Sobre el improbable mundo de las revistas literarias

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No. Conmemorativo

Ilustración: Javier Alamilla Córdoba
Escrito por: Katia Rejón

Si la literatura es reflejo de lo que vivimos, entonces las revistas o suplementos literarios son el registro histórico de una época. Así se justifica para acceder a becas, recaudar fondos, buscar patrocinadores. Para mostrarle al mundo que eso que no nos deja dormir -escribir es el mejor reflejo del sonámbulo- es además de todo, útil.

Hace muchos años, bueno, no tantos, existían dos revistas a principios de los noventa. Vórtice y Camaleón fueron las primeras revistas independientes que surgieron en Mérida. En términos generales ninguna tuvo un alcance mayor a los 40 ejemplares y tenían un formato que hoy podríamos llamar fanzine. En el caso de Vórtice, editada por los artistas Gildo González y Óscar Ortíz se reparte entre los colaboradores y a veces sobran uno o dos ejemplares -sí, sigue existiendo, el último número se publicó el año pasado. Camaleón publicó 18 números, recibió el premio del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y después desapareció.

Quien tenga una colección de ambas revistas, alberga un tesoro de la producción literaria y visual a finales del siglo XX en la ciudad. En ellas aparecen los primeros cuentos de Carlos Martín Briceño y Carolina Luna, los primeros dibujos de Gabriel Ramírez y Socorro Chablé, por ejemplo.

Lo cierto es que para algunos las razones arqueológico-literarias no son el motivo para embarcarse en una publicación.

Cuando aprendí a leer, leía revistas en el salón de belleza, la sala de espera de los hospitales o la fila del súper. Probablemente leí más de cien revistas antes de encontrar una revista literaria, porque es un espécimen en peligro de extinción y no por su depredación excesiva, sino porque se le van acabando los recursos vitales para vivir.

El primer recurso vital que se me ocurre es la empatía. Es un error pensar que las revistas literarias son sólo para mostrar las producciones de los próximos genios de las letras, que están hechas para vanidad de los artistas. Su fin debería ser el de construir puentes entre el lector y una idea escrita, hacer que el autor y el lector sean cómplices, que se contradigan, que se entiendan y convivan.

Pero son muy pocos los que quieren ser oídos y contrariados. O viven de monólogos, de piedras que tiran al aire o permanecen en una visión unilateral de las cosas, arraigados a una opinión que es la suya. Entonces ya pocos escriben y si escriben es para tener razón. Y menos son los que leen para discutir consigo mismos.  

En Mérida ha habido revistas con propuestas frescas, profesionales y completas que no pudieron sostenerse sólo de lectores especializados -que suelen ser los mismos artistas- en temas de cultura, arte y literatura. Una de las últimas revistas con este perfil fue Origama que salió de la peninsularidad y obtuvo el apoyo para revistas independientes Edmundo Valadés tres años hasta 2014. Era un canal imprescindible para comprender lo que estaban realizando los artistas actuales y sin embargo tampoco tuvo un alcance notorio fuera de los circuitos artísticos.  

También estuvo Soma en versión impresa durante el 2009, y la revista tenía publicidad de escuelas de teatro, del entonces Instituto de Cultura de Yucatán (hoy Sedeculta), pero también de restaurantes, eventos del Ayuntamiento e incluso hospitales. Desconozco las razones por las cuales se dejó de imprimir, pero en mi cabeza las adivino. Los fracasos anteriores parecen no ser suficientes para los que -contra todo pronóstico- decidimos apostar por las revistas literarias. Soñamos con ser un Tierra Adentro con diseño de Picnic, tener las firmas de Letras Libres, los lectores de Muy Interesante y el marketing de Algarabía.

No crean que no he pensado antes para qué existimos. Qué ganamos con perseguir mensualmente a los colaboradores que entregan tarde un texto, una ilustración con un formato diferente, qué de bueno hay en pasar dos semanas enteras tomando café, vía intravenosa para acabar el diseño editorial o las correcciones. Luego para que te lean los de siempre. O nadie. O para que se molesten porque no dijiste lo que tenías que decir.

El formato de revista digital ha venido a aligerar los costos pero no el trabajo. Hace poco me reuní con los representantes de otras revistas digitales de cultura y arte en Mérida: Somos violetas, una revista de feminismo; Marcapiel, de literatura; Eclosión cultural y Underdog, ambas de cultura urbana; y Chinampass que también escribe sobre cultura y arte.  Con los tiempos y recursos que tenemos, coincidimos en que es una labor improbable y testaruda. No es el camino al éxito de ningún emprendedor, pero tampoco es un proyecto que guardemos en el cajón e ignoremos. Es algo así como el corazón delator palpitando en nuestra conciencia, hasta que decimos ¡bueno, ya lo voy a hacer! porque no hay nadie que hable de esto, y yo quiero decirlo; porque me gusta lo que está haciendo zutano y quiero mostrarlo; porque hay huecos que rellenar, ideas que discutir y trabajo que difundir.       

Porque si fracasamos hoy, a lo mejor alguien que nos leyó ayer, nos relevará mañana.  

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