
Fotografía por: Autor desconocido
Escrito por: Diego Gutiérrez González
Está ahí de nuevo. Lo miro por la nuca. A mí, personalmente, nunca me ha gustado que me miren por la nuca, que me observen o me embistan desde atrás. Siempre me ha parecido que está implícita cierta tristeza en la contemplación de un cuello humano desnudo. Algo que lo transfigura y reduce a una dimensión infrahumana, que lo vuelve como carne expuesta desde los ganchos en los escaparates de las carnicerías.
En este momento me siento un poco hipócrita al hacerle lo que no me gustaría que me hagan. Pienso que de existir un dios puede que esa sea la imagen o a lo menos el ángulo desde el que, omnisciente, nos observa a todos. En ese estar vulnerable, en ese estado de inconsciencia no consentida que despierta una ternura o una compasión como la que solo evoca el ganado en el establo o la fauna de un zoológico.
Ayer lo vi de frente. Eran alrededor de las 5:00 de la tarde. Almorzaba. Hoy lo veo desde atrás. Llegué un poco antes al mismo sitio. Quiero decir, habrán faltado algo así como una fracción de minutos para las 5:00 de la tarde. Tampoco es que sea una diferencia abismal, no obstante, su mención es de un orden imperativo para comprender lo que se me ha revelado; la primera vez que mis ojos lo encontraron no significó más de lo que cualquier cuerpo transitorio hubiera significado.
Atrapado de improviso, casi de soslayo, de no ser porque también estaba sentado. Carente de sustancia, densidad o aun trascendencia. Nada más que una sombra o un peón del azar. Al cabo, no le atribuí gran importancia en aquel momento. No había motivo para fijar mi mirada en él. Ahora, sin embargo, aunque siempre involuntariamente, en virtud de la contingencia y el azar (al menos eso creo), se me ha vuelto a aparecer esta sombra que ya no es tanto una sombra.
Comienza a volverse más denso, a ser dotado, como el Gólem, de un alma que antes no parecía estar ahí. Que me era imperceptible e inaccesible. Si no hubiera sido porque decidí esperar al inicio de mi clase en el mismo sitio que ayer, quizá nunca hubiera rescatado su presencia de ese olvido al que ya estaba comenzando a acostumbrarse. Y quizá tampoco hubiera llegado a profundizar, sin que él lo supiera, en lo que para él podría significar vivir.
Por lo que puedo verificar empíricamente, es un joven, quizá de unos veintitantos años. Se haría pasar por un alumno más de no ser por ese uniforme azul que inmediatamente lo segrega. También puedo decir, gracias a ese detalle, que forma parte del personal de intendencia. Está sentado en la misma mesa en la que lo he encontrado la víspera. Ha salido de una esquina y se ha vuelto a posar en la misma silla, no sin antes devolver el resto a su lugar.
Después, come. Es entonces cuando lo entiendo. Las 5:00 de la tarde. ¡Todos los días a las 5:00 de la tarde! Es esta su rutina, es este el punto en el que ha rodado su piedra hasta la cima antes de que esta se vuelva cuesta abajo y tenga que volver a comenzar. Rodarla nuevamente desde abajo hacia arriba, verla caer y volver a empezar indefinidamente. Lo comprendo: Está atado. Como atrapado en un bucle que no cesa.
Me parece que podría volver mañana al mismo sitio, cambiar de ángulo a mi antojo, y lo encontraría en la misma mesa, en la misma silla. Sentado. Almorzando. Que no importa qué haga, mientras esté a tiempo para mirar que el reloj ha dado las 5:00, podré dar con él. Es casi como si fuera el pensamiento o el recuerdo de alguien más. Como si alguien se obstinara en recordarlo exactamente de esa manera, exactamente en ese lugar.
Sé que con el tiempo, al igual que un recuerdo, a pesar de la uniformidad en su obrar, también terminaría por desgastarse. Es un Sísifo más… Pero también lo soy yo. He venido a dar, al igual que él, al mismo lugar ¿No es así? Es esto lo que se me ha revelado. Este andar en círculos. Mencioné anteriormente que he creído que su presencia reiterada era tan solo una cuestión de azar. Ahora ya no lo creo más.
Creo que este encuentro obedece a un orden superior y más profundo. No quiero decir con esto que crea en el destino, ni mucho menos… sino que tal vez, y solo tal vez desde una dimensión inconsciente, este hombre constituye para mí un símbolo; funciona como un espejo y me grita, desde cualquiera que sea el ángulo en el que lo miré, lo que hasta entonces no había sido capaz de admitir.
Como él, también estoy atado. Una idea se pasea por mis adentros: hay que estar atento de los símbolos que se pueden encontrar en el exterior. No porque sean una manifestación del porvenir, sino porque son una manifestación de lo que hay dentro de uno mismo. Nos hablan en términos de la propia persona. Deben integrarse a la consciencia; de lo contrario, en nosotros atarán sus hilos y nos moverán a su antojo. Es entonces que, desesperadamente, comenzaremos a creer en el destino.