Mejor cerrar la ventana

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Alpie, Texturas del Sentido

Ondrej Supitar

Escrito por: Fernando Vázquez Rosas

 

Todo es mejor cuando se cierra la ventana, no sólo por el hecho de que cerrar la ventana significa un poco de silencio y tranquilidad, sino también de aislamiento: cerrar la puerta al mundo y quedarse con uno u otros según sea el caso. El clima es propicio para vivir entre vocales y consonantes que se juntan para formar mares que inundan el escritorio y se desbordan por las canteras de los dos tomos del Quijote. Cierra la puerta, ya no hay nadie más que él entre estas cuatro paredes provisorias.

Tácito se piensa. Escoger el libro siempre es difícil, no es como si bastara con pasar los dedos por cualquiera de los volúmenes para sentir el pinchazo ensordecedor y saber el nombre de sus próximos desvelos, porque sabe, es desde ahí donde empieza la lucha interna entre autor y lector, ese combate que da como consecuencia el agarrar uno y soltar el otro. La ventana sigue abierta y se escucha a lo lejos los sonidos sordos de un pájaro, mejor no mirar, mejor volver a poner la vista en el libro azul de la izquierda con el título llamativo y las páginas amarillas. Quizá sean esas pequeñas necedades del ser humano el impulso para formular la respuesta ante una pregunta. Lo hojea un poco, algo sobre fábulas y un griego, el día no está para eso; un ayer tal vez estuviera al caso, perfecto con sus nubes nubladas y el aire yendo y viniendo en un eterno vaivén de tempestad, como de lluvia de invierno y olor a tierra mojada. En cambio, el ahora con su pájaro sordo y sus nubes pomposas no dan augurio para disfrutar de fábulas ni compañías, mejor dejarlo. Hay que sentarse un rato para dejar repasar las ideas, pensar tal vez en Mariela… pero pensar poco y tímidamente, cuidar sobre todo de no revivir el recuerdo, de no revivirla, pero es tarde, siempre es tarde. Muchos pretéritos se conjugaron después de esa despedida injusta y las cartas sin posdata, mejor ponerle fin, agarrar el último libro de la izquierda, ese de pasta dura y pasar las páginas como duraznos en los dedos.

El primer capítulo llueve, la trama es algo extraña, pero es un extraño tan propio, que él ni siquiera nota los adjetivos tan azules del texto. Todo pasa así de lindo cuando uno se deja llevar por la simple estética, como intentar leer la escala pentatónica de Do mayor sin ni siquiera conocer la teoría musical. Similar a cuando las voces se cuelan en una fuga de Bach (pero ésta en re menor, no confundirlas), el resultado es algo triste, aunque tal vez “triste” no sea la mejor palabra para denotar tal sentimiento; puede ser, en cambio, la palabra “melancolía” la cual refleje el sentir de esa novela-música de Bach. Ahora sabe, en música la hermenéutica todavía está demasiado joven.

Se decide por encender un cigarro, acompañar las penas con cenizas y olor a nicotina. La voz primera marca el ritmo, el tono y los colores. La segunda comenzará después a una sincronía casi imperceptible por la simbiosis entre esas dos voces; la tercera se unirá con el tiempo, con un color más oscuro pero también más grave. Y eso es lo raro de la música: el lenguaje tan invisible en el que se conjuga. Mueve un poco la cabeza al ritmo de los cuatro cuartos, las letras van ahora adquiriendo ese nuevo ser de corcheas y silencios, casi se ha olvidado del color del cielo y del pájaro sordo que sobrevuela en la ventana buscando refugio de las fermattas.

Sucede de repente que en la esquina inferior de la hoja se encuentra con una mancha negra: presagio de la hecatombe lingüal. Primero intenta ignorarla, pero ese vano intento sólo sirve para reforzar el enfoque en sus pupilas. Cambia la página, pero no, todavía no, ya la música ha desaparecido y las letras vuelven a sus ángulos normales, la mancha sigue ahí en la esquina inferior, a penas visible, pero visible al fin y al cabo. Vuelve la página, y pasa un dedo tratando de quitarla, pero la mancha no cede. Se rasca la cabeza intentando comprender, pasa el dedo una vez más, pero la mancha sigue ahí, ahora quizá más fuerte. Se limpia los ojos, se quita los lentes. Piensa tal vez sea una mala jugada. Corre presuroso al baño continuo, saca un pedazo de pañuelo, procede a mojarlo de tal forma que una mitad esté mojada y la otra seca, así por lo menos asegura ambas probabilidades. Puede ser que el papel amarillo y desgastado resista la fórmula hidrogenada del líquido uniforme, en tal caso la mancha —pesadilla de tintero— cedería al primer contacto, como un juego de niños y paletas, y helados. Cuidadosamente sostiene el pañuelo con tentativa de cirujano, la página viva sufre en agonía negra y grita derramando acentos en sus trescientas vocales verdes y en dos de sus vocales rosas. El contacto sucede tan deprisa que falta mirar de reojo para ver la batalla perdida, la mancha sigue intacta en esa esquina inferior, determinada a ser demonio encerrado entre cuatro paredes y una ventana abierta.

