Cambio

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Alpie, Texturas del Sentido

Textiles-Building-Fire- Scorched interior (1935-1945)

Fotografía: Manuscripts and Archives Division | The New York Public Library | Dominio Público
Escrito por: Guillermo Espíndola Bautista

Los antecedentes que dieron tus padres y abuelos de la catástrofe no los consideraste reales dentro de tu existencia. El eclipse, la traición y el cometa eran las historias previas que acabarían con tu generación. Creciste con historias abstractas y teológicas que no respondían tus dudas sobre la creación. Fuiste parte del semen derramado en la tierra por el dios que en algún momento abandonó a su pueblo. Tu juventud no tuvo la suficiente experiencia ante las preguntas que formulabas a los sabios. Nadie sabía nada.

Dentro del calendario existía una fecha que nadie explicaba cabalmente. Pasaban los días y se acercaba uno importante para ti; Era el momento que dejarías de ser un puberto insípido y te convertirías en el hombre que tu madre anhelaba. El orgullo familiar necesitaba ser revitalizado ante la sociedad local; tal vez ávida y morbosa de tu sufrimiento.

La prueba la superaste en trance cuando el curandero local te drogó para soportar el dolor. Tu madre orgullosa y sentimental, como las madres de todos los tiempos, te abrazó y lloró de orgullo por tener un hijo hombre. El orgullo aparece en tu entorno.

Con las celebraciones propias y posteriores a tu prueba, conociste a una mujer a la que cortejaste. Te acepté gustosa como futuro marido; pero a pesar de que ambos ya estaban comprometidos, no se unirían hasta que los padres de los dos decidieran la fecha.

Varios días después, en la más absurda tranquilidad nocturna de la ciudad, buscas a tu futura mujer. La encontraste en su casa durmiendo; la despertaste y ella sorprendida por tu visita se alegró y ayudó ir contigo a adelantar el tiempo que les habían marcado socialmente para romper la barrera física, la sexual. En las hierbas probaron las fragancias nocturnas, olores de amantes. Al amanecer entre las flores le llevaste la más cercana, una flor local; ella despertó maravillada por el gesto y te besó la frente en agradecimiento. Se enlazaron nuevamente en las costumbres adultas.

Ella se perdió en la espesura de la maleza con la intención de que la persiguieras e hicieran ese juego de pareja y persecución. Reían estrepitosamente, les divertía el hecho de andar desnudos, como si toda la ciudad allá, medianamente lejana los viera.

Cuando la buscabas escuchaste un tronido que rompió el aire. No sabías que era y la piel se te erizó de verdadero miedo al contemplar figuras extrañas, distintas a las usuales. Era un monstruo animal y hombre al mismo tiempo. El hombre similar al sol portaba los metales que vencerían a tu pueblo. Tu hermosa y morena mujer estaba en brazos de otro monstruo humano. El miedo te paralizó. Viste un contingente de monstruos gigantescos y con cuatro patas que avanzaban mezclados con los hombres soles. Se dirigían a la ciudad que estaba en medio del agua.

Uno de los hombres monstruo, pesadilla profunda del lugar de los muertos te vio, le gritaste espantado pero él no comprendió tu idioma y tú tampoco entendiste lo que decía. Te dejó ahí en las hierbas para que presenciaras su avance. El contingente entró a la ciudad e inmediatamente la incendió; viste como cada uno de los templos era violado en un sacrilegio que los invasores no entendían. El viento traía los gritos de tu gente.

Entonces, el lago azul y maravilloso se tornó rojo, te desmayaste de la sorpresa y de la incomprensión plena de lo que ocurría en tu ciudad. Fue en esa inconsciencia involuntaria cuando el eclipse, la traición y el cometa se entrelazaban como las señales de una vida que para ti desde entonces cambiaría. La cosmogonía local, a la que siempre ignoraste, abrió sus fauces para ser derrotada por una teología distinta e incomprensible para ti, todo resumido en un hombre que multiplicaba el pan y dormía en una cruz.

Cuando te recuperaste no estabas en las hierbas de los amantes, te encontrabas en la ciudad bañada en rojo; con tu gente. Los hombres soles les hablaban en palabras incomprensibles; pero en esas palabras extranjeras te avisaban que irías en un cargamento a latitudes que jamás imaginaste que existirían. Te llevaron a ti y a unos cuantos a la península que fue asesina y nueva reina de tu gente. Te exhibieron ante personas extrañas y ataviadas con ropas ridículas. Eras la prueba. Un viaje de aventura y la consecuencia de la rebeldía de un hombre sol que quemó sus naves al llegar a tus tierras. Un moreno como ejemplo real de que existían tierras más allá de donde el sol es tragado por el mar.

Permanecerías por siempre en la península que lo originó todo; sin saber que tu gente y tu mujer estaban obligados a sincretizarse con los hombres soles. Jamás regresaría a la ciudad lacustre.

 

No. 25
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