
Ilustración por: Andrea Brito
Escrito por: Karla Marrufo
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada
A. Pizarnik
De manera que te espero como si no hubieran transcurrido ya dieciocho años. Como si las palmeras aún tuvieran su altura niña y los edificios no se hubiesen multiplicado, como si tu voz y tu mirada fuesen las mismas que entraban a la escuela con la candidez y las ansias guardadas en una mochila azul.
Te espero en los salones ahora reducidos: los han partido por la mitad y les han sembrado comodidades extrañas. Y sin embargo, si de camino a clase miro de reojo por las ventanas descubro con sorpresa que ahí estás, hecha un ovillo en la dureza de los mesabancos de antes, sin perder el hilo de una conversación infinita o el curso sinuoso de tus subrayados en las fotocopias de los libros que te prometiste comprar algún día.
Sucede que todo sigue siendo igual pero ya nada es lo mismo y yo te espero con un gesto involuntario justo antes de entrar a la oficina, cuando lanzo un discreto vistazo a las escaleras donde tantas veces te dedicaste a mirar morir la tarde y nacer la luna. Ese era un tiempo que parecía sólo hecho para la contemplación o la risa o las palabras cómplices de quienes acaban de descubrir una misma historia escrita un siglo antes y con esa historia se creyeran capaces de ir descifrando poco a poco lo lógica del mundo.
Te espero entre las risas nuevas de una multitud que nunca hubieses imaginado, porque en aquel tiempo las cosas se daban en proporciones más asequibles y los pasillos eran sólo para ustedes tres. Miro esos cuerpos desperdigados en el piso y se me figura encontrarte en alguno de ellos, calibrando con palabras un tiempo muerto entre clase y clase, un paréntesis donde la vida se suspendía para situarse en el presente y sonreír en la fortuna de vivir tan solo para leer y escribir.
He creído verte en un rincón de la clase y, ahora que a mí me toca estar del otro lado, no he sabido si dirigirte una pregunta o dejar pasar tu aire distraído y soberbio. Sé que al principio responderías con evasivas, con la gracia torpe de quien se mira en falta, pero luego te impondrías con la lección de memoria, la lectura completa, los datos duros escondidos en el borde la manga. Debe ser por eso, porque amabas como a nada en este mundo el camino que habías elegido, que nunca pudiste escapar de una clase, omitir una lectura, dejar en blanco una tarea; y esa manía se te quedó tatuada con unos colores que, no me lo creerías, aún relucen su vigencia.
Me digo que te espero y te recuerdo en la permanente pregunta de qué sería de ti, qué de los seres con los que compartías las horas y los deberes, las lecturas y los chistes locales, las caminatas lentísimas hacia la cafetería y los cafés malísimos que te sabían a ganas de querer quedarte para siempre en esa compañía. Te lo preguntabas sin esperar en realidad una respuesta, mientras dibujabas con signos ilegibles una sonrisa en sus cuadernos, la fecha de una siguiente entrega o las instrucciones de los exámenes parciales. En esos signos que aún conservas resuenan sus tres carcajadas y una escena que insiste en repetirse porque nunca llevó el sello con el que se pactan las despedidas.
De manera que cada día me enfrento al mismo paisaje abierto que alguna vez comparamos con un hotel de playa y al fondo del cual siempre escuchamos el oleaje del mar. Ahí, ahora, todos los días, camino a paso lento como esperando encontrarte, no sé si para decirte que creo que al final de cuentas no lo hemos hecho tan mal o si es sólo para demorarnos en silencio hasta la cafetería y así en silencio, consumiendo a sorbos pequeños un café malísimo, dejar pasar las horas viendo morir la tarde y nacer la luna.