
Ocena Surf (1900-1910)
Fotografía: Autor desconocido | Library of Congress | Dominio Público.
Escrito por: Emma Kuyoc Altamira
El mar se esconde en la ventana de la estancia. Sólo que pocos se asoman.
Tienen miedo de que el sonido del agua corte de tajo la cotidianidad.
A nosotras nunca nos importó.
Porque sabíamos que un paso afuera de la casa significaba volverse parte de la playa.
Aceptar que las piernas desnudas se convierten en granos de arena y que el sol traza con su luz sombras de nuestro cuerpo.
Todavía recuerdo cuando nos sentábamos debajo de las palmeras para comer pescado frito y beber agua de coco. Nunca faltaban tus historias sobre los animales marinos ni tampoco sobre el dios que creó al hombre a su imagen y semejanza. Cuando te preguntaba cómo era ese dios primigenio, sólo sonreías. La respuesta siempre fue el silencio. Pero ahora que te veo de nuevo, abuela, estoy segura de que es parecido al mar.
En las noches, te levantabas de tu hamaca para salir a caminar y yo sólo seguía las huellas de tus pies descalzos. Siempre te encontraba en el mismo lugar, en la misma roca, junto a las lapas. Me acuerdo de tus conversaciones con el océano.
Tus palabras flotaban sobre el agua.
Aquí estoy.
La brisa traía de vuelta murmullos,
Ella no, sólo yo.
respuestas.
Dame un poco más de tiempo.
Lo prometo.
Algún día estaré…
Pero yo nunca las pude terminar de escuchar. Me dormía en tus brazos.
Estuvimos juntas seis años hasta que una tarde dos extraños, quienes decían llamarse papá y mamá, irrumpieron en nuestra vida. Al verlos, supe cómo eran los rostros de quienes, durante mucho tiempo, sólo había visto en fotografías e hice garabatos con una ramita de madera en la orilla. Nunca podré olvidar cuando te dijeron que ya no era necesario que me cuidaras, que habían conseguido un trabajo y una casa fija en la ciudad. Me escondí detrás del desayunador de mármol de la cocina y recé,
inútilmente,
para que no me llevaran
lejos
de nuestro santuario azul.
Nuestro adiós se selló con una caracola. Cada vez que la pegaba a mi oreja, te sentía cerca, como si nunca me hubiera ido de tu lado. Pasó el tiempo y la ciudad vertió en mí su niebla de cansancio y trabajo. Dejé de visitarte y lo único que nos mantenía unidas eran nuestras pláticas por teléfono. Cuando cumplí veinte años me llamaste. Sólo que ese día tu voz clara de mar se había vuelto temblorosa y melancólica. Me explicaste que no podías dormir en las noches. Soñabas que te convertías en una caracola de mar. Que tu cuerpo dejaba de ser tu cuerpo. Que tu espalda se alargó y dio vueltas en espiral. Que tus huesos se curvaron, pero no sentiste dolor. Todo tu ser había cedido a esa extraña metamorfosis y tenías miedo de que no nos volviéramos a ver. Me duele pensar en que no te creí ni tampoco mis padres cuando les conté todo. Qué ingenua fui al creer que los sueños son sólo eso. Pero ahora sé que no podemos evitar que se desborden y floten hacia la superficie.
Luego de esa llamada ya no hubo otra. Nos preocupó tu ausencia repentina y viajamos hasta la costa. Mis padres te buscaron en cada rincón de la casa, le preguntaron a vecinos y pobladores sobre ti. La policía hizo averiguaciones, pero no logró hallarte, así que cerraron el caso alegando a un posible ahogamiento dentro del océano a causa de la fragilidad de tu cordura. Pero nada de eso era cierto. Yo sí te reconocí. Siempre estás aquí, reposando en esta orilla junto a las conchas. Durmiendo en una espiral de sueños.
Veo cómo las gaviotas vuelan con sus alas de tristeza y la luz de la mañana se posa en el regazo del mar. Dentro de ese azul, todo vive y todo muere. Hace visibles los recuerdos. Se mueven como peces. Intento atraparlos, pero se van a algún lugar que no puedo alcanzar. Meto mi mano en el bolsillo de mi pantalón y saco una carta. La sumerjo en el océano y la suelto, esperando a que te transmita lo que no te pude decir. Doy vuelta y me acerco a ti. Cierro los ojos. Imagino que las olas regresan las palabras. Llegan en forma de espuma, se convierten en viento y luego se filtran dentro de tu cuerpo de caracola. Acerco mi oído y te escucho.