Debajo del puente

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Al Pie, Texturas del Sentido

Iván Loeza - Por La Vida

Fotografía: Iván Loeza
Escrito por: Ulises Mendoza

Vas caminando por la noche y todo esta extinto. Entre la oscuridad inmóvil un señor sentado a la orilla de la banqueta parece un tronco cortado, y en las esquinas las mujeres y los hombres se confunden con teléfonos y postes.

Mimetismo perfecto, el de nosotros en la oscuridad. Pareciera que en realidad somos sombras que aparentan ser cuerpo, ser persona de día y en la noche se confunden con la oscuridad.

Te levantas en medio de la penumbra de tu cuarto por el sonido del despertador. Debe ser de día aunque la luz no entra por la ventana.

Hoy es lunes y hay que empezar la rutina de la semana.

Vas a tientas a prender la luz, y cuando la enciendes no te percatas de tu propio cuerpo, de tus manos que tocan el apagador. Entras medio dormido a la regadera; aunque el agua está fría no la sientes en tu espalda.

No es raro, todos los días pasa igual, y tu cuerpo acostumbrado ya no siente el escalofrío de una gota que hiela los ríos que se forman al lado de tu columna.

Terminaste de bañarte y antes de irte al trabajo desayunas un bolillo con café.

Todo está listo y sales a la calle.

Vives en una pequeña casa sin número, bordeada por enfrente con un puente de la avenida A. López Mateos en Puente de Vigas.

Esa barda interrumpe el sol, el cual nunca entra por tu ventana.

Piensas que te sentirías mejor todos los días si al menos un rayo tocara tu cara al amanecer. Pero no es así.

Caminas por el pequeño pasillo evadiendo postes con la cara baja. En tu cabeza no pasa nada, más que el fastidio de estar aquí otro día.

Todo es siempre igual. Dices entre dientes que si te hubiera tocado otra vida tal vez serías feliz.

El camino al trabajo es agotador: los camiones siempre llenos y tú colgando de la puerta, y no puede faltar la persona de malas que empieza a echar pleito a todo el mundo.

Bajas, el sol está infernal. Maldices. Deseas que estuviera nublado.

Llegas al trabajo y te sientas enfurecido por el calor. Te preparas otro café para mantenerte despierto aun con el calorón. Lees el periódico; siempre igual, un descabezado, las muchachas voluptuosas que nunca podrás tener y noticias aburridas sobre el narco, las tranzas del gobierno y las marchas.

Cierras el periódico y vas al baño. Qué molesto es estarse levantando, y todo por el café.

Trabajas y no sabes qué haces, sólo sigues lo mismo de siempre: teclear y teclear. De vez en vez te metes a internet para ver los chismes de tus amigos en tu página. Ves las fotos de la fiesta del viernes pasado, cómo se divirtieron; todos terminaron ebrios.

Viene tu jefe, haces como que trabajas.

Y el tiempo pasa rápido. Ya hiciste algo de la lista de pendientes interminables que seguro mañana volverá a crecer, ya fuiste a comer lo que encontrarás en los puestos de afuera, ya planeaste la peda para el viernes que viene y ya trataste de nalguear a esa secretaria, a la que siempre sigues para verla cuando se agacha; pero al final de cuentas sólo te imaginas la cachetada que te dará.

Sales del trabajo y te dices que fue un día aburrido.

Cruzas el puente y en eso cae la noche. Ahora está nublado y brizna. Rebuznas.

Tenía que llover.

Pero es igual; nada te gusta, ni el sol, ni el frio, ni despejado, ni lluvioso.

Le haces la parada al camión, pagas y no volteas a ver al chofer. El camión va vacío. Qué suerte. Te quedas dormido…

Despiertas y el camión está detenido justo donde te bajas. Caminas hacia enfrente para bajar y no está el chofer. ¿Pero cómo? si cuando te levantaste se veía una silueta delante del asiento.

Bajas y caminas. Tienes que pasar bajo un puente donde siempre están unos hombres sentados en botes alrededor de una fogata improvisada.

Los ves de lejos y escuchas ladrar a sus perros, te vas acercando con nervios, como siempre. Tienes miedo de que un día te quiten algo y te hagan otra cosa peor.

Cuando pasas a un lado ves que sólo están los botes volteados y la fogata apagada y fría.

Los perros se siguen escuchando pero más adelante. Te sientes apanicado, tu corazón empieza a traicionarte y tu sudor a escurrir.

Decides apresurar el paso para llegar rápido. Ya falta poco.

En el camino te va pasando lo mismo, ves sombras de personas besándose, caminando, tiradas durmiendo en la banqueta; pero cuando llegas nunca hay nadie.

Estás espantado y echas a correr. Te detienes en la entrada del callejón debajo del puente que da a tu casa.

Ves una multitud de sombras fuera de tu hogar. Estás aterrado. Corres cubriéndote los ojos para no ver las sombras.

Al fin estás dentro y te descubres. Ves tu cuarto repleto de velas, sobre la cama hay otra sombra y a su alrededor otras lloran.

Te acercas lentamente y todas se desvanecen.

Alzas la mirada al espejo del lado de la cama y cuando estás apunto de gritar…

Los perros aún se escuchan ladrar sobre la tierra nocturna en donde estás sepultado.

No.20
No. 20
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No.20

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Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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