
Ilustración por: Andrea Brito
Escrito por: Juana Mateos de la Higuera García Uceda
Los estudios de Humanidades, según avanzaba el siglo XX hasta la actualidad, han tenido que contestar cada vez con más frecuencia a la pregunta de: ¿para qué? o ¿cuál es su utilidad? Hasta el día de hoy, es imposible una única respuesta, la imposibilidad de una respuesta rápida nos puede resultar frustrante, incluso a los que nos dedicamos a esta área de estudio. La falta de resultados monetarios a corto plazo, que en la actualidad es sinónimo de utilidad, nos deja en un primer momento sin argumentos. No obstante, y como está demostrando la gran crisis del 2020, nuestra utilidad es tan intrínseca en la sociedad que probablemente eso impide a muchos verla o explicarla.
El humanista, sea cual sea su área de investigación o desarrollo, ofrece al individuo la capacidad de crítica social, es decir, de repensarnos en el espacio y el tiempo que habitamos. Los seres humanos somos una parte tangible, donde se incluye la parte del desarrollo económico como fuente de mantenimiento físico, obviamente necesario; pero también somos un “pensamiento” más difícil de definir de forma coloquial, pero reconocible para todos. Ese pensamiento es el que trabaja las humanidades, el que da sentido a todo lo físico desde la perspectiva humana. En concreto, el estudio de la lengua y la literatura, permite técnicas y métodos en un camino para pensar y repensar nuestra existencia a través de la palabra y del desarrollo creativo de ésta. El estudio literario no es la búsqueda de una justificación a la admiración que profesamos a las creaciones, ni siquiera nuestro reconocimiento en el texto: es, ante todo, el entendimiento que siglo tras siglo ha tenido la humanidad en su medio físico concreto, cómo a través de los siglos se ha ido encontrando un sentido a su existencia y cómo eso se ha reflejado en las obras literarias.
Los estudiantes de Lengua y Literatura Modernas, cuando deciden estudiar esta licenciatura, generalmente no tienen tan claro la utilidad de repensar que la literatura ofrece. Pero sí saben que es lo que “les gusta”, es decir, tienen vocación, y en la práctica esto supone que han desarrollado, sin conceptualizar, un interés por conocerse y entender el mundo a través del “lenguaje literario”. Por supuesto, están temerosos de si efectivamente eso puede tener alguna utilidad para los demás y no sólo es una respuesta a un gusto personal. Una de las primeras funciones de los coordinadores es tranquilizar al nuevo alumno y ayudarle a vislumbrar lo que será ese crecimiento en el conocimiento y las diferentes formas de ofrecérselo a los demás. Y un buen plan de estudios, como el nuestro, también ayudará al alumno a vivir y alimentar “su forma tangible”, de la que hablábamos antes, con este conocimiento.
La labor que realizaron los coordinadores anteriores a mí fue, sin duda, impecable en el sentido dicho más arriba como en muchos otros. Tanto Francisco López Cervantes, coordinador desde el inicio de la licenciatura con el programa de Letras Hispánicas, en el periodo que abarca del 2000 al 2005; como Beatriz Rodríguez Guillermo del 2005 al 2007. Francisco López Cervantes, Paco para varias generaciones de estudiantes, supo a través de su conocimiento como poeta, ensayista y maestro, transmitir la importancia de la formación académica en la literatura y, sobre todo, cómo este conocimiento permite a los jóvenes abrirse camino en el tiempo y espacio que les rodea a la par que ser contestatarios y recreadores de ese mundo.
Del mismo modo, Beatriz Rodríguez Cervantes, Betty para otros muchos estudiantes, supo aconsejar y guiar en el proceso arduo que suponen unos estudios universitarios, también poeta e investigadora, entendía las dificultades de la enseñanza y del aprendizaje en una especialidad humanista. Ambos, Paco y Betty, fueron maestros durante casi toda su vida laboral y, probablemente, por ello tuvieron claro el orden de prioridades que debían guiar su puesto. La primera, siempre el alumno, trabajar no desde una perspectiva de arriba – abajo, sino en colaboración. Entendiendo que la educación es un proceso continuo, en el que todos, maestros, alumnos e institución académica, estamos obligados y necesitados de trabajar como comunidad crítica y creativa. Su trabajo fue parte fundamental para siete generaciones de nuevos especialistas en lengua y literatura en español.
Pasan los años y los nuevos estudiantes continúan incorporándose cada agosto con las mismas dudas, se sienten, en la mayoría de los casos, presionados ante las preguntas habituales: ¿para qué?, ¿cómo vivirán?, ¿para qué servirán?… En este 2020 cumplimos veinte años de contestar, año tras año, estas preguntas, y en este 2020 ha quedado lamentablemente más claro que nunca para qué sirven los especialistas en lengua y literatura: ¿para entretener a través de la creación? sí, claro; pero también para ayudar a entender, junto a otras ciencias, nuestra posición en el mundo, diacrónica y sincrónicamente. Para reconocer nuestros temores en otros, del presente y del pasado, con la esperanza de poder salir de este año con respuestas válidas e integradoras.
Somos útiles y somos necesarios.