El reloj grita la hora, y a él sólo le queda intentar cambiar la página para borrarse del pecado y del infierno. Su vista encuentra esas otras notas, esas otras letras y números áureos. Sabe que después del infierno hay un segundo paraíso para filósofos y brujas. El aire llega por la ventana, el día ha cambiado de tono y color. Se deja caer en el respaldo y cierra los ojos para pensar en ese tiempo subjetivo y libre que se forma cuando uno cierra la puerta y se aísla del mundo.

Por un momento su cabeza en blanco da vueltas, se conjuga en pasado imperfecto. Uno nunca sabe qué es lo que llevó a cada cosa, pero pronto lo blanco se rasgó, se fermentó entre los pensamientos de saberse vivo, como si esa palabra “vivir” hubiese sucumbido ante la torpeza de un dios mayúsculo que, sin menor cuidado, volteó el tintero, manchando el verbo progenitor de su creación. Tal vez por eso el hombre se levantó de golpe y corrió de nuevo a encontrarse con el libro. Ahí estaba, inmutable como siempre la mancha de fuego, la inombrable, el arsénico consumido, todos y cada uno de los siete pecados capitales.

El pañuelo no sirve, pero poco importa tallar la página otra vez. El día se va ocultando, la mancha no, sigue, existe en ambas realidades. Negar su existencia sería también negarse a sí mismo. Ahora entiende, él es la mancha o cree serlo. Se ríe de su estúpido pensamiento, pero tal vez lo estúpido nunca sea lo suficientemente irracional como para dejar de pensar en ello. Ya se sabe, todos lo saben, mejor sería cerrar la ventana, aislarse también de ese cielo infinito y el pájaro fermatta que se ha atorado ahora en un silencio de dos redondas. La vista está un poco cansada, poco a poco los ojos se cierran, el vano intento de luchar no da resultado. Sueña con la mancha, él es la mancha y la mancha es él. No lo nota pero ahora la mancha también está en sus brazos, en su cuerpo, en esos recuerdos de antaño y de Mariela. Llora un poco y se agita, los recuerdos son un espectáculo de colores opacado por un negro cenizo y freudiano. Mariela y su rostro también se han ido. La mancha es ahora la salida en barca de un infierno, el sol manchado de sangre azteca, las guirnaldas sangrientas de alguna batalla en una tierra lejana. Ya sus recuerdos no existen, todo es ahora ese último espacio en la parte inferior de la página amarilla.

En un intento por despertar de ese sueño oblongo deja caer de su mano el cigarrillo, la nicotina se eleva al cielo, se escapa por la ventana sin dirección alguna. Mientras tanto el tabaco se va consumiendo, su terreno es también el desgastado papel con olor a viejo y vainilla. Las letras van perdiendo su contraposición, su voz de fuga. Ya todo se reduce en una simple comisura de diptongos. Tal vez sea lo mejor, uno nunca sabe. El fuego genera fuego, se contagia como nueva peste bubónica entre cada libro, incluso el azul lleno de fábulas y viejos sabios griegos. Las cortinas son las últimas en contagiarse, el humo hace cada vez más fuerte el respirar y a causa de milagros es precisamente el humo quien despierta al hombre que ahora se halla atrapado. El miedo es lo primero en hacerse presente, después llega la duda e inevitablemente la culpa a ese ser supremo. Dios no tuvo piedad cuando manchó de negro esa página aleatoria de un libro cualquiera. Sabe que es inútil controlarlo, ya la habitación se ha llenado de letras marchitas y calcinadas. Por ahí a la izquierda se ven los que una vez fueron los tomos del buen Hidalgo, y ahora no son más que la vanidad del hombre, de un diablo y de dios. Ya no tiene caso preguntarse frivolidades ni conjugar esperanzas, la puerta es el único escape y casi está afuera cuando de repente sus ojos se posan sobre el papel viejo y casi quemado. Ve la mancha en el suelo, ella es el cancerbero, la llamada parca representada sin forma con un diámetro de exactamente 0.5 cm. Si tan sólo hubiese hecho caso al llanto sordo, la culpa es de Adán por morder la manzana, condenarse a él y condenarse a todos. ¿Qué dirá Mariela? La jodiste, todo pasa por encerrarte entre libros y nicotina. Siempre tuvo razón, la vida así, en silencios redondos, no vale la pena ser vivida.

El pájaro azul ya se ha escapado, sólo queda la idea platónica de su presencia. Se levanta,  da dos pasos tardíos y cierra la ventana, no vaya a ser que un loco cualquiera le grite desde la calle que eso de las manchas en los libros es cosa de poca importancia.

No.19
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