
Ilustración por: Andrea Brito
Escrito por: José Castillo Baeza
La verdad es que yo ni sabía que la literatura se estudiaba. Tenía 18 años, una prepa casi concluida y la carrera de Derecho o de Diseño o de Informática (?) por delante. Había leído uno o dos libros por placer en toda mi existencia y la única certeza con la que contaba (pero tampoco es que eso me dijera mucho) es que me gustaba escribir. Se trataba de una acción aislada y personal; pocas personas lo sabían y para mí era una acción a la cual no le atribuía ningún significado. Ahora que lo escribo, pienso que sería lindo recuperar esa inconsciencia, en la cual escribir es como comer o dormir.
A diferencia de algunas personas que recuerdan con mucho cariño a los profesores o profesoras que les ayudaron a encontrar una vocación, yo no tuve, en toda mi niñez y en mi adolescencia temprana, algún maestro que me hablara con pasión de los libros. Por el contrario, algunos se empeñaron en frustrar una posible vocación que, menos mal, yo no sabía que estaba ahí. No me acerqué nunca a ningún programa de promoción lectora y la literatura fue para mí, durante mucho tiempo, nada más que una serie de nombres que sonaban a antiguo; fechas de nacimiento y muerte de algunos escritores hombres; características frías de unas corrientes artísticas que había que memorizar.
Si comienzo con estas líneas personales es porque creo que pueden ayudar a dimensionar lo que significó para mí un espacio como la carrera de literatura en la Universidad Modelo. Encontré un grupo de personas que trabajaban en torno a los libros con un amor que yo no conocía. Se dedicaban a algo que estaba fuera de mi imaginación y lo hacían en cofradía, con la complicidad mutua de los que saben que tienen el mundo en contra.
No se me va a olvidar nunca la figura luminosa de Beatriz Rodríguez Guillermo, a quien se le podía ver, ajetreada y feliz, al entrar en la oficina de Humanidades. Si alguien hizo que un pequeño y temeroso grupo de estudiantes de nuevo ingreso nos sintiéramos como en casa, fue ella. Siempre protectora y entusiasta; generosa y didáctica, Beatriz nos abrazó todo el tiempo con su sonrisa.
No se me va olvidar la serena amabilidad de Irene Duch Gary, su expresión prudente, sentada en el escritorio, siempre trabajando en lo que tiempo después sería el ideario pedagógico de nuestra universidad. Y estaré agradecido con Paco López y Rubén Reyes, por su disposición a ayudarme en momentos en los que lo necesité. Fueron estas personas quienes hicieron de la universidad un lugar plenamente habitable durante el tiempo que me tocó estudiar. Lo más fascinante, sin embargo, sucedió en las aulas: las charlas, las discusiones al calor del café y de los cigarros, la intimidad que se generaba… Todo ello constituyó un aprendizaje invaluable para mí. Tomar clase con profesores de la talla de José Ramón Enríquez, Jorge Cortés Ancona, Silvia Manzanilla, José Díaz Cervera, Virginia Carrillo y Juani Mateos me cambió la vida para bien. De todxs ellxs aprendí muchas cosas pero sobre todo entendí algo que yo no creía que pudiera existir hasta ese entonces: que se puede aprender en un ambiente de cordialidad y camaradería, que un profesor puede de verdad tener un interés real en la formación de sus estudiantes y que la educación se vuelve placentera cuando es real.
Una carrera como la nuestra nunca será viable, financieramente hablando. Incluso es posible que, vista desde cierto ángulo, desentone con el perfil de una universidad que pone énfasis en la práctica como fundamento pedagógico. En alguna charla de pasillo, el ingeniero Panchito López me dijo: “tu carrera siempre está en números rojos. No se sostiene por sí misma”. Y sí, tenía razón. A la licenciatura en literatura la sostienen muchas manos: profesores, coordinadores, estudiantes, administradores. Y detrás de todos ellos se encuentra una filosofía institucional que entiende la necesidad de las humanidades en un mundo que se cae a pedazos. Creo que sostener un proyecto como éste es una lección social y política. Ya lo decía Milan Kundera: “¿qué significa en realidad ser útil? La suma de la utilidad de todas las personas de todas las épocas está plenamente contenida en el mundo tal como es hoy. De lo que se deriva: nada es más moral que ser inútil”.