Los tesoros de la lengua

20 Años Literatura, Alpie, No. Conmemorativo

Ilustración por: Andrea Brito
Escrito por: José Ramón Enríquez

Dejar, cuando lo hice, mi natal Ciudad de México para trasladarme a esta península ha sido una de las decisiones más inteligentes y con resultados más felices que he tomado en mi vida. Las ya casi dos décadas que llevo en estos lares han sido tan enriquecedoras como plenas de amistad y de cariño. Venía madurando mi decisión con el deseo que tenemos algunos de irnos hacia el espacio más amplio posible para dedicar tiempo a la introspección, a la contemplación y, con suerte, a la creación más libre. Mérida ha sido para mí ese lugar de privilegio.

Mi relación con la ciudad había sido poca pero muy intensa. Había obtenido el Premio Wilberto Cantón de Dramaturgia que contemplaba tanto la publicación como el montaje de mi obra. Y mi Madre Juana accedió a un escenario inigualable, el Peón Contreras, uno de los teatros más hermosos de la República. Dirigió el montaje un entrañable amigo, el maestro Paco Marín, y gracias a él conocí a quienes habrían de ser mis compañeros queridos tanto del teatro como de otras artes. 

Y un regalo muy especial fue conocer a un poeta de hondura extraordinaria y de ejemplar factura: Rubén Reyes Ramírez. Él me invitó a incorporarme al claustro de profesores de Letras en la Carrera de Humanidades que ya comenzaba a dirigir en la Universidad Modelo. Y al admirado poeta Rubén Reyes me es imposible negarle nada.

Mi mudanza coincidió también con la apertura de otra nueva institución, la Escuela Superior de Arte de Yucatán, a la que fui gentilmente invitado por la maestra Raquel Araujo. De larga data era mi relación con la docencia como artista que enseña su labor a nuevas generaciones. Venía yo de dirigir el Centro Universitario de Teatro de la UNAM y no pude alejarme de las aulas para ganar tiempo de soledad y de creación. Como nunca he olvidado que, con las nuevas generaciones, uno no enseña sino que aprende, la primera parte de mi estancia en Mérida vino a convertirse en un nuevo ciclo durante el cual mi labor docente tuvo importancia capital.

Conocía someramente la Escuela Modelo como ejemplo de una enseñanza privada laica y de primera calidad, por la cual había pasado una parte importante de la inteligencia yucateca. En realidad, la imagen más importante para mí como gente de escena era ese actor de voz privilegiada que llenó por sí solo una página de la radio y la cinematografía mexicana, Arturo de Córdova. Pero me tocó testificar el esfuerzo que supuso el paso hacia una universidad privada tan importante como es la Modelo sin perder el espíritu de apertura, laicismo y calidad que llevó a su fundación como escuela.

Me es difícil expresar la satisfacción de participar como pionero en dos empresas tan cercanas a mis intereses espirituales como las que me ofrecían la Escuela Superior de Artes y la Universidad Modelo, justo en el momento de mi feliz llegada a esta Mérida tan generosa. Sobre todo porque en ambos casos se trataba de llenar huecos importantes: una escuela de actores que ofreciera a jóvenes con esta vocación la posibilidad de permanecer en su tierra y que llegara, como es el caso hoy, a convertirse en polo de atracción; y una escuela de letras para un estado cuya Universidad Autónoma, por incomprensibles motivos para mí, carece de la Filosofía y las Letras que han caracterizado el quehacer universitario desde su fundación allá por la Edad Media.

Pero el gusto del pionero en un esfuerzo conjunto pronto se convirtió en el placer del oficiante en una aventura deliciosa. Porque no se trataba sólo de abrir surco y sembrar para enseñar a otros sino de abrirse individualmente a la belleza de la poesía para aprender de ella, para gozarla con la plenitud de quien llega por primera vez gracias al apoyo de compañeros excepcionales. La aventura de las Letras como un espacio nuevo en una Universidad como la Modelo permitió, en primer término, que lo reducido de los grupos los convirtiera en una especie de seminarios de posgrado para minorías selectas realmente interesadas tanto en la poesía como en su contexto histórico. Y ello bajo la dirección excepcionalmente cercana de un poeta y de un brillante claustro de maestros auténticamente entregados a su vocación en la familiaridad que permite una aventura entre pocos.

Así, el hecho de que las Letras no ofrezcan una salida económicamente interesante para el acomodo en el posterior mercado laboral nos permitió profundizar en el estudio abierto y en la camaradería que recordaban aquellos tiempos cuando se iba al jardín de Ἀκάδημος o se transitaba como los peripatéticos mientras volaba el libre juego de la imaginación y la investigación puntual con la Σoφíα como supremo bien. Frente a la universidad de masas o la universidad de élites económicas, la enseñanza artística nos permite el paso al ideal de cualquier maestro, la universidad de vocaciones compartidas, la auténtica aventura del buen saber.

Y las materias elegidas para que yo las impartiera, Literatura Medieval y Literatura de los Siglos de Oro, son jardines excepcionales para compartir la experiencia acumulada y para aprender de la sabiduría que la limpieza de los ojos nuevos otorga a los novicios. Se sabe que es un triste docente quien sólo repite y completa un programa pero no aprende del alumno. Pero la carrera de Letras en la Universidad Modelo no sólo me permitió la felicidad del auténtico maestro sino que la hizo único camino.

Y, tras haber entrado a la lengua codo a codo con el humilde monje de San Millán de la Cogolla, en las anotaciones marginales en su trabajo del monacal scriptorium, comprobar el brillo que producen en las miradas nuevas la gloria de nuestra lengua al simplemente decirla en alta voz, saborear el vino fuerte de la poesía épica tras las huellas de nuestro Cid Campeador y desgranar el rosario de los mesteres tanto de juglaría, con el Arcipreste, como de clerecía, con Berceo, para luego gozar la manera en que cada alumno los glosara a su manera sin la crueldad del tiempo en aulas repletas. Todo ello fue un privilegio impagable.

Como lo fue correr por los Siglos de Oro de la mano de Jorge Manrique, de Teresa de Ávila y de Juan de Yepes, de Garcilaso, de don Miguel de Cervantes (quien se ganó el don, apócope de dominus, a fuerza de hambres, esclavitudes y desprecios), o de Lope, Tirso, Calderón, don Luis de Góngora o don Francisco de Quevedo, señor de la Torre de Juan Abad (tan cercana al pueblo natal de otra joya descubierta por mí entre los profesores, Juani Mateos), hasta llegar al escalamiento del Primero Sueño y de la Inundación Castálida de nuestra Juana de Asbaje, culmen de las grandes Letras.

Ejemplos de estaciones en nuestro viaje, junto al placer de testificar el nacimiento de periódicos murales y de una revista que vive hasta la fecha, cuando ya me encuentro retirado no sólo por la distancia sino por la densidad de tráfico entre el centro de Mérida y la Universidad.

En una palabra: gracias a la Universidad Modelo, porque permitió hacer a un lado el buró de las competencias para abrir, en compañía de privilegio, el cofre de los tesoros.

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