
Fotografía: Mittet & Co.
Escrito por: Esther Lara Abreu
Hay algo en los pueblos que obliga a la gente a quedarse, aun si saben que las oportunidades están afuera. Puede que sea la tranquilidad que producen las calles vacías, esa que tememos no encontrar en otros lados; tal vez es la confianza que nos produce conocer a todo mundo, pues en los pueblos el mundo son aquellos vecinos que conoces a lo largo de la vida; o ese acuerdo tácito de protección y amistad que no se estipula, pero sabemos que existe, como si tuviéramos un sexto sentido dedicado a la preservación del patrimonio familiar.
Sea cual sea el caso, no se trata de un conformismo flojo que nos impide participar en las competencias que llevan a cabo las grandes ciudades, sino más bien la seguridad de que en esas calles habitan los recuerdos de todas las personas que nos conocen desde bebés. Para nosotros son más importantes los yo conozco a tu mamá o la última vez que te vi estabas de este tamaño, que usamos como carta de presentación —y recomendación— al aventurarnos en nuevas oportunidades.
Es por eso que, en los pueblos, el tiempo pasa tan lento: siempre las mismas personas, los mismos trabajos, los mismos dichos. Las mismas familias produciendo niños con los mismos nombres que se vuelven jefes de los mismos pobres. Los mismos partidos políticos, reciclando los mismos candidatos que prometen las mismas cosas. Los mismos prejuicios que no desaparecen, pues son las mismas personas quienes los perpetúan.
Los mismos problemas que existen en el resto del mundo, pues aun si en los pueblos vivimos en una burbuja atemporal, eso no nos ha impedido adoptar las desgracias de las ciudades.
Hay algo en los pueblos que obliga a la gente a quedarse. Tal vez la esperanza de que, algún día, seremos tan importantes como los de afuera.