Qué pensaba Hitler de Acapulco

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Alpie, Texturas del Sentido

Fotografía: Autor desconocido
Escrito por: Yobain Vázquez Bailón

No supe bien qué responder. Nunca imaginé que el niño pelón al que todos llaman Galgo pudiera hacer una pregunta así. Sobre todo sin el preámbulo que hacen los demás: ¿puedo hacerle una pregunta, profesora? Galgo llegó a la hora de recreo y se me paró enfrente. ¿Qué sabía él sobre Hitler? Todavía no estaba en edad para estudiar sobre las guerras mundiales. Algún hermano mayor lo puso al tanto, supuse, o una inquietud innata por esos temas. Pero no era su curiosidad lo que me impresionaba, sino el hecho mismo de que a Galgo le inquietara algo, cuando jamás había dado señales de preocuparse por nada. Era un estudiante mediocre y quizás eso fue lo que me desanimó: no estar a la altura de una interrogación venida de un chico cuyos exámenes calificaba con seis o seis punto cinco constantemente. Le contesté lo primero que se me vino a la mente:

—Quizá pensaba que era un lugar bonito para ir de vacaciones si todo salía bien.

Era ridículo imaginar a Hitler en bañador, disfrutando el sol de Acapulco. No pude ser seria y darle una respuesta mejor. Yo qué podría saber de los pensamientos del Führer sobre una playa de México, ¿a quién le importaba eso además de Galgo? Sabía que México estaba en el pensamiento de Hitler para unirlo a las potencias del Eje, debido a su cercanía con los Estados Unidos. Eso era más interesante que pensar en vacaciones playeras. Galgo alzó los hombros y se fue. Era bueno para él saber que Hitler, por muy monstruoso, también era un ser humano que deseaba visitar países para broncearse y no solo para invadirlos. Me creyó porque soy su maestra y todo lo que diga será una verdad para él. 

Observé a Galgo en lo que restó del recreo. Me daba pena verlo tan calvo, era la única solución que le dieron para su problema de piojos, y comía un sándwich sin la compañía de nadie. ¿Era posible que se le ocurriera esa pregunta al estar aislado? Cuando volvieron los chicos a clase, Galgo estaba cabeceando de sopor, ensoñando tal vez a Hitler en Acapulco.

Yo sé que aquello pudo ser apenas un momento de lucidez de Galgo y no supe aprovecharlo. ¿Me estaba volviendo vieja y simplona? En otro tiempo no hubiera dejado escapar esa oportunidad para motivar al alumno. Esas cosas ya no me pasan y creo que por esa razón no podía conciliar el sueño, todo se me abalanzaba en la cabeza con ideas del III Reich y los Aliados. 

Lo mismo daba que Hitler escupiera todas sus ideologías perversas en Mi Lucha, si eso no alcanzaba para que nos enteremos de cuál era su marca favorita de calzoncillos o lo que pensaba del mar acapulqueño. Muy en el fondo sé que no pensaba en construir castillos de arena o recoger conchitas, y eso es difícil de superar porque, ¿qué le contesta una a los chicos como Galgo? ¿Cómo decirle que su pregunta es idiota? 

En la noche le confesé a mi esposa:

—Hay veces que mis alumnos me desesperan.

Nunca hemos discutido problemas escolares y pensé que aquella confesión la sorprendería, pero no. Se sentó en la cama y me sonrió como diciendo: sí, los estudiantes están para eso, para que te desesperen. 

Pude haber dicho: mis estudiantes son unos pendejos. Tendría más sentido. ¿De dónde sacaba yo eso de que me desesperaban? Galgo no era precisamente alguien que me desesperara. Mi esposa se metió en las sábanas y empezó a leer un libro. Estuve a punto de darle las buenas noches y ponerme a dormir, pero me detuvo.

—Aquí dice: somos fieles a las circunstancias, no a nosotros mismos.

—¿Qué?

Me había devuelto una frase tonta con una más tonta. Ella sabe hacer ese tipo de bromas, pero no entendía que esto era serio. Cuando vio que no me reí, cerró el libro con mucha calma. Seguramente hay veces en que yo también desespero a mi esposa y ella siempre me lo ha querido decir y no se atreve.

—Tus alumnos son unos niños. Es entendible que te desesperen.

—Qué bueno que nunca quisimos tener hijos.

Me dio un beso en la frente y nos acurrucamos de cucharita. Algunas noches nos ponemos así, cuando a una de las dos nos da insomnio. Platicamos sobre series de televisión o de chismes del vecindario, nunca acerca de estos temas.

—¿Soy una mala maestra?

—Claro que no, ¿es por el chico que te preguntó por Hitler?

Se lo había platicado en la cena como una anécdota chistosa. Ahora sé que ella sospechó desde entonces lo mucho que me había preocupado.

—Me siento una fracasada. Pude haberle dicho sobre un desembarco en Acapulco.

—Se sorprenderían los nazis viendo a los costeños mover la panza por cinco pesos.

—Esto es serio, amor.

—No te apures, ese niño nunca volverá a preguntar algo como eso.

Era una sentencia horrible y precisa. Galgo nunca volverá a preguntar nada interesante. Le di un beso en la nuca y le dije:

—Creo que tienes razón con lo que dijiste antes.

—¿Qué cosa?

—Eso de ser fieles a las circunstancias, no a nosotros mismos.

Pensé que Galgo querría seguir con el tema al día siguiente, pero estuvo como si nada. Por más que lo incentivaba a hablar y hacerle saber que escuchaba, nada, se ponía a mirar el patio por la ventana o hacía dibujitos en su cuaderno. No valía la pena concentrarse en él. Hay chicos que son así, incapaces de dar una señal de que hay algo en su cabeza. Galgo era de los que se pierden apenas se gradúan, de los que reconoces mucho tiempo después en alguna caja de supermercado y haces como que no te das cuenta. Pero lo sabes, “ese fue mi alumno”. Y una cree que no sirve de nada la educación, que no sirve una para ellos. Galgo ni siquiera me importaba tanto como para llamarlo por su nombre. 

Pasaron los días y perdí interés. Volví a pensar en Hitler solo una vez, al mirar un documental sobre campos de concentración. Suerte que no estaba conmigo mi esposa, porque me hubiera sentido muy abochornada. En el documental se mencionaba, muy de pasadita, que había una sección en Auschwitz llamada México. Le pusieron así por la ausencia de condiciones higiénicas y porque muchos morían solo de estar allí. Los nazis pensaban que así era México: un lugar insalubre. Pero no mencionaban sus playas, a lo mejor pensarían que eran como cloacas. ¿Sabrían de Acapulco? Me puse roja mientras continuaba viendo imágenes de los prisioneros: todos pelones como Galgo y con la misma mirada perdida, inconexa con la realidad. A Galgo solo le faltaba un uniforme de rayas para mimetizarse con ellos.

Apagué la televisión y eso bastó para que se me olvidara el asunto. Ni siquiera cuando lo vi al día siguiente hice la relación de su presencia con el documental. ¿Por qué? Era como si yo quisiera eliminarlo. Así de grave. Ni siquiera lo noté el primer día que faltó. De hecho, creo que nadie; su banco estaba vacío y no se le echó de menos. Le puse asistencia por costumbre y eso es lo más espantoso que he hecho como profesora.

Hasta que alguien dijo “no vino”, nos dimos cuenta de que, en efecto, no estaba. Ya tenía varios días sin asistir a la escuela. Pregunté si faltó por enfermedad, pero no supieron decir. Galgo no tenía amigos. No era desagradable ni sucio, solo era callado. Tampoco lo odiaban ni se metían con él. Fui estúpida: les pregunté a mis alumnos si lo escucharon hablar de Hitler y las playas de México. Todos se quedaron en silencio. ¿Qué tenía que ver eso con Galgo? 

Exacto, qué tenía que ver. 

En la noche me acurruqué con mi esposa, pero no hablamos de nada. Pensé en Galgo, ¿se había perdido o lo pusieron a trabajar porque no tenía madera de estudiante? Una falta más y tendría que darlo de baja.

De inmediato comencé a dormitar y soñé que por fin me liberaba de estos chicos con preguntas raras. Luego comencé a ver la arena de una playa y el sonido de las gaviotas. Estaba en Acapulco. Era un lugar bonito para ir de vacaciones si acaso el curso salía bien.

No. 24
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