
Fotografía: F. Holland Day
Escrito por: Marigaby Martínez Enseñat
¿Cuántas veces me desperté en medio de la noche y tú estabas aquí cuidando de mi sueño? ¿Cuántas veces me despertaste en una cama mojada, después de las pesadillas, llorando? ¿Cuántas veces mal dormiste sabiendo que estaba enferma?
Mamá, cuando nací no volviste a ser una, cuando nací fuimos dos. A veces no lo quiero, niego que este cuerpo igual te pertenece, pero no puedo separarme de este lazo que nos ata. Mamá, tú me trajiste, tú y yo nacimos juntas.
Tengo muchos nombres, la mayoría me los has dado tú: Mari, Marigaby, Gabriela; tu niña del coro, tu tesoro, la maruquita. Tú también tienes muchos nombres: eres mamá, mami, Doña Gaby, Gabriela, mamita. Nombrarlos, siempre de diferentes formas, se ha convertido en una dinámica de comunicación, donde depende del acento y de la ternura lo que intentamos transmitirnos: nos nombramos de diferentes formas, dependiendo de cómo nos sentimos o la dinámica entre nosotras, dando vueltas entre la incomodidad de no entendernos y sí hacerlo. A veces es a gritos, pero no dejamos de llamarnos con mil y un nombres diferentes, no dejamos de evocarnos la una a la otra, de pedir nuestra presencia con el lenguaje que tú misma me enseñaste. Y es que ni había nacido y tú ya me llamabas, ya me nombrabas, ya me sentías. Mi presencia fue una contigo mucho antes de que yo fuese una conmigo misma.
A veces siento enojo de que mi primera palabra no fuese tu nombre: primera marca de este ser rebelde y cruel que tú hiciste. Tú ya me evocabas, mamá, pero yo aún no te respondía, al menos no con palabras. Lo primero que dije fue Chanty, apodo de mi papá, lo cual es muy gracioso porque tú y yo sabemos que él nunca estuvo ahí, nunca me encontró ni me enseñó las palabras. Él solo fue nombre, padre, pero no fuimos uno.
Mamá, tú me enseñaste a hablar. Te sentabas a mi lado y me susurrabas todo el abecedario. Mamá, tú me enseñaste a conocer el mundo, me enseñaste a adueñarnos de él con el lenguaje.
Mami:
Gracias por confiar en mí y por estar siempre conmigo. Te quiero, te adoro, te amo.
Tú me iluminas el camino como el sol y cuando tengas un día gris te daré un pincel amarillo.
2008
Toda la vida me he visto rodeada de letras. El primer contacto fue a través de las cartas. Me escribías en mi cumpleaños, en Navidad, tanto si era un día bueno como uno malo. Cuando comencé a escribir me enseñaste a redactarlas: inicia con un querida y termina con un te amo. Dijiste que era una buena forma de dejar mis sentimientos asentados, de convertirlos en algo, de sacarlos.
A tu lado las palabras siempre fueron consuelo y los libros siempre fueron hogar. Me leías antes de dormir y, cuando eso no era suficiente, me cantabas, sin importar lo cansada que estabas o el enojo de mi papá. No importaba nada más que ese momento sagrado entre tú y yo. Es curioso que me crecieras de esa manera, porque yo sé que tú no creciste así: rodeada de libros, cuentos antes de dormir, canciones de cuna, murmullos de media noche y cartas de buenos días. A veces me gusta imaginar que lo hiciste para regalarme algo que en nuestra casa siempre faltaba. Tal vez pensaste que, si me leías quedito, en una casa donde no faltaban los gritos, me enseñarías sobre la ternura.
Pero no lo sé, no lo sé porque nunca te he preguntado y siempre he temido. Lo que sí sé es que, aunque no creciste como yo crecí, tu madre fue quien te enseñó a escribir cartas. Así como la madre de mi abuela le enseñó a escribir cartas a su hija. Deposita todo lo que quieras decir aquí, nos dijeron, generación tras generación, señalando la hoja de papel. Ahora veo esas palabras y me duele porque sé que, para ti, para mi abuela y para todas esas mujeres antiguas, era el único lugar donde gritaban en silencio. Crecer viene con algo muy feo, mamá: aprendes a leer donde antes había espacios en blanco.
Mamá:
Gracias por la vida.
Gracias por estar ahí todas esas noches en las que no dejaba de llorar. Tu belleza sin igual me ha de calmar y he de recordar. Mami yo por ti todo haría. Te quiero tanto. Mami tu nombre es sencillo de pronunciar y de escribir, tan especial eres para mí, te quiero mucho mamita.
