía ante la incertidumbre de la vida.
Cuando salgo al patio, hace calor,
y le digo a mi sobrina, experta en jardinería,
—Tal vez sería bueno sembrar frescura.
Me mira perpleja y me responde que el aire acondicionado no se siembra
y tiene razón.

II
Nadie da indicaciones con los árboles,
no escuchas al joven de la ferretería decir:
En la esquina de la mata de chaya,
dobla a la derecha, avanza hasta ver el ciricote,
dos cuadras después, frente al naranjo, está el vivero—.
No, te mandan a encontrar un hexágono rojo tipificado,
una estatua mohosa y una reja oxidada.

Mi hermana me pregunta
por qué me empeño en pedir indicación, si existe el Google Maps.
Le respondo que me aterra el olvido.
El salir un día a habitar la tierra y descubrir que no la reconozco.

Quizá tiene razón y debería dejar de atentar contra los ciudadanos,
resignarme a entender las líneas homogéneas que representan mi ciudad
y deleitarme con la voz robotizada que me dirige:
Da vuelta a la derecha en trescientos metros.
Quizá esta es mi lucha, una revolución absurda de conserva.
Al fin y al cabo, prefiero perderme a rendirme ante una voz
que nada sabe sobre atajos para evitar la avenida.

III
En abril, cumple años mi sobrina.
Me acerco a ella, le doy un libro y una limonera.
Al recibirlos, me dice que quería un iPad.
Señalo al guardián de las letras,
y le pregunto si lo quiere leer conmigo.
¿De qué trata? —se adelanta,
De un jardinero, como tú —la convenzo.
Como es dulce, me dice que sí,
pero solo si yo lo leo y ella lo escucha.
Entonces me dedico a contarle la historia,
sobre un principito y su amada rosa.
Lo hago con malicia,
porque me aterra pensar que ella no tenga una rosa para amar.

Al atardecer me acompaña a sembrar su nueva mata.
Como dos especies introducidas, alteramos la vida que ahí antes regía.
Excavamos la poceta, desvestimos la planta,
con sutileza la asentamos en su nueva casa.
La jardinera se detiene un instante, me mira temerosa,
ha descubierto que todo lo vivo posee la capacidad a perecer.
No te preocupes —la consuelo.
Mientras, descifro cómo rellenar el suelo.
Ella se mantiene alerta, porque las dos sabemos,
quien no conoce su tierra, está destinado a destruirla.

 

 

No. 24
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