El pez dorado

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Alpie, Texturas del Sentido

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Fotografía: Jeremy Cai
Escrito por: Jonatán Delgado Martínez

“Cómo hacerte entender que todos vivimos con fantasmas, y el que no los tiene, es porque ya está muerto”. – José Castillo Baeza

El pez dorado comenzaba a nadar verticalmente, panza arriba, de izquierda a derecha y volviendo bruscamente a su posición natural. Las burbujas del aireador empujaban el agua beneficiando su juego. Las plantas de plástico a su alrededor también servían como cama y lo dejaban descansar sólo un par de segundos antes de que sus terminaciones nerviosas lo obligaran a seguir dando vueltas en un espacio reducido de la pecera. En sus branquias se notaba como, con dificultad, extraía el preciado oxigeno de entre las partículas de agua. Los demás peces no parecían percatarse de que a su lado, justo frente a sus escamas doradas, otro pez estaba muriendo.

Viajé de improviso a mi pueblo natal un martes después de recibir la desesperada llamada de mi madre. Con voz entrecortada y apenas reconocible me explicó que mi abuela había recaído y que está vez pensaban que no la iba a librar. Me pedía que la acompañara en la agonía comunal que rodea a una familia en vísperas de un fallecimiento.

No quería ir, claro que no; la última vez el doctor prometió que se nos iba a morir en cuestión de segundos y que era mejor que nos despidiéramos ya. Todos pasamos por turnos a decirle adiós y a arrepentirnos por cosas que dijimos o que no hicimos. Después de tres semanas nos dimos cuenta de que ella no se iría en ese momento y un ambiente incomodo rodeó la casa los días siguientes. Suerte para mí es que tenía que regresar a la ciudad con excusa de la escuela y me pude escapar de aquel inhóspito ambiente que empezó a respirarse en la casa. ¿Y qué si ahora es lo mismo? ¿Qué si voy nuevamente a ver un cadáver y me encuentro con que la medicina moderna en verdad da resultado? Sea como sea no pude encontrar escusa que contrarrestara la necedad de mi madre, así que  arreglé papeles de la escuela, dejé encargado al perro con la vecina y guardé poca ropa en una pequeña maleta que ya comenzaba a roerse en las esquinas.

La boca del pez se abría y cerraba lentamente. Era un acto violento reproducido en cámara lenta.  Sus ojos sin parpados se volvían más grises a la par que la boca se cerraba y se abría, cerraba y abría… La cascada lo empujaba hacía la grava, otro pez lo roza, éste no siente nada, sólo se apoya en una esquina de la pecera. Retoza verticalmente entre los dos cristales, esperando.

Llegué de noche al pueblo que me vio crecer. Recordé los días en que no había tantas tiendas de autoservicio y sí más lugares baldíos en los que mis amigos y yo nos escondíamos después de tirar bombitas a los pocos autos que rodaban por aquellas calles. Esos lotes fueron nuestro refugio y patio de juegos, posteriormente serían nuestro escondite donde aprendimos a fumar y a tomar, “diversión de grandes”. Hoy ya no están, se desvanecieron en el progreso.

Tomé un taxi, de los nuevos, y me fui directo a mi antigua casa. El cúmulo de autos estacionados fuera de la residencia me dio a entender que quizás algo en realidad si estaba pasando. Tomé valor antes de entrar, aún me da pena confesar que estuve quince minutos parado fuera de mi vieja casa antes de que decidiera entrar. Esto sólo porque uno de mis tíos se percató de mi presencia y fue a abrirme la puerta, de otro modo no estoy seguro de cuánto tiempo hubiese tardado en acceder a la casona de la calle 16.

A pesar de los abrazos, las risas y los bocadillos mal preparados, se notaba un ambiente no de tristeza, sino de tensión en el aire. Cada uno lavaba sus penas en la miseria del otro y así se generaba un equilibrio temporal que no tardaría en ceder.

Mi madre me recibió con los brazos abiertos y rápidamente me puso al tanto sobre la salud de la enferma. Me contó cómo se había visto más débil, de los constantes escalofríos, la dificultad y…

-Lo siento – dijo uno de mis tíos que accidentalmente había tirado una taza de la mesa.

Mi madre apresuradamente fue a buscar una escoba. El silencio generado por la caída creó una membrana tangible. Todos se miraron los unos a los otros y comprendieron porque estaban allí.

-Nunca llamas – dijo en suspiros la mujer recostada en la cama.

-Perdón

-No necesito excusas, ahora todo mundo viene a decirme excusas, a disculparse, a tenerme lástima…

-Yo no la tengo y lo sabes, mucho tiempo esperaba verte así y nunca pasó. ¿comprendes que no es odio o rencor? Siempre fuiste buena, pero fuiste una costumbre, una carga. Tú y yo fuimos los únicos… – pausé lo que estaba por decir.

-¿Es que sigues escapando? Sabes que no…

-¿Qué no fue mi culpa? – interrumpí – Lo sé, conozco el sermón, lo has repetido una y otra vez, no para convencerme, sino para convencerte a ti.

El perla negra, el famoso barco pirata naufragado en las profundidades de

un rectángulo de vidrio, aparentemente serviría como la última morada del pez. Fue a esconderse en uno de los orificios del casco inferior a la proa. Los esqueletos de yeso rodeaban el barco, parecían abrazarlo con fervor y deseo. Uno, menos discreto, estaba tirado sobre el cofre lleno de joyas, celosamente custodiando su tesoro.

Dos días habían pasado desde mi llegada y la tensión era cada vez más pesada en la casa; discutían sobre quién se quedaría con qué, quién le había robado a quién, la mala crianza que había contribuido al suicidio de un primo hace unos años. Nadie habló de la muerte de mi padre, era un tema tabú en la casa.

Aproveché para escapar un rato. Fui a caminar por las viejas calles y a sentarme en la fuente con forma de manatí. Antes de finalizar la tarde pasé por la esquina donde una pequeña cruz se pavonea. Sin veladora, despintada y sin flores, se nota que mi abuela ha estado enferma. Contemplé la escena una y otra vez en mi cabeza.

-Perdón – dije a la tumba. – ¿Qué le dolió más a la familia, perderte a ti o al flamante coche nuevo? – pregunté al viento. Sabía que era una pregunta estúpida.

Cuando regresé a la casa había sucedido. Mis tías lloraban sin consuelo y grupos enteros de familias ya empezaban a marcharse, ya no había necesidad de fingir, al menos no ahora, hay que guardar las apariencias hasta el funeral.

Mi madre se me acercó llorando

-Preguntó por ti antes de irse – apenas alcancé a distinguir las palabras que salían de su boca.

En la pecera el pez ya flotaba boca arriba. Había que sacarlo antes de que los demás peces se percataran de ya estaba muerto y comenzaran a devorarlo. Dejé de observarlo flotar y fui a buscar la red de tela. Lo tiré al escusado y sin pensarlo de más jalé la palanca. El pez fue consumido por la vorágine de agua hasta que su pequeño cuerpo desapareció por el orificio que conduce a la tubería. En ése momento mi espíritu se quebró. Todos los involucrados en el accidente se habían ido menos yo. Rompí a llorar y por primera vez en mucho tiempo sentí realmente algo: yo no había muerto y el pez ya se había ido.

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