La clase de pilates

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Alpie, Manos a la Letra

Mujer con camisa negra de manga larga de pie frente al espejo (2021) Imagen: Milada Vigerovay | Unsplash | Dominio Público.
Fotografía: Milada Vigerovay
Escrito por: Anahí Moscoso Romero

Escuché el sonido de los resortes chocar entre sí y la sombra rápida de un cuerpo desfalleciendo a máxima velocidad hasta darse de bruces contra el piso. Todas nos quedamos calladas. Ojalá se me hubiese ocurrido mirar el rostro de las demás, quienes observaban con escrutinio a la mujer en el suelo. De prisa, la instructora se acercó para ayudar a la chica a levantarse y entonces pude apreciar la vergüenza en su cara, el sentimiento era tan pesado que parecía no dejar lugar para nada más. No había ojos ni boca, solo vergüenza. En ese preciso instante caí en cuenta de la dura situación en la que me encontraba, en la que todas nos encontrábamos. En aquel gran espejo que recubría la pared frente a nosotras podía observar los reformers, diversos artículos de ejercicio, toallas, termos de agua, ropa de ejercicio, cabello sostenido en altas coletas y mejillas sonrosadas por el esfuerzo. Había ocho camas. De pie sobre siete de ellas, nos encontrábamos siete esbeltas alumnas, con los leggings orgullosamente pegados al cuerpo, las pestañas negras cubiertas de rímel y esa actitud ganadora que confiere la delgadez.

La chica en el piso había caído sobre su espalda y tenía dificultad para levantarse, como una tortuga expuesta sobre su caparazón. La observamos levantarse con preocupación. ¿Qué nos angustia tanto en un mundo donde nuestros cuerpos nos hacen mejores por defecto? ¿Por qué de repente me siento tan desnuda?

Pienso en el delgado cuerpo de aquella actriz que admiraba de niña; pienso también en la foto en bikini que Kendall Jenner había posteado hace dos días y cómo la guardé en mis favoritos para recordar la forma en que deseo verme. Yo no estoy en el suelo pero ya he caído. Creo que caigo todos los días.

Este tipo de lugares nos desnudan ante la mirada del otro, donde la ropa es tan ajustada que ser la única chica de talla grande en la habitación se vuelve imposible de ignorar.

Ella sabe que su peso no es el motivo por el cual ahora está en el suelo. Y las que estamos de pie también lo sabemos ¿Qué es entonces este molesto pensamiento de que tal vez sí lo sea? Además, si así fuera, ¿a mí qué más me da?

La verdad es que me da mucho, me da una validación y una superioridad sumamente codiciada. No obstante, también me hace sentir uno de los peores vacíos que he sentido en mi corta vida. Reconozco la vergüenza en los ojos de la chica porque es la misma que atraviesa mi rostro cada vez que alguien me mira a la cara y pienso en lo evidente que son entonces mis rizos desalineados, mis pestañas poco abundantes, mis dientes imperfectos y cualquier cantidad de textura que pueda haber en mi piel. Así comprendo que esta enfermedad ilumina lo peor de cada ser humano, pues la importancia de nuestros cuerpos nos vulnera a la vez que nos permite vulnerar a los demás. Le enterramos el cuchillo a alguien cada que sentimos el peligro por detrás.

Quise decirle a la chica que todo estaba bien, que no lo veía antes pero lo veo ahora. Que las diferencias corporales entre nosotras podían separarnos, pero por dentro nos unía la misma fealdad humana, esa egoísta necesidad de ser mejor que la otra.

Al final no dije nada. Creo que solo la hubiese hecho sentir peor. La clase continuó como si nada, aunque la vergüenza nunca abandonó la habitación.

No.24
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