
Ilustración por: Andrea Brito
Escrito por: María de Lourdes Pérez Cruz
Cada número impreso y su versión web es, sin duda, el resultado del trabajo de todos los miembros que forman parte del staff de alpiedelaletra. Pero creo que también existen otras formas en las que este trabajo de producción y gestión editorial universitaria puede ser más significativo, si se consigue traspasar las limitaciones de la publicación impresa y digital. En los últimos años, esta pequeña inquietud nos ha llevado como proyecto editorial a ir construyendo lazos con la ciudad, con la comunidad literaria y artística local, con personas interesadas en libros, en cuentos, poemas e historias.
Desde 2014, he acumulado tantas y tan distintas anécdotas que es difícil poder escoger una de entre todas ellas. Lo cierto es que cada generación del staff de la revista ha aportado al proyecto cosas únicas, relevantes y necesarias para el número que les tocó trabajar. Sin embargo, sí puedo decir que hay una constante permanente: el “espíritu de pasillo” tan característico de la Escuela de Humanidades y, desde luego, de los estudiantes del área de literatura.
Comenzamos reuniéndonos una vez a la semana, en algún aula vacía, después de las clases. Luego de un tiempo, decidimos trasladar nuestras sesiones de trabajo a una cafetería local que nos diera asilo y donde el buen café fuera un recurso garantizado. Así llegaron las risas, las complicidades, el aprendizaje colaborativo y, finalmente, la pertenencia al proyecto. Sólo de esta forma comenzamos el prodigio de salir de la cafetería local para ir tomando poco a poco las calles de la ciudad, sus parques, sus espacios de comunicación e interacción comunitaria.
En ese sentido, puedo decir que la mejor muestra del sentido de comunidad, que los alumnos de literatura que forman parte del equipo de trabajo de la revista, ha estado presente en actividades fuera del pasillo y de las instalaciones de la universidad. Han recorrido el centro, en una suerte de fila india, esquivando transeúntes en horas pico, mientras cargábamos los paquetes de algún número recién publicado para entregar a los puntos de distribución. Han llevado carteles pegados a las playeras y han ofrecido leer en voz alta cuentos cortos a quienes toman el fresco de la tarde en la banca de algún parque público. Han compartido diversas facetas del acto de escribir con niños y jóvenes fuera de la ciudad y han celebrado la coincidencia con las letras. Nunca imaginé que los chicos de literatura tuvieran ese súper poder: el de contagiar la sensibilidad creadora y reflexiva de las letras.