No es como la Gioconda

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Alpie, Texturas del Sentido

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Fotografía: Guillermo Portillo
Escrito por: Rodrígo Collí

A cada segundo cientos de relojes se quejaban sobre las paredes en un insoportable compás. Comenzaba a incomodarme, sólo quería que me entregaran la dichosa herencia de mi abuelo para que pudiera volver a mi departamento. De pronto, un joven desalineado salió de una habitación, cuyos secretos ocultaba con el recelo de una llave. Me miró, y presentándose con un cordial saludo se disculpó por la tardanza de la entrega: era un cuadro. Un cuadro entre telas blancas que comencé a retirar hasta que él me detuvo, pidiéndome que esperase a estar en privado, con la excusa de que ese tipo de obras se apreciaban mejor a solas. Y aunque extraña, acepté la petición, marchándome del anticuario tras una breve despedida. Era un sujeto poco usual, con una necia sonrisa que mantuvo todo el tiempo.

Una vez en mi departamento, y con el cuadro reposando en el rincón de la sala, me tumbé a descansar en el sofá, pues una importante reunión me esperaba en pocas horas. Sin embargo, aquello bajo las telas aclamaba mi curiosidad, persistente, casi como si me rogara en silencio que lo descubriera. Y así lo hice, encontrando un óleo de fondo davinciano con un lago entre montañas, y a su protagonista sentada en frente: una mujer de cabellos de plata reposando sobre sus hombros, tuerta, cuya cicatriz cruzaba la cuenca vacía hasta unirse con la originada en la comisura de su sutil sonrisa; siendo también desdichado el lado contrario al rostro: la mano izquierda, carente de tres dedos, lucía sólo el pulgar e índice. Y aún con único ojo era como si me siguiera con la mirada.

Me encanté con su juventud y su belleza. Claro, no era la famosa obra que mi abuelo mencionó adquirir antes de enclaustrarse, pero entendí su razón para comprarla. Luego pude dormir tranquilo tras devolverla a su sitio… o al menos hasta que un dulce, pero penetrante aroma, me despertó. Aquel perfume me llevó a la alcoba donde Inés, mi mujer, me sonrió desde el borde de la cama. Al encontrar el verde de su mirada que se llevó mi fuerza, mi voluntad, caí de rodillas envuelto entre sus piernas, aquellas que recorrí con caricias que luego fueron besos. Llegué hasta sus labios, a través del ombligo, quienes me sedujeron con su voz en secreto. Y donde todo fue oscuridad.

Sonó el teléfono. Odioso e inoportuno. El timbre parecía quejarse tal como los relojes del anticuario.

-Los relojes del anticuario, suspiré.

Pero Inés era quien de verdad lo sufría, aferrándome a su pecho como si con ello fuera a silenciarlo, y aunque fue difícil apartarla, llegué al teléfono entre ligeros bamboleos. Ahora su mirada era distinta. Mientras tanto un compañero me reprendía por mi inasistencia al trabajo, siendo el instante en el que quise justificarme cuando un pensamiento me paralizó: en dos meses era el aniversario de la muerte de Inés. Entonces clavé la mirada en la pintura, y lo único que había en ella era el fondo. Me despedí sin razones al oír pasos a mis espaldas. Una mano con dos dedos se posó sobre mi hombro. Me aparté al instante. Nos miramos. Tomó mi mano. Apreté los dientes, y aunque resistí con todas mis fuerzas, caí de nuevo ante ella, vencido por el verde de su mirada y por su voz suplicante. A partir de entonces, cada mañana la claridad se filtraba entre las tablas sobre las ventanas, acariciando nuestros cuerpos en la cama. Pero no. ¡No! Esto no es lo que quería, pero su perfume como sus verdores me seguían a todas partes, dejándome tan cansado que apenas me mantenía despierto. De no ser por un despiste suyo jamás me hubiese hecho del cuchillo de la cocina.

Por fin llegó la noche, aquella en que pude mirarla dormir con el cuchillo entre mis manos, tan cerca de su rostro que mi cuerpo temblaba, tan cerca que tuve que sobreponerme cuando hinqué el acero en su único ojo. Entonces ensombreció la noche con sus alaridos, mientras me buscaba con palmas ciegas. Pintura roja ensució su vestido dejando un pesado rastro por el suelo. Al final logró tomarme del brazo con el que sostenía el cuchillo, siendo tal su fuerza que terminó por someterme, aunque logré hundir con saña mis dedos en su herida para recuperar mi arma. Le corté el cuello, seguía viva. Insistí hasta casi decapitarla. Seguía viva. Insistí. Perforé su corazón, seguía viva. Insistí, hasta apuñalarla lo suficiente para que sus gemidos se ahogaran. Quise salir a la calle pero la puerta estaba cerrada así que intenté con cualquier otra, incluso con las ventanas. Lo mismo. Tampoco pude llamar a nadie pues ella hizo que me deshaga de cualquier cosa con la que pudiera contactar al mundo. Y desesperado, justo cuando grité por ayuda, un dolor punzante tiñó mi pecho, siendo culpa del mismo filo con el que pretendí dar muerte a esa mujer, pero ahora a manos de ella misma. Su cabeza colgaba de un hilo después de que le destrocé el cuello, y pronunciaba mi nombre. Una. Otra vez. Hasta que cerré los ojos sin que sienta y oiga nada más.

Desperté en mi cama junto a una sonrisa. Junto a dos verdores, con el pecho adolorido.

Luego fue sólo la sonrisa. Un par de abismos. La caricia de una mano.

Dos dedos sobre mi rostro. Y contradije al abuelo.

No es como la Gioconda.

No.20
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Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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