Penitencia: sobre el silencio del coche en el camino de vuelta a casa

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Alpie, Manos a la Letra

Fotografía: Autor desconocido
Escrito por: Darleyn Farfán

Los últimos años comencé a cuestionar con tediosa frecuencia la distancia correcta que debe existir entre mamá y yo para poder relacionarnos. Sin lastimarnos, me refiero.

He de admitir que no sé mucho del amor materno. No más que una que otra teoría de algún psicólogo viejo, o tal vez lo entiendo a través del fragmento analítico de una francesa bien educada. Sé de él por los comerciales emotivos, las canciones de los recitales en la primaria, e incluso me atrevería a mencionar las publicaciones en internet, aquellas de blogs maternos poco conocidos pero muy acertados en experiencias. De cualquier manera, estoy casi segura de que nadie es experto en el amor de una madre, ya que es el tipo de cosa que permanece incierta, solo se da y ya.

La cuestión es: yo siempre estoy confundida.

Confundida porque busco respuestas a situaciones que sé que no las tienen. Pero eso no quita que siempre esté dispuesta a fijar un punto de referencia que me permita entender, aunque sea mínimamente, cosas tan complejas como la relación con mamá.

Hace unos días, por ejemplo, volvíamos de hacer compras y tuve que concentrarme de manera extraordinaria para analizar lo que pasaba en el coche. La radio apagada, detenidas en un semáforo, con el clima encendido, y por el rabillo del ojo alcancé a percibir su rostro alumbrado por la luz roja.

Mamá tenía los labios apretados.

Apretados con mucha fuerza.

Dicen por ahí que una madre conoce a su hijo como si de ella misma se tratase. Cuando el bebé emite un llanto, ella deduce que la criatura está hambrienta, aunque el ruido sea casi exactamente igual que el de otros llantos.

Basta con que el infante demuestre una expresión apenas perceptible por unos cuantos segundos para que la madre note que algo le perturba. El adolescente (un poco más asertivo) solo necesita soltar una frase con un tono distinto al usual y la madre entiende que algo ha sucedido. Ocurre de forma instintiva, como quien por la mañana estructura cada una de sus facciones en el espejo y se reconoce sin problema.

Yo sostengo la idea de que “aprendizaje adquiere el hijo en tanto acción demuestra la madre” y me he percatado de que esta curiosa habilidad es compartida por ambos en una especie de burbuja extraña. Nueves meses de nutrición por un conducto interconectado dan sus frutos, quiero pensar.

Entonces, yo sé que mamá aprieta los labios cuando trata de contener las lágrimas o que guarda silencio cuando ha tenido un mal día y su última reserva de energía la agota en ir por mí al trabajo. También sé cuando está irritada o enojada. Aunque aún me cuesta identificar si es por mí, o porque tal vez perdió las llaves de su camioneta por la mañana.

El enojo de mamá es una emoción un poco más curiosa que las demás porque la percibo en el cuerpo. Similar a cuando alguien con fiebre advierte sus propios síntomas.

El estómago es lo primero que reacciona: se voltea y consigo huye mi habilidad para respirar correctamente. Seguido viene ese cosquilleo familiar que me recorre la espalda y se asienta en la parte baja de mi columna; las piernas comienzan a pesarme, mi sangre se torna hielo a una velocidad impresionante y, como consecuencia, llegan los escalofríos. El corazón me late en la garganta, en ocasiones tan fuerte que me asusta la idea de que ella pueda escucharlo.

Reconozco al miedo como una respuesta fisiológica, innata y predeterminada. Así lo aprendí en la escuela: mi cuerpo, tratando de protegerse a sí mismo, se advierte y se hace muy pequeño. El mecanismo evolutivo más fuerte de supervivencia, que hace miles de años tal vez le permitió a alguien huir de un depredador, sale a la luz repentinamente cuando estoy con mamá.

Irónicamente, mientras escribo todo esto, hay un pico que me pincha justo a un lado del pecho. Una revelación divina que obtuve un miércoles por la noche en el consultorio de mi doctora me permitió llegar a la conclusión de que se trata de la culpa. Una gigantesca y cargada culpa.

Pienso que la razón principal de sentir culpa es que yo siempre entiendo a mamá.

Irremediablemente nací como una de esas miserables personas (y aquí estoy siendo muy dramática) dotadas de sensibilidad y empatía. Empatía. La capacidad de percibir, de comprender, de entender. La tengo desde que mi memoria me permite recordar, es la única forma en que aprendí a navegar la vida. Después entendí que, evidentemente, la sentiría en primera instancia hacia quien me engendró. No sé porqué me sorprende tanto aún, pero es un poco agotador explicar cómo he llegado a lamentarme de ser quien soy. La cosa es que, si alguna mujer está leyendo esto, probablemente entenderá mejor a lo que me refiero a continuación.

Existe un sutil, pero sólido vínculo entre una madre y su hija.

Y no hablo del lazo permanente de progenitora hacia descendencia que por naturaleza poseen todos los miembros de una línea genética. No. Hablo del lazo histórico (y a veces cuestiono si hasta biológico) que envuelve a las mujeres y que atribuyo a una larga [agonía] vida compartida.

Tristemente no sé mucho de temas feministas, al menos no lo suficiente como para sustentar este enredo que intento describir, ¡y cuánto me gustaría! Pero quiero aclarar: estas son solo divagaciones de una mujer joven, quien viene de una larga familia de mujeres que también fueron jóvenes y quizá también divagaban.

De todas formas, pienso en la unión que poseemos entre nosotras como algo etéreo. Como si fuéramos un mismo ente fluctuando entre cuerpos y vidas separadas. Que cuando chocamos es más profecía que coincidencia y nos regresa a un origen compartido.

