
Fotografía: Laura Sánchez
Escrito por: María de Lourdes Pérez Cruz
Vivir una ciudad implica habitarla a través de la rutina, esa que inicia con la productividad y que pausa con el descanso atravesado por la risa, el baile o cualquier otra forma de recreación y disfrute. Los trayectos de la casa al lugar de trabajo, o de vuelta a casa, o al supermercado, o a la casa familiar o la de los amigos, o a los espacios públicos al aire libre o bajo el resguardo amable del aire acondicionado, implican desplazarse a través de las calles reguladas por los ritmos de semáforos, de horarios de la vida social, pero también a través de referencias que nos resultan familiares: un monumento, una fachada, un edificio particular, una esquina conocida. Habitar una ciudad es recorrerla a distintas intensidades, en el automóvil con prisa y apuro porque vamos cortos de tiempo, en el camión compartiendo ruta con otros que también llegan a algún punto, con menos prisa, pero pendientes del paisaje urbano que se muestra por la ventana y que nos avisa de la próxima parada, o caminando sobre la escarpa, observando con detalle todo lo que se escapa cuando estamos en el automóvil o autobús. Nuestro transito va configurando la ciudad y su archivo a través de nuestra mirada, pero también desde nuestra memoria.
Para Astrid Erll (2008; 2011) la memoria cultural está constituida y articulada a partir de varias medialidades y sistemas simbólicos, algunos son más eficaces que otros para dar forma a la imaginación colectiva del pasado. Aun cuando Erll puso su atención en la ficción y en la literatura y cine, dejó en el horizonte la posibilidad de explorar otras formas mediales de la memoria como la arquitectura y la fotografía. La arquitectura en ocasiones presenta algunos retos en su mediación con la memoria, requiere esfuerzos extra para que accedamos a su historia codificada estilísticamente, pero también al pasado social. Los edificios constituyen por sí solos un archivo inconcluso, si no goza de esfuerzos de conservación o de registro patrimonial, esta memoria cultural tangible se apoya de la imagen y así, para fines históricos y de promoción cultural se construyen coordenadas fijas de la ciudad a través de localizaciones puntuales, como en el caso de la ciudad de Mérida, lo son La Casa Montejo, Las Casas Gemelas, La Catedral de San Ildelfonso, El Palacio Cantón, por mencionar algunos. Las imágenes de esos edificios son archivos que se van citando una y otra vez en las fotografías que los turistas comparten a través de sus cuentas personales en plataformas como Instagram o Facebook, con pequeñas variaciones, pero que refuerzan la memoria histórica de la ciudad de Mérida. A esta forma de representarla a través del registro fotográfico lo identifico como la mirada turística de la ciudad.
¿Dónde queda entonces esa ciudad que habitamos cotidianamente? ¿Dónde queda la memoria de esa ciudad con la que crecimos? ¿Cómo el arte, a través de su intersección con los medios y la comunicación nos ofrece otra forma de recordarla? Para fortuna nuestra, estas preguntas encuentran un horizonte de posibilidad en el trabajo de Laura Sánchez, quien se mueve con mucha soltura entre lo visual, lo audiovisual y lo cinematográfico, en ese sentido, su práctica de creación la localizo dentro de lo intermedial. Me parece que esta capacidad de moverse entre los límites de la imagen física, la imagen en movimiento y lo escenográfico, es que su mirada parte de la dirección de arte, lo que le ha permitido a lo largo de toda su carrera a trabajar en el diseño de escenografía, videoarte, dirección artística de mediometrajes, videos musicales, cortometrajes, documentación de video y fotografía hasta la curaduría de objetos únicos y de vestimenta. El trabajo que mejor integra esta capacidad intermedial es su proyecto Una mirada en tres momentos (2005) y Una ciudad entres momentos, revisitada (2020). Estos dos proyectos audiovisuales operan como archivos de la memoria cultural de la ciudad desde su mirada doméstica, es decir, desde la arquitectura cotidiana, esa que está siempre presente en nuestros itinerarios cotidianos.
Con el proyecto de Una ciudad en tres momentos Laura ha conseguido expandir las posibilidades de los documentos audiovisuales del 2005 y del 2020 a través de la cuenta de Instagram con el mismo nombre, ha conseguido que el archivo devele sus historias a partir del recuerdo de quienes habitamos la ciudad. En los documentos audiovisuales, están presentes las referencias al trabajo de fotografía fija y documental, algunas de la secuencias o los cuadros tienen esa capacidad de “escena artística” que se asemeja a una postal fotográfica; y por otra parte, en la cuenta de Instagram, sus postales fotográficas no pierden su capacidad cinematográfica, porque en su encuadre da la impresión de que la pausa para contemplar va a terminar pronto para el siguiente movimiento o el siguiente corte y la siguiente imagen. A Laura le interesa que miremos con atención, y que recordemos la ciudad desde el afecto que se inscribe en las fachadas, en los edificios, en la calle y en la gente que transita por ella. La atención que nos pide a través de sus registros de video o fotografía activan no sólo nuestras biografías, sino que implican un acto de apropiación: reclamamos la ciudad a través del recuerdo.
El tipo de registro que realiza Laura Sánchez no se apoya de la ficción como forma para estructurar la memoria, sino que lo hace a través del registro documental, pero uno que interpela nuestra mirada desde el afecto y nos hace recordar que la ciudad que habitamos está integrada por la arquitectura doméstica, la de las casas donde hemos vivido, la de los parques donde jugamos o nos reunimos a compartir el fresco, y ese centro que no sólo se reduce al turismo, sino al espacio que organiza los modos de vivir el día a día. Puedo reconocer que mis formas de mirar la ciudad han cambiado desde que me acerqué al trabajo de Laura, sin importar si me muevo en automóvil, en el transporte público o sobre las banquetas, presto mayor atención al paisaje urbano, a la arquitectura, a los edificios, a los colores, a las texturas. Uno recupera la ciudad no desde la imaginación, sino desde lo que nos es familiar.
Para esta edición del no. 25, tanto la portada como las imágenes que integran Siluetra, corresponden a “la mirada doméstica” develada por el registro fotográfico que Laura Sánchez realizó en diciembre del 2025 en las instalaciones de la Escuela Modelo. Ir tras las pistas de esta historia a través de la arquitectura y el paisaje interior del edificio, fue posible gracias a Orlando Cámara Moguel, quien nos guió a través de historias, relatos y anécdotas para ir armando este registro fotografico.
Referencias
Erll, Astrid.
2008. «Literature, Film, and the Mediality of Cultural Memory». Pp. 389-98 en Cultural memory studies: an international and interdisciplinary handbook, Media and cultural memory, editado por A. Erll, et al. Berlin: Walter de Gruyter.
2011. «V Media and Memory». Pp. 113-43 en Memory in Culture. London: Palgrave Macmillan UK.