Metamorfósis

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Alpie, Manos a la Letra

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Escrito por: Leonor González

La tarde mojaba al mar con su luz tibia, el viento corría desenfrenado, golpeaba la arena, engendraba olas. Los acantilados cubiertos de musgo ocultaban un mundo en sus entrañas. Yo estaba justamente ahí, en su interior.

Dentro de la cueva las paredes eran blancas y escarchadas, parecían de mármol. Del techo colgaban flores blancas. La cueva guardaba, recelosa, un pedazo de mar. El agua estaba fría; por momentos creía que el cielo se había derretido y estaba ante mí, bañando mis pies.

La esperaba con un poco de impaciencia, temía que se hubiera arrepentido. De pronto el agua sonó tímidamente y ella emergió como un recuerdo.

— Creí que no vendrías— me dijo sorprendida.

— ¿Por qué no? Quería conocerte. Eres muy hermosa –le dije casi arrepintiéndome al instante.

Ella sólo curveó los labios. Me miró con sus ojos obscuros. Tenía la mirada de los niños cuando observan algo nuevo: entre sorpresa y miedo. Su cabello se asemejaba a los tentáculos de las medusas; se movía, tenía vida propia.

— ¿Aquí vives?

— Todo el mar es mi hogar, pero ésta es mi guarida… mi jardín favorito. Cuando quiero aislarme o protegerme recurro a la calidez de estas paredes. ¿No es hermosa?

— Sí, nunca pensé que en el interior de estos acantilados existiera tanta magia. ¿Tú crees en la magia?

— Sí, y no sólo eso, también sé que existe… El mar me lo recuerda todos los días. Hay magia en la arena, en los corales, en las olas. Si no creyera en la magia, estoy segura que sería un pez más.

— ¿Piensas que tu capacidad de creer te diferencia de los demás seres del mar?

— Estoy segura de ello. Dejas de ser un simple pez, al menos para uno mismo, cuando aprecias y te dejas sorprender por los misterios del mar. El agua protege con recelo sus tesoros. Yo me atrevería a decir que el mar lo que menos tiene es agua. Hay en él tantas cosas, tanta magia.

— ¿Y qué cosas resguarda?

Levantó su rostro. Se tocó suavemente los labios, eran carnosos y pequeños. Sus manos cristalinas intentaban sosegar su cabello, un niño travieso.

— Protege volcanes que exhalan estrellas, esconde jardines de atardeceres. Hay templos que se edifican solos y sus mismos dioses terminan por destruirlos, les agota crear seres que terminan por ignorarlos. Lo más hermoso que el océano oculta es La Ciudad del Fuego: es caliente, de luz fulminante, pero en el seno del mar, no puede causar estragos ni destruir pieles. Es una fiera domada.

Su cabello le cubría el rostro, se sumergió para satisfacerlo y es ahí cuando pude apreciar la belleza de su aleta. Parecía que en ella tenía atrapadas nebulosas. De repente la sirena desapareció. Tuve miedo de que no regresara.

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La cueva recobró su luz original (no era fulminante pero tampoco estaba en penumbras), podía ver peces nacarados salir de las piedras cubiertas de sal. El olor a mar y a concha volvió a instalarse en la atmósfera y ella emergió, como si fuera un suspiro del océano.

— Creí que no regresarías.

— Necesito nadar y sentir que el agua me abraza. Mi piel se seca cuando el aire la toca por mucho tiempo.

Sí, porque estaba cubierta de escamas, pequeñas y opacas, pero al fin escamas.

— ¿Hay más seres como tú?, es decir, ¿sirenas?… ¿Hay más sirenas?

Vaciló con la mirada, buscando la respuesta entre las rocas blancas, en  las paredes, en las flores.

— No, soy la única en este mar y supongo que en todos. Sólo nacemos cuando nuestra antecesora muere. Nos formamos de su espuma, de sus escamas, de sus cabellos y, claro, con la luz de la luna. Las aletas nos indican el momento de nuestra muerte: cambian de color; entonces, buscamos un lugar propicio para que otra pueda existir. Llevo en la piel sirenas ancestrales.

— ¿Entonces, estás sola?

— No, aunque depende de la luna, tengo esta cueva que yo misma creé… a veces me agobia la inmensidad del océano. Y, claro, tengo a la luna; todas las noches hablo con ella, es una sirena del aire—ríe para sí misma al mismo tiempo que baja la mirada y su cabello se calma un poco—, también navega en el cielo. Ambas estamos solas, pero no nos sentimos así. Nos hacemos compañía. A veces baja o… ¿lo he soñado?, porque también sueño, no te creas. Entonces la abrazo y me intento fusionar. Le acaricio el rostro, las mejillas, las manos. Después se va, me entristezco pero luego el agua se encarga de limpiarme la tristeza porque, ¿sabes? Te mancha… estar triste te mancha.

— Qué maravilloso. Ojalá a mí me pudiera pasar eso. Porque yo estoy muy sucia. Todos los días aparece una mancha nueva –dije entre risas que sonaban a lágrimas.

— El mar te puede limpiar, no importa que no seas sirena. Déjate cubrir, él oculta muy bien su interior. Francamente, para dejar que el sol te azote, se necesita ser muy tonto. Si yo fuera humana, hace mucho me hubiera refugiado en el mar… –dijo entre risas.