2012
La mayoría de mis cartas estaban dedicadas a ti, ¿te acuerdas? Otras tantas a mi abuela y unas pocas al propio Dios. Comencé a crear cartas apenas aprendí a escribir, y es que aprendí con mucho dolor. Fui una niña especial, de esas a las que los maestros ven con tristeza, de esas a las que las cosas les llegan con mucho trabajo. Si no podía saltar (ni sabía cómo hacerlo) con mis pies que nacieron para estar sobre el suelo, ¿cómo iba a escribir con la mano que no entendía nada? En la escuela primaria, cuando tenía 10 años, los maestros te dijeron: Cómprele una computadora, su escritura nunca va a mejorar. La computadora escribirá por ella. Pero tú no te rendiste.
Dime, mamá, ¿cuántas noches te desvelaste pensando en mi futuro? Recuerdo que a los 6 años, cuando me llevaste por primera vez a hacerme una resonancia magnética funcional, para la cual tuve que quedarme despierta toda la noche, convertiste el desvelo en una pijamada. Yo no sabía que había algo mal en mí, algo que teníamos que checar, porque hiciste de ir al doctor y hacer pruebas en mi cerebro algo de lo cual podía reírme, sin preocuparme, sin tomármelo tan en serio. Ahora me pregunto si lloraste, si fue difícil mantenerme calmada. Mamá, ¿alguna vez fui un caso perdido para ti, como decían mis maestros? Mamá, ¿alguna vez te rendiste?
Mientras crecía no importaba cuánto trabajo me costaba (o cuánto trabajo me sigue costando), yo amaba la sensación del lápiz en mano, amaba crear algo y tú llorabas, llorabas viéndome intentar e intentar. Mi esfuerzo nunca era suficiente. Todavía conservo algunas de esas simples oraciones, con mi letra de garabato, que con mucho cariño junté. Cuando apenas medio aprendí a escribir, nunca más paré. Mis primeros poemas son de cuando tenía seis años, cuando no sabía qué era la rima, ni la métrica; cuando solo buscaba letras que me hablaran de mí, y las juntaba para intentar mostrar mi mundo.
Aún conservo las cartas ilegibles que te escribí. Esas primeras cartas de infancia están llenas de un amor muy inocente que, poco a poco, fue desapareciendo. No sé cómo pasó, pero un día las cartas de amor y nuestra relación se detuvieron. Permanecimos siempre unidas, sí, pero porque compartimos cuerpo y ya no tanto alma. Las cartas que te escribí de los 14 a los 17 años están llenas de gritos, de señalamientos, de mí no siendo suficiente y de un odio tan grande hacia ti que a veces creo que era miedo. Son un recordatorio de lo feo que es sentir, de lo cruel que puedo llegar a ser, del poder que existe en aprender a hablar, nombrar y escribir.
Mamá:
Yo sé lo mal hija que soy. Sé lo difícil que es tratar conmigo, sé lo cruel que llego a ser.
Sé que soy terrible, una maldita, sé que cuando alguien grita en la casa es culpa mía.
No tienes que recordarme el fracaso de persona que soy, o lo conflictiva.
Si alguien odia a alguien en esta vida, esa soy yo y mi odio por mí misma.
2014
Me he construido, letra por letra, a través del lenguaje que me enseñaste, pero a veces me pregunto cuántas veces tú te has construido y cuántas veces te has derrumbado. Si me dijeras que quien eres hoy es igual a quien fuiste a mi edad no podría creerte. He visto las fotos y escuchado las anécdotas: esa Gaby que narra se parece más a quien soy yo ahora en mis veinte años, que a quien eres tú a tus cincuenta. Esa Gaby de las fotografías se ve libre, joven, feliz; y la verdad es que, mamá, tú hoy no te ves feliz, sino poseída por el peso de los años y los fracasos. Mamá, me da miedo preguntarte si te arrepientes. Si pudieras retroceder el tiempo, ¿lo harías todo igual? Creo que me dirías que sí, que sí lo harías todo de nuevo: que sí te casarías con el hombre que casi te mata, que sí tendrías hijos, que sí me tendrías a mí.
Pero la verdad, mamá, veo las fotos de tu juventud y no te reconozco, veo tu pasado y añoro que pudieras recuperarlo. Me siento egoísta. Deseo que me respondas que no, que no valió la pena, que si pudieras retroceder el tiempo te pondrías a ti primero. Nací porque tú así lo quisiste, confeccionando sueños en mi mirada. Trabajaste para alimentarme y me cuidaste de la mejor manera posible, pero al final yo soy yo.
Y soy un yo muy diferente a la niña que llamas tu tesoro, soy un yo egoísta, haciendo la vida que quiero, olvidando los sueños y esperanzas que depositaste en mí, dando por sentado todo lo que sacrificaste al tenerme, quedándome en silencio, prefiriendo no escuchar tu verdad como tú has escuchado la mía.
Mamá:
Pensé que ya estaba mejorando. Sé cuánto haces por mí, cuánto te sacrificas. Perdóname por ser tan mala hija.
Yo quería estar contigo hoy que volvía, quería dormir a tu lado, estaba segura de que las cosas iban a estar bien y ahora estoy sola en mi cuarto.
2017