
Standing Rocks (1892)
Fotografía: Ben Hains | Library of Congress | Dominio Público
Escrito por: José Díaz Cervera
I
La distancia que hay de la piedra pensada
a la piedra que nombramos,
no es más larga que la de nuestro vértigo
a la miseria de unos ojos abiertos.
La distancia que hay de la piedra que nombramos
a la piedra que al golpear nos salva del vacío,
es algo que se parece a la vergüenza.
La distancia que hay de la piedra que nos golpea
a la piedra que nos piensa
es una voz en combustión espontánea.
La piedra pensada por un hombre
es la misma que lo piensa a él;
la distancia entre las dos es un latido
que no le pertenece al hombre
ni a la piedra.
II
¿Cómo desnudarnos
sin acabar desollados en los laberintos?
¿Cómo hacer que la humedad y la mirada
sean tan diferentes como la memoria y el mar?
Distancia y voz de lo que estaba antes del ojo:
Dios quería que el agua no muriese
cuando el tiempo regresara a su punto de partida.
Quizá por eso Su imaginación comenzó por el aroma,
cereal del sueño:
perfume de mandarinas azules,
fragancia de berenjenas vaginales,
olor a huesos, a aceitunas, a establos;
hedor a nube, a desamor, a risa.
Oler el mundo fue recordar un canto clandestino
para que nada se redima entre las heces de los mutismos blancos.
La oscuridad fue entonces el primer perfume.
Tuvimos que desalojar nuestras miradas
para no mancharlas con la luz.