
Elk-horn spoons (c. 1923)
Fotografía: Edward S. Curtis |Library of Congress | Dominio Público.
Escrito por: Agustín Abreu
Mi padre usa el mismo cucharón cada mañana para enfrentar a la freidera y a la soledad. Domina ya las formas de flor desordenada que asume la alacena y despeina a su modo el fuego doméstico.
Mi padre llega a la cocina antes que el tiempo. Rebana el plátano con minucia y lo desliza poco a poco en el aceite hirviente. El aroma endulza todos los rincones donde no están aquellos que mi padre ama. Mientras mueve el cucharón de un lado a otro, mojando cada una de las puntas amarillas, mi padre enfatiza su estar y su hacer: beneficios que obsequia a este mundo.
Antes que la luz extienda el mantel del horizonte y que la araña recoja el sedal con el reciente adiós, mientras mi padre prepara sus alimentos, ¿dónde estoy? En las manchas negras de esta página y en el reciente renglón de los olvidos.
Soy el polvo bajo el refrigerador y lo oigo patear las primeras palabras del día. Soy la pared doméstica y replico su plática pausada. Soy el último abrazo que le di y, ante todo, la espera de renovarlo.
En los cajones hay muchos otros enseres, pero él siempre toma el mismo cucharón. Con él, embiste, persevera, contagia de presencia todo lo que pareciera una lágrima a punto de secarse, empezando conmigo, empezando bien temprano.