
Untitled study of a reclining prostitute, seen from behind (1925)
Fotografía: Eugéne Atget | The New York Public Library | Dominio Público
Escrito por: Virginia C. Rodríguez Carrillo
En las narrativas culturales existen diversas configuraciones para representar a las mujeres en clave de peligro. Históricamente, la razón patriarcal ha establecido que las mujeres ocupamos un lugar distinto de lo humano en tanto inferiores del sujeto universal, entiéndase el varón (Amorós, 1991, 2014). En nuestro mundo cultural, tal discursividad tiene como sustrato relevante los modelos mentales derivados de los sistemas de creencias religiosas de origen abrahámico que organizan el mundo sobre la base de una supuesta malignidad o peligrosidad femenina que ha de ser controlada.
Así, razón patriarcal e ideología religiosa se articulan para avanzar una interpretación de lo femenino en el registro valorativo bondad/peligrosidad que se erige en episteme. Cuando la episteme alimenta las representaciones sociales éstas se asimilan en el sentido común y pasan a formar parte de la doxa social sobre lo femenino; por ello vemos aparecer repetidamente dicha valoración en diferentes productos culturales.
Rita Segato explica la dominación sexista desde el concepto de patriarcado. Dice que tal dominación tiene carácter arcaico porque encontramos su expresión —y justificación— en las narraciones míticas de origen de numerosos pueblos. En ellas sucede que una mujer desobedece la ley patriarcal, comete una falta o delito y es castigada por el poder: “narran un acto
de disciplinamiento de la primera mujer por una ley masculina”. En nuestro entorno, tal relato originario está contenido en el Génesis de la Biblia. Se trata del topos o topoi¹ de la mujer desobediente en el arquetipo bíblico de Eva. Eva fue castigada por desobedecer el mandato de Dios —símbolo por antonomasia del poder hegemónico masculino— y, resultó tan grave y desafiante su transgresión, que fue el paso con el que inició el camino de lo humano: “mediante la imposición de un principio patriarcal.” Tal mito encierra una estructura repetida en una gran cantidad de sociedades en el mundo entero; es decir, ese relato en tanto que modelo mental tuvo difusión universal, lo que demuestra su profundidad histórica, señala Segato. Su carácter de constructo de género radica en que requiere de una narrativa para fundamentar las razones de la dominación, ya que si la subordinación femenina resultara de la biología o la naturaleza no le haría falta narrativa alguna para legitimarse y organizarse. El mito de Eva y Adán es a la vez desenlace y resultado de una primera guerra humana que desembocó en la subordinación de la mitad de la humanidad; se trata de “la primera conquista, en la que el cuerpo de las mujeres pasa a ser la primera colonia.” (2019, p. 38).
Aquí revisaré brevemente la elaboración de la peligrosidad femenina con base en el eje desobediencia/castigo/estigma presente en una novela de inicios del siglo XX que ha sido muy popular, tanto, que fue llevada al cine en cuatro ocasiones —resultó ser la primera película del cine sonoro mexicano en 1932— y a la televisión.
Se trata de una representativa novela del naturalismo mexicano, Santa de Federico Gamboa, publicada en 1903. En el relato la desobediencia es ejecutada por una joven que, enamorada de un hombre que está de paso por su pueblo, tiene encuentros sexuales con él a escondidas de su familia. Cuando los hermanos y su madre se enteran, la castigan echándola a la calle. El hombre se ha marchado del lugar y ella queda en el desamparo. El nombre de “Santa” funciona en el relato como oxímoron porque su conducta, transgresora de uno de los mandatos centrales de la razón patriarcal sobre lo femenino, es decir, la castidad, la convierte en su opuesto: Santa se ha hecho puta. La indisciplina de Santa mancha no solo su propia honorabilidad, sino la de toda su familia, por eso su castigo consiste en la expulsión del núcleo familiar.
La pecadora asustada y desorientada busca ayuda a las puertas de una iglesia, pero no se le admite, ello simboliza el rechazo del poder divino. Presa de la desesperación la encuentra doña Elvira, dueña de un burdel quien le ofrece la única oportunidad de sobrevivir que tiene en sus condiciones: el trabajo sexual. Santa pasa así del hogar que la tutela y protege a la casa de citas donde tiene que aprender a ejercer un oficio difícil a la vez que se sobrepone a la maldad y al abuso. Habituada ya al ambiente del sitio, aunque llega a gozar de popularidad y admiración, lleva el estigma impuesto por la sociedad y su familia. El poder patriarcal le permite vivir, incluso la usa a través de los servicios sexuales que otorga a los hombres, pero la limita a un espacio y a una actividad económica que es el sitio más profundo de la denigración femenina en la estructura social vigente. Al morir su madre, los hermanos le prohíben asistir al funeral, signo cruel de la negación de su existencia como persona.
Santa, debido a su belleza y gentileza, es objeto del interés amoroso de un hombre con poder, El Jarameño, torero que encarna la masculinidad hegemónica dispuesta a rescatar a la mujer víctima o en apuros. Él desea formalizar con ella, la lleva a su casa, pero la muchacha estigmatizada nunca podrá regresar al mundo que la desprecia, el texto vuelve a castigarla mediante una serie de incidentes desafortunados que hacen parecer a la vista de El Jarameño que Santa le ha sido infiel por lo que vuelve a ser despreciada y retorna a la vida de burdel.
En el relato existe otro hombre que desea rescatarla y que representa al amor romántico desinteresado capaz de entregarlo todo por la amada, se trata de Hipólito, el pianista ciego del tugurio, imposibilitado de mirar físicamente a Santa, en cambio puede ver la pureza de su alma. Hipólito pobre y con discapacidad, no es un varón hegemónico, pero la actividad laboral de ella está fuera del alcance de sus ojos por lo que consigue idealizarla. Cuando la protagonista enferma, él paga como puede la cirugía con la que intenta salvarla. Sin embargo, para una santa que es puta no hay posibilidad de redención ni de felicidad: su única escapatoria de la vida desgraciada que ha elegido es la muerte.
A fuerza de repetirse, estos relatos culturales como el que contiene la historia de Santa, aunque denuncian la injusticia humana mantienen la vigencia del sistema masculino dominante. El discurso derivado de la razón patriarcal justifica la misoginia y sostiene la desigualdad de género mediante un proceso de simbolización circular que nutre el modelo mental
que dicta la inferioridad moral de las mujeres.
[1] En semiótica equivale al “lugar común” que aparece en el lenguaje a través de símbolos y representaciones recurrentes.
Referencias
Amorós y Puente, Celia.
(1991). Hacia una crítica de la razón patriarcal. Barcelona: Anthropos.
(2014). Salomón no era sabio. Madrid: Editorial Fundamentos.
Gamboa, Federico. (2002). Santa. México: Editorial Cátedra.
Segato, Rita Laura. (2019). “¡Ningún patriarcón hará la revolución! Reflexiones sobre las relaciones entre capitalismo y patriarcado”. En K. Gabbert y M. Lang (eds.) ¿Cómo se sostiene la vida en América Latina? Feminismos y re-existencias en tiempos de oscuridad, (pp.33-49). Quito: Fundación Rosa Luxemburg/ Ediciones Abya-Yala.