Sin embargo, el vínculo de madre a  hija es por alguna razón distinto al resto. Más imponente, más terrorífico. Porque, si todas somos lo mismo, entonces la madre percibe a su hija como una extensión de sí misma, destinada y encargada de acompañarla hasta que ella tenga que partir. De ahí que para algunas sea obsequio y para otras, penitencia.

Mi mamá, como cualquiera de nosotras, sometida a un sistema asfixiante, tiene mucho cansancio en sus huesos. El cansancio del peso que cargamos todas por igual y que aun así nunca deja de pesar.

Mi abuela, por ejemplo, era una mujer increíblemente atractiva en su juventud: delgada, blanca y femenina; algunos de estos atributos le permitieron comprometerse a temprana edad, y que para sus veintitantos años ya estuviese embarazada de mi tía. Los halagos y los pretendientes nunca faltaron. La envidia y las críticas entre vecinas tampoco. Toda su vida fue así. Tal vez esta sea la razón de que le importe tanto la apariencia física y de que, cuando mi mamá comenzó a recibir comentarios respecto a su robusto, moreno y velludo cuerpo a los diez años, de su boca nunca saliera defensa alguna.

Y es impresionante el impacto que tienen las acciones de mamá. Pues la niña que la abuela no defendió es ahora una madre soltera que esconde en su casa cremas blanqueadoras y tés purgantes. Como era de esperarse, quien crece entre expectativas y críticas formula su primer pensamiento como una queja hacia la imagen que ve en el espejo.

Pero la niña no sabe que su madre, a sus sesenta y tantos años, aún llora al volver de la iglesia porque otra de las catequistas lució mejor que ella el uniforme en su cuerpo jovial. Tampoco sabe de las peticiones desesperadas a Dios, para que su hija vaya a visitarla más seguido. Lo pide esperanzada pues no sabe que la niña (adulta) aún llora por los comentarios al aire que ella suelta en las cenas navideñas y desconoce la rabia que ha surgido en su corazón.

Nunca se acaba.

Esto me hace recordar que cada tanto me pregunto cómo son las conversaciones entre las madres y sus hijos. Quizás hablan de novias o se platican cómo estuvo su día, tal vez planean una salida, se compran cosas o simplemente se ríen de alguna anécdota divertida, no lo sé.

Mamá y yo hablamos de las dietas nuevas que podemos seguir y de los remedios caseros para perder grasa corporal en tres semanas. Usualmente, cuando me recoge, también charlamos de sus situaciones amorosas (aunque yo solo me limito a escuchar, pues ya no puedo identificar de cuál de todos se está quejando). Otros días solamente hablo yo, le explico una reflexión que hice durante mi clase de Historia y lo interesante que fue el tema que leí. Ella no responde, me parece que tal vez ni siquiera le interesa lo que le estoy contando. Eso me duele un poco pero sigo hablando. Es mejor hablar sola que hacerla de terapeuta con sus quién sabe cuántos pretendientes.

Finalmente, si ninguno de estos temas se da, entonces discutimos. Es lo que mejor solemos hacer. A veces me pregunto si realmente le agrado. Me ama, yo lo sé, pero ¿le agrado? Tal vez se intenta convencer de que sí.

Curiosamente, mi mamá y yo somos mejores amigas (y lo digo en el peor sentido posible). Me refiero a que, si ella ocupa un puesto cercano al mío, si rompe la jerarquía establecida con sus roles y responsabilidades correspondientes, entonces consigo a una persona inestable más, y eso implica haber perdido el único soporte que se supone debe defenderme.

Lo chistoso es que, aun con todo el enojo que me causa escribir las últimas líneas, el pinchazo en el pecho no hace más que aumentar.

¿Por qué?

Porque yo entiendo a mamá.

Y entender a mamá significa que aunque tuve que aprender a valerme sola, yo sé que es porque ella no sabe cómo cuidar de sí misma y no puedo culparla por eso. Entender a mamá implica que, aunque en mis recuerdos predomina el miedo, nunca he sido capaz de reconocerla como el depredador; porque yo sé que ella también creció rodeada de ellos, estuvo asustada y no puedo culparla por eso.

Entender a mamá significa pasar una absurda cantidad de tiempo tratando de descifrar la distancia correcta entre las dos para poder relacionarnos.

Entender a mamá es darse cuenta de que nunca podré juzgarla, porque ella y yo somos lo mismo, yo como una extensión más de su ser. Lo sé por los gritos que he soltado, por las palabras hirientes que han salido de mi boca y por los llantos arrulladores que desbordan críticas y expectativas. Nunca acaba.

Sin embargo, entender no significa perdonar.

Porque si la culpa es fuerte y se me clava en el pecho, la ira es aún más grande; arremete con una fuerza devastadora y amenaza con salir a morder todo aquello que odio (amo) como un perro asustado que lucha por protegerse.

Finalmente, ahora sé que:

Yo entiendo a mamá, pero no la justifico.

Porque si las madres no merecen ser juzgadas, las hijas no merecen ser abandonadas.

[…]

Como sea, da igual, porque el semáforo ya cambió de color.

Enciendo la radio para hacer el silencio del camino de vuelta menos doloroso. Llegamos a la casa y me pregunta si cenaré, yo respondo que no se preocupe, que yo me encargo. Asiente con la cabeza y camina hasta encerrarse en su cuarto. No ceno.

Paso por su puerta y casi puedo escuchar las lágrimas. Trato de ignorarlo y me alisto para dormir. El vínculo penitente se repetirá mañana y yo debo descansar o no podré cargarlo.

No. 24
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