
Montage (couple, sea and sleeping woman)
Fotografía: Morris Huberland |The New York Public Library | Dominio Público
Escrito por: Irving Berlín Villafaña
I
Amanece. Pequeñas hojas verdes,
ranas, saltan bajo el cielo. Los árboles eligen pájaros
para su eterno jolgorio.
Regreso a mí de un insolente viaje,
regreso de no saber a dónde fui, quién me poseyó
ni porque el polvo estira su canción
en mis piernas, a ver si estatuas.
Vuelve mi corazón a reconocer los azules, el pan,
las injusticias
y la risa de dios que me da vueltas. Todo el monte es orégano.
Estás en forma de última gota de arena.
Y no tengo ni una ilusión.
II
Tú eres mi otro.
Una luz que atrae a la sed, falso gemelo.
Ninguna parte para besar. Ninguna lámpara.
Almohada vacía comiendo mis sueños,
eucalipto sin pecho,
escarcha, corcho,
tibieza de nubes que en ningún parque
se detiene.
III
Atitlán
Eres un viaje de ojeras, de idas y venidas;
paisajes inexplicables que no son volcanes ni laderas.
Eres pregunta. Siempre.
Velo impenetrable detrás de quién sabe si flor,
si noche de jazmines
si olores muestran el camino,
eres el misterio y la vida debajo de la falda
y refugio
si tocas una vez, tocaste el mundo.
Y con ese afán, a veces prefiero no tocar.
Aunque sé que el único mundo es el mío.
Nada es de nadie,
más que la sal es del mar. Y tú eres la mujer que mata los insectos.
A los insectos los matas. Al sol lo derrites.
La noche se vuelve líquida en Atitlán.
¿Cómo eres metiéndote en el sol, quién habla mejor,
entre los abetos y cipreses?
¿Las palabras, las cosas, los deseos de ti?
Tomé muchas fotos y cada noche tienes un collar distinto.
Apenas naufragué en tu sombra.
IV
Eres muy grande y bello para mí.
El suspiro más hondo no te toca.
Abro más los ojos,
para ver si entras y me invades y conquistas las verdes colinas
y cansado te duermo
con el escudo de hierro de los vencidos.
y alegre te escalo en la escalera de nubes.
Te oigo como un susurro de años
que canta a quien no soy y sigo esperando.
Tal vez una mañana de éstas
me digas algo que rompa este equipaje sin vestidos.
Eres muy grande y bello para mí,
que apenas soy el tiempo
en minúscula madera.
V
El borracho
Hay que vivir, lavarse los dientes, regar las plantas, vestir
los juncos.
Las muñecas rusas en la cómoda sonríen con la risa
múltiple de las Erinias.
No hay bebida que no purifique los vasos, vacíe los labios
y olvide su contenido.
Hay que vivir, jóvenes en la noche de licores, mujeres
devastadas por sus maridos, hijos sin memoria,
jubilados y poetas.
Hay, sí, que vivir, el amor no es un árbol frondoso
que crece fuera de nosotros.
Es el veneno de tu sangre buscando el epitafio exacto,
el refrán perdido, el recuerdo dulcificado en la mata de naranjos.
Es el precio de tu almohada donde duermes cada segundo
sin nadie. Pero cobija la tibieza de tus sueños.
VI
El tiempo es oro.
Bébetelo despacio, píntate la boca.
Quema el viento y el agua,
y sé aljibe donde sueña el sol.
No lo lleves mojado a los atardeceres,
ve seco para que vuelva a quemar
las copas.
Los anillos, los aretes de la realidad
también lucen con el agua sucia.
Y también de esa vas a beber.
VII
Es la noche. Es el pan:
(las migajas muestran el regalo del tiempo)
Me atoro al salir, llorando,
quizás por mi vocación de nada
o por el despoblado que antes no era una fiesta,
sino la plenitud dispersa.
Hoy salgo al jardín.
Y le doy gracias al agua en todas sus formas.