—Bueno, tampoco es tan fácil—le respondí—. Hay humanos que son capaces de soportar el látigo de sol porque tienen razones en las cuales se refugian; pienso que son felices. Pero sé de muchos que estarían encantados de abandonar la tierra. Si tuvieras la oportunidad de ser algo, que no sea sirena, ¿qué te hubiera gustado ser? Los humanos piensan que las sirenas se sienten atraídas por la tierra y que su sueño es tener un par de piernas.

Me mira como si no entendiera mis palabras. Su cabello le cubre la mitad del rostro; ella, con cuidado, lo aparta. Es como si tuviera vida propia, de repente la escucho hablar con él. Lo acaricia, tratando de tranquilizarlo, siempre tan inquieto. Me recuerda a las olas.

— No, nunca me gustaría tener dos así—señala mis piernas—. Si yo cambiara mi aleta, sería por un par de alas. El cielo me recuerda tanto al mar: inmensos, misteriosos, cristalinos, cambiantes. Si pudiera volar, iría a buscar a la luna y a su rostro oculto; coleccionaría todas las estrellas, las nubes y le extraería el color a los atardeceres.

— Pretendes acabar con el cielo—dije en tono de broma.

Ella ríe apenada, sus mejillas no se enrojecen, pero sus ojos brillan más, su cabello se mueve y vuelve a cubrirle la cara. Es muy inquieto.

— ¿Qué harías con todas esas estrellas y colores?—Piensa. Murmura algo a su cabello. Se sumerge e inesperadamente emerge dando un gran salto, toma una flor y comienza a saborearla. Aprecié su cintura definida, sus caderas pueriles y el verde, morado, azul que caprichosamente se mezclaban en su aleta, propiciando a ver en ella distintas formas.

— No sé, crearía un nuevo cielo. Ni la luna ni yo estaríamos solas… por fin estaríamos juntas. Dormiríamos en las estrellas, nos bañaríamos con los colores del atardecer y comeríamos nubes. Pero sólo por un momento. Nunca abandonaría al mar.

Su cabello se inquieta; tranquila, trata de sosegarlo con sus manos de espuma. El movimiento de sus ondas me recuerda al aleteo de un pez asustado; bajo el agua se mira feliz.

— Es muy hermoso—le digo señalando su cabello.

Hace un gesto de cansancio, suspira y baja la mirada.

— Nunca debí comer perlas, eso lo aviva, pero necesitaba alguien con quien jugar; además las perlas y los corales son muy deliciosos, aunque, ya ves, le dan demasiada vitalidad—ríe al mismo tiempo que lo acaricia—. Siempre quiere jugar con el agua, le encanta nadar. A veces me guía, él me dice a dónde ir. No siempre fue así, antes era como la noche: obscuro e inerte. No me arrepiento, es divertido, sobre todo cuando cambia de color. Aquí tiene este tono azul; en el agua, es transparente.

— ¿Puedo tocarlo?

— Sí, pero—titubea y lo observa, hablándole con la mirada—no sé qué consecuencias vaya a tener en ti. Sólo intenta no desear nada mientras lo acaricias, puede sucederte aquello que anhelas… pero no es tan bonito como suena. Tiene sus consecuencias y el proceso para que el deseo se cumpla es doloroso.

— No, no te preocupes, hace mucho que ya no deseo nada. La vida me aburre, me hace ser muy apática. Si no existiera, sería muy feliz—dije entre risas.

Ella sólo ríe, continúa: —Recuerda, no desees nada—dijo con una sonrisa. Su rostro es como el agua.

Acaricié suavemente su cabello, él se movía intentando escapar, la sirena lo tranquilizaba. Cuando intenté peinarlo con mis dedos, logró escabullirse; yo lo tomé con fuerza, procurando no lastimarlo.

La cueva se iluminó, la aparente escarcha centellaba más. El blanco se intensificó y el mar era de un azul brillante. Ya era de noche.

— Tengo que irme. La luz de la cueva lastima mi piel y ciega mis ojos. Si paso más tiempo aquí, corro el riesgo de sufrir una metamorfosis; tal vez en pez, tal vez en agua. No lo sé y no quiero averiguarlo. Me gusta vivir.

Se quedó mirando fijamente mi rostro, se acercó y me acarició la mejilla; yo quedé inmóvil. Rocé sus manos y rápidamente se apartó de mí.

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— Tal vez nunca más nos volvamos a ver, la cueva no siempre estará aquí, no siempre tendrá la misma entrada. Puede que mañana estemos en otro mar, en otra roca. Así es la luna, cambiante.

Agachó la mirada, la luz se intensificaba más y ella quedaba pálida.

— Espera –le dije- esto no te va a quitar mucho tiempo. Tienes razón, nunca más te volveré a ver. Sólo déjame tocar por última vez tu cabello. Es hermoso.

Levantó la vista y sonrió con él. Éste se dejó acariciar, lo peiné suavemente con mis dedos. La sirena se sumergió lentamente.

— Tal vez suceda—me dijo.

Aprecié de nuevo la belleza de su aleta.

A partir de ese día no he dejado de comer conchitas y arena. Mis piernas son cada vez más torpes. Por las noches sueño con el mar. Me he rasgado la piel. Me ahoga el aire.

La luna está postrada en el cielo, con su cara redonda, como una perla. Estoy dirigiéndome hacia el océano. Necesito sumergirme, mi piel se cae y mis pasos son cada vez más pesados…  El deseo se cumplió, estoy a punto de encontrarme nuevamente con la sirena. Esta vez no habrá un adiós.

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