
Fotografía: Morris Huberland
Escrito por: Beatriz Marfil Ríos
Tenía como cuatro años. Después de jugar un rato en el patio no supe qué hacer con las tantas rocas que junté. Ahí fue cuando conocí los bolsillos. Mi mano cupo perfectamente y le quedó espacio alrededor. Metí roca tras roca hasta que alcanzaron siete.
La siguiente vez fui más atrevida. Del otro lado del overol había un bolsillo tan grande como el izquierdo. Cargué con catorce. Con ellas construimos la casa más grande del jardín de niños y fuimos el equipo ganador al ser los más rápidos.
Esta experiencia me regaló confianza y amor por los bolsillos. Si eso podía hacer con los de mi overol, seguro podría lograr más con pantalones, shorts o camisas.
A los shorts les cupo mi tortuga ninja, caramelos de fresa y uno que otro centavo. A la camisa apenas un peso y un crayón, pero a los pantalones les cupo casi todo lo que intenté meter: mi otra tortuga ninja, colores, dulces y papel de emergencia, por si se me antojaba dibujar… Incluso le cupo el llavero en forma de diente de tiburón que la abuela me regaló.
Recuerdo lo decepcionada que me sentí el día que fuimos a la playa. Los shorts para nadar no llevaban bolsillos y mi mamá me regañó cuando no quise quitarme los pantalones para entrar al mar. La abuela me explicó que existen juguetes para el agua y no eran precisamente las tortugas ninja ni los crayones. Le creí, acepté ponerme los shorts de baño y abracé una pelota especial para mojarse, con la cual pude jugar y distraerme. Mamá invitó al tío Juan y él insistió en ponerme bloqueador en todo el cuerpo. Odié sus manos en mi entrepierna.
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Al año siguiente la abuela murió y no me dieron muchas ganas de cargar con juguetes o crayolas. Esa tarde me senté cerca del tarro elegante que rellenaron con sus cenizas y jugué con el llavero que me regaló. Los pantalones largos y negros que me pusieron no cargaron con nada más que ese llavero. No me faltaron ganas de meterme un puñado de la abuela en el bolsillo.
Mamá empezó a salir menos después de eso. Si no iba a trabajar, se la pasaba en su cuarto. Intenté animarla dejando pequeñas notas con dibujos en los bolsillos de sus uniformes. A veces los pocos caramelos que me quedaban de la abuela los escondía en su cartera para sorprenderla, pero eso sólo la enojaba más. Al final tuvo que venir el tío Juan a ayudar en la casa.
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El tío Juan se desesperaba conmigo porque siempre quería llevar pantalón y no shorts. Le expliqué que el lugar perfecto para una tortuga ninja y crayones eran los bolsillos del pantalón. Él sonrió y me explicó que cualquier bolsillo sirve y que las niñas buenas deberían escuchar y ser obedientes. Esa tarde cenamos pizza sin mamá y me presumió sobre sus bolsillos de adulto. Metió la mano en su pantalón para sobarse entre las piernas, yo le dije que ni a los Motoratones de Marte ni a mí nos interesaban los bolsillos de adulto. A él no le agradó mi respuesta y me mandó a dormir.
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En diciembre mamá recuperó su ánimo. Las festividades la mantuvieron ocupada y en navidad me regaló una bota llena de dulces y mini figuras de acción. Se acordó de lo mucho que amaba los bolsillos y hasta besó mi frente. Luego quedó noqueada por las pastillas y la cidra de celebración. El tío Juan se vistió de Santa Claus y me hizo sacar el regalo de su bolsillo de adulto. Mantuvo mi mano ahí más de lo debido, me incomodó y quise gritar, pero sabía que mamá no se despertaría.
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El día de mi cumpleaños número siete, mamá no se presentó porque le hicieron trabajar doble turno. El tío Juan ya no dormía en su cama sino en la mía. No sé cuánto tiempo pasó después de eso; pero nunca escuché mi nombre, ni el cinturón del tío Juan al abrocharse, ni las llaves de mamá al llegar a casa. El sol me despertó con un golpe de luz y me obligué a dejar la cama para buscar ropa en el armario. No encontré mis ganas de ir a la escuela, pero sí un suéter de la abuela entre mis cosas… Todavía olía igual que ella. Enredé la prenda alrededor de mi cuello y presioné mi nariz fuertemente contra el resto. Pude sentir cómo los bolsillos comenzaron a devorarme. El algodón se me metía a la nariz y a la garganta. Mantuve mis ojos bien cerraditos. El suéter succionaba mi cuerpo, era como un abrazo pendiente de la abuela; mi estómago se sentía calientito, como la sopa de los domingos. Las manos se entumecieron, el resto del cuerpo también. Quise escupir los trozos de algodón, pero seguían entrando y con el poco aire que guardaba recordé la lección de la abuela: no desesperes o te ahogas…
La tensión me abandonó y no necesité respirar más, pero sí más de ese suéter con olor a mar y sabor a arena.
Me hubiera gustado decirle a mamá que cuide de mis tortugas y que nunca le preste mis crayones al tío Juan.