Pesadilla

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Alpie, Texturas del Sentido
Al Pie de la LetrMARIO GUILLEN

Twelve feet deep

Ilustración por: Mario Guillén Ordoñez
Escrito por: Áurea Paola Gutiérrez González 

Anoche tuve un mal sueño. Algo entraba en mi casa. Me perseguía, pero no vislumbraba lo que era. Solamente vi huellas húmedas, acompañadas de rasguños que entraban en la casa. Pero sólo fue eso: una tonta pesadilla, nada de qué preocuparse.

El sol llegó y la noche se quedó atrás con el miedo y el sudor frío. Logré arrancarme las sábanas de encima para enfrentarme a otro rutinario día de trabajo. Es curioso cómo en los tiempos muertos uno piensa en sus peores pesadillas para quitarles credibilidad: cuando conduces en el tráfico y recuerdas el sonido de rasguños; cuando haces fila en la cafetería y piensas en la oscuridad al otro lado de la puerta abierta; cuando comes en soledad y casi puedes ver los ojos amarillos en los rincones, acechando. Pero no son nada, sólo vagas ilusiones y recuerdos de un alterado subconsciente. Quizás debería dejar de comer azúcar antes de dormir.

Lo peor es regresar a casa cuando el sol se esconde y descubres que el miedo sigue ahí, que en el sitio donde deberías sentirte a salvo, es donde estás más aterrada. Pensar que al abrir la puerta encontrarás el escenario de tus pesadillas, aunque sepas que en el fondo es una tontería.

“Debes ser valiente”, me dije, “ya no eres una niña”. Reuní algo de coraje y giré la llave en la cerradura, pero esta vez no fue un consuelo escuchar el familiar chirrido de la puerta. Esta vez me sentí sola, indefensa.

Me pareció ver huellas mojadas de algún animal en la entrada, pero desaparecieron luego de tallarme los ojos. El miedo estaba haciendo que viera cosas, qué tonta. Me serví un vaso de coca-cola. Lo tiré en el fregadero de inmediato al recordar que no debía tomar azúcar antes de dormir. En su lugar, tomé un vaso de agua fría que me heló hasta las ideas.

¿Qué había sido ese sonido? Seguro no eran garras en el piso de arriba, probablemente era un gato jugando en el techo. Si, seguro eso era.

Miré, por las escaleras, la oscuridad que me esperaba en el piso de arriba. Decidí quedarme a ver la tele en la sala. Y prender todas las luces. ¿Quién me criticaría por ser cobarde en mi propia casa? Las voces y el ruido fueron un alivio para el silencio expectante, risas falsas y música artificial. El sillón se amoldó enseguida a mi cuerpo acostado y bostecé a la espera del elusivo sueño.

Una sombra negra pasó fugazmente a un lado del sillón. Pude verla casi al final. Tragué saliva y me encogí en el sillón. Era una sombra más grande de lo que había imaginado. “No es nada” me repetí varias veces como un mantra, seguramente algo habría pasado frente a la ventana creando la sombra. Seguramente. Sabía que dudaba de mis propios argumentos.

Las luces estaban encendidas; nada malo pasaría. Pero, de repente, se apagaron; la tele también. No había ninguna luz en toda la casa ni del otro lado de la ventana, ni siquiera había luna esa noche. Solo quedábamos la oscuridad y yo… y el ruido de las uñas rasguñando el piso.

Me quedé inmóvil, viendo el lugar donde había visto la sombra. La oscuridad era la misma ahí que en cualquier otro lado, no había nada. Un latido, dos latidos. Pasaron cinco minutos que parecieron media hora y todo seguía negro y silencioso. Seguro era mi imaginación la que me hacía escuchar y ver cosas, como esos ojos amarillos en la entrada, fijos en mí como los míos en ellos. No podía ser real esa figura negra con forma de un enorme perro.

Cerré los ojos con fuerza, esperando escuchar los rasguños, un gruñido, sentir un aliento hediondo en mi cara, pero nada pasó. Abrí un ojo. Todo negro, no había nada. Abrí el otro. Ya no estaba el perro. Estaba a salvo. Todo había sido una ilusión.

Suspiré y miré a la ventana… ahí estaban los ojos amarillos que se movieron como relámpago para aparecer frente al sillón con un gruñido. La boca roja como la sangre, saliva que goteaba y colmillos fueron lo último que vi antes de que se cerraran alrededor de mi cara.

Sólo sé que desperté gritando, otra vez.

 

No. 22
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