
The Grand Etang (1892)
Fotografía: Autor desconocido | The National Archives UK | Dominio Público
Escrito por: Rubén Reyes Ramírez
El lagar y el huerto despertaron por un litoral del tiempo en secreto
a la corola humedecida de tus labios,
y columbraron en lo diurno una vastedad de lumbres,
olas y pétalos de adolescencia
que migraron de algún exilio en los párpados, al portal del pecho.
Ahí las nubes acunaron en la hierba un rumor de alondras
junto a la hoguera, bajo la túnica del silencio
que dormía a la sombra en un diván trilce,
lúcida por momentos,
entre las hojas de un olivar de ausencias.
Vertió en el cáliz de tu piel una legión de alas el girasol del aire
diáspora de hermosuras en la arena,
y un dulce río de semillas
por la estepa junto al surco se detuvo a enflorar
en la red de tu mirada
para escanciar con tus manos un manantial de arpegios
que cobijó en su cauda lo ileso de la tarde
tras un arcoíris de molinos claros.
El barro y el rocío germinaron una insurgencia
en el estado de sitio del mundo
por tu regazo abierto en flor estremecida,
con la ardentía de un relámpago tutelar de arrullos
sobre el dolor del limo y los harapos
y las sonrisas mutiladas bajo el filo de una ráfaga,
por la mañana en desamparo.
Es preciso volar, supiste
cuando la epifanía del aliento:
Un preludio de la estela de tu voz aconteció en los Poemas de octubre
por las almenas de un cuaderno florecido
y en los destellos de un Espejo de presagios
compartido a pájaros,
donde el verdor se refractaba a la orilla del estanque
en la intuición de un madrigal de atisbos
por la certeza del amanecer
a salvo.
Bajo texturas de arboleda, en una tierra húmeda
la rapsodia de Abril y el viento fue tu heredad líquida de gaviotas
entre los linderos de un raudal de solsticios
que se derramaron con reflejos de la luna
a cántaros,
en la fuente de un jardín de mariposas.
Ceniza en flor,
el perfume de tu melodía habitó la ribera del crepúsculo
bajo el umbral de un arco en el desvelo;
el vuelo del fulgor de tus pupilas transgredió los límites
por una pleamar profunda en espumar de anhelos
mecida con el violín del eco, en un estuario límpido
donde la llama entre las cumbres, a fondo se apacigua.
en desnudez de ruiseñor en calma.
Astillas de luz en altitud serena
gravitando sobre un erial de palomas en la atmósfera
entre azucenas y jazmines blancos,
nos rozan el sueño con la levedad del agua
por una bruma de alboradas donde la intemperie huérfana,
hogueras en ronda cuando la niebla en la noche
que son astros íntimos repartiéndose,
o en un alba prohibida, rebaño de luciérnagas.
Será porque la rosa de los versos palmo a palmo nos desvela
juntos
en la proa esbelta de la ternura en un navío
mirando al puerto en una isla ausente,
que mi nombre en la longitud, con el ángelus se inscribe
hermano insomne en la penumbra, de tu estrella
o del aura serenada en tu alcántara de lirios
para acudir bajo la lluvia
a la arcilla roturada con la brisa en los olivos de tu huerto.
Ahí podrán jugar a salvo las palabras
por el solar de otra vendimia
con una parvada de pastores y labriegos niños
en la danza de las espigas en lo azul
para celebrar la infinitud el aire
o escampar bajo las hojas de un laurel
descalzas
con un resplandor en la magnitud de la transparencia.