
Scene from the motion picture Woman in the Moon (1929)
Fotografía por: Billy Rose Theatre Division| The New York Public Library | Dominio Público
Escrito por: María José Bisogno
Sábado 30 de agosto de 2022
Desde el no-lugar
Ana:
No he podido escribirte con la misma frecuencia que el flujo cotidiano me lleva hacia ti. Tuve un sueño que por razones desconocidas recuerdo cada vez que pongo mi cabeza sobre la almohada. No sé qué significa, pero te lo cuento. En esa atmósfera donde estabas tú y yo presenciando cada acto, había unas manos, cálidas, que sujetaban un anillo. Esas manos tibias bajo el fregadero se lavaban de forma indefinida. Parecía que nunca iban a abandonar esa práctica artesanal y cuidadosa. Yo sabía que eran tuyas y por eso me invadía una ternura inacabable, aunque era muy confuso ver que no dejaban de limpiarse. Pasaron tres días y tus manos permanecían igual.
He llorado inconsolablemente al despertarme. No he podido detenerte. Con distintas voces te llamé, incluso me atreví a decirte que tal vez lo hacías para lastimarme. Y no debí, lo sé. A ratos regresé con un vaso en la mano para que el agua no perforara tus palmas. Era inútil. Desde aquel pozo existencial me miraste:
—Esta es la muerte que he elegido y no podrás hacer nada.
He pensado a partir de esto que la muerte no es nada. No se reduce a un acto, a la última estación de la vida; es más bien una idea. Y cada quien asume esa fantasía desde su miedo más profundo. Es otra manera de tomar un camino hacia la pausa. Quizá te rías un poco de mi infantilismo, pero yo he muerto desde que aprendí a escuchar mi voz. Y me da miedo. Huyo. Todo el tiempo. He llegado a sospechar que no soy nada y también soy esa piedrita que no se mueve en el jardín o la terracería. Que llevará cuatro o cinco siglos en el estatismo.
Ana, tú no lo puedes recordar, pero la última noche que nos besamos, casi a punto de que cayeras dormida, hablamos de la muerte. Y me dijiste: ¿cuántas voces soy, ¿cuántas voces me conforman? Hay unas que todavía desconozco.
Después de aquella madrugada en que nos arropamos con nuestro calor, no he podido cerrar los ojos tranquilamente. ¿A qué apuntaba todo esto? ¿Qué querías decir?
En ocasiones imagino (¿o nos recuerdo?) que para decirte algo importante yo escribía en pequeños papelitos palabras clave de lo que quería comunicarte. Y tú lo entendías como si hubieras sido tú la de la idea o la inquietud. No he conocido a alguien tan cercano. ¿Cómo sucedió?
En un principio no te situé en un lugar relevante, ni siquiera banal. Sin embargo, poco a poco fuiste incidiendo. Te volviste el lenguaje en el que traduzco mi vida. Eso me pone en un estado que ni yo misma puedo expresar. No podría admitirlo.
Alguna vez quise revelarte un poco de esta sensación. Estábamos tomando leche, lo recuerdo, yo por acompañarte, porque en realidad sabes que no soy muy afecta a este líquido blanco. Pero por querer compartir ese sabor que te recorre la garganta en el presente. Por querer sentirme tú. Por experimentar lo que sientes tú justo en el momento. Y no me tomaste en serio. Pensaste que quizá había dormido mal y estaba contándote algo de una película. Hablé desde la abstracción:
—Ana, tú eres esa muerte que habita en mí. Ese miedo que no quiero perder.
No porque me des miedo. No, sino porque mi relación con la vida se deriva de la pérdida. Y tú eres eso que siempre me hace falta. Luego te paraste y fuiste por otro vaso de leche. El que era para ‘ir a dormir’.
Ahora la muerte es un líquido blanco. No tan dulce, diáfano. Nítido.
Le hago frente. Escribo por encima de esta voz que contemplo mía. Me vuelvo ese mamífero carente, esa cría que rastrea su alimento, que percibe su sangre hirviendo, y cuya respiración se acelera y desacelera según la cercanía de los otros.
Y cuando estoy contigo, soy una cría más pequeña. Abandono la orfandad. Espigo alrededor de la maleza las voces que te constituyen. Al instante de descubrir otra, el lugar que ocupo se altera y me convierto en tu madre. Puedo tejer tu vida actual con las anteriores en un lenguaje familiar que sólo yo poseo. Ahí, en ese espacio simbólico donde todo es dolor y angustia, tu cuerpo y la muerte se unen en un tiempo orgánico. Entonces tú eres la idea sobre la muerte que se preocupa por desaparecer.
¿Por qué para ti lavarse las manos es elegir la muerte? ¿Quedará contigo algo de lo que vivimos juntas? El otro día leí que el pasado es la única cosa de la que no somos prisioneros, que podemos hacer con él lo que nos dé la gana. Así lo habito. Diario reescribo este rompecabezas que fue conocerte y decido mentir. Cambiar la versión que has sido. ¿Por qué no jugar a las posibilidades, Ana? ¿Eliges el agua como método para la disolución propia? Yo por el contrario creo que en la finitud de las cosas a través de la luz.
A punto de beber el último cuarto de leche te comenté: sin luz nada tiene un inicio. Y por primera vez me acercaste un papelito:
«la muerte es sólo esta ancla que tenemos de querer seguir viviendo»
En esta tarde que pienso en ti, observo también la luz. Luz que se refleja en el piso de mi casa. Pienso en la muerte. Que no se halla en la lejanía. Va en cualquier dirección y sólo «es» cuando decidimos mirarla entre nosotras. En esta leche que nos une a ti y a mí y nos hace ir a dormir.
Con mi amor profundo e indestructible,