So long as men can breathe or eyes can see (Acercamientos a Shakespeare desde sus sonetos)

Deja un comentario
Alpie, Hojas al viento
Kenn Duncan - Fortune and Men’s Eyes

Fortune and Men’s Eyes

Fotografía: Kenn Duncan
Escrito por: Lilia Hijuelos Saldívar

William Shakespeare publicó ciento cincuenta y cuatro sonetos en 1609. Para ese momento, el soneto en Reino Unido, inspirado en el italiano, era ya distinto en forma y contenido al que escribiera Petrarca. Thomas Wyatt había traído la forma a la corte de Enrique VIII y la había transformado en lo que ahora conocemos como el soneto inglés, los mismos 14 versos pero estructurados de manera levemente diferente. Junto con la estructura, la temática generalmente tratada en el soneto cambia también. Mientras el soneto de Petrarca es una idealización romántica que celebra el amor casto, puro y moralmente aceptable, los sonetos de Shakespeare son una exploración de temas oscuros e infinitamente más cercanos a la realidad cotidiana renacentista: el deseo, el homoerotismo, la traición y sobre todo, más allá de todo, la experiencia humana marcada inevitablemente por el paso del tiempo.

Los sonetos, según los clasifica la tradición académica, se dividen en dos secciones: la primera, que comprende del 1 al 126, está dedicada a un ‘bello joven’ cuya identidad es todavía sujeto de especulación y debate —los principales contendientes son Henry Wriothesley, conde de Southampton, admirador y amigo cercano del poeta, y William Hughes, un atractivo y joven actor que solía interpretar papeles femeninos en el teatro de Shakespeare— y la segunda en su mayoría está dedicada a una ‘dama oscura’. Los sonetos sitúan a Shakespeare como miembro de lo que ahora llamaríamos la comunidad LGBTI+, aunque en su momento la sexualidad era concebida como algo mucho más fluido de lo que podríamos pensar actualmente. 

La amplitud temática que caracteriza la obra de Shakespeare, y que ha llevado a críticos como Harold Bloom a afirmar que es responsable por la construcción de lo que imaginamos como ‘lo humano’, está presente en los sonetos tanto como en el resto del canon Shakespeareano, situándolos en el ámbito de la transgresión a las convenciones establecidas. Por supuesto, esto no tendría que sorprender, considerando que transformación y cuestionamiento de las reglas impuestas por la sociedad son constantes a lo largo de toda su obra. 

Cuando se habla de figuras de la talla de Shakespeare, es importante tener presente que no se trata de personajes estáticos, congelados en el pasado. El Will Shakespeare que puede llegar a conocer una adolescente contemporánea que se topa con una adaptación de Hamlet en Tiktok y cae en el mundo de las theatre girlies es el mismo Will ambicioso y listo, el mismo upstart crow que se ganó la corte de la reina Elizabeth combinando la reflexión filosófica y la empatía intensa con el gore y la violencia; lo entrañable y profundamente emocional con el humor casi (pero nunca) vulgar, el cuestionamiento de las convenciones sociales… pero es a la vez un WillieShakes diferente, un shapeshifter que ha ido creciendo en el tiempo, un monstruo hermoso y deforme que con cada interpretación se parece más a sí mismo y a nosotrxs. El canon Shakespeareano, como diría Pierre Bourdieu, comprende todo lo que se ha escrito en torno a Shakespeare, todas las referencias culturales, cada posible iteración, porque cada una de ellas transforma la manera