Trayecto a Ciudad del Carmen

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Alpie, Letras de Agua

Fotografía por: Irma and Paul Milstein Division of United States History | The New York Public Library | Dominio Público
Escrito por: Christian Gómez Córdova

Siempre vuelvo…
A las escenas urdidas falsamente bajo mi sombra, a la mentira afelpada, la ilusión de tela donde he inscrito el relato de unos ojos nuevos y unos pies ansiosos por zambullirse en las aguas.

Manejamos.
A la derecha está el mar asediando la carretera.
Ahora ya no hay ojos nuevos, ahora ya no me gusta nadar. Pero el sol se amodorra y los pescadores regresan. Hoy el mar es una crinolina donde los pelícanos esculpen su cuello interrogante sobre los maderos, y la brisa susurra el trinar de las gaviotas, que se cantan para soñar en el lomo de los botes. 

Siempre vuelvo…
Al engaño de algodón y parches.
La memoria es esta manta, cosida por mis manos, en la que he decidido tender mi presente. En ella bordo —como Hefesto sobre el escudo del Pélida— una genealogía inventada por mi añoranza, el rostro sin rostro de los que sólo existen, detrás de mi mirada, envueltos en vaho y murmullos.
En esa colcha hay costurado un momento parecido a este: un auto deslizándose por el asfalto entre el aburrimiento de seis horas y los riscos que amenazan siempre con desgajarse. A lo lejos, los contornos ondulados de la selva como espesas nubes verdes. Dentro del coche, dos mujeres y cuatro niños; cuatro niños que se han quitado los cinturones y se pegan a los respaldos de enfrente porque a lo lejos, por una rendija entre las colinas, por fin han visto aparecer la línea horizontal azul.

Hoy me recuesto en esa quimera de mariposas y alfileres.
Y tú y tus padres están ahora, aquí, conmigo, pero nunca sabrán… 

Manejamos.
A mi izquierda dormitas. Yo te sostengo la cabeza, te beso los labios entreabiertos. Pareciera que el futuro de arista azulada se nos revelará de pronto; que la vida está allá, adelante, esperándonos al otro lado de este cristal acuoso y del decanto del sol; aguardando con su cabello de girones suaves, su voz de pajarito, sus ojos negros.
Pero siempre he de volver…

Y en este auto vamos tú, y yo, y el mar de espejo empañado y horizonte, y tus padres, y tu hijo al otro extremo de esta isla, y cuatro niños de humo en los asientos, y dos mujeres vaporosas de quienes aprendí a querer, y el hilo entreverado de esta frazada que llevo,
que me revuelve el tiempo,
que narra la ficción que seré hoy
que fui mañana,
que soy ayer.

No. 24
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no.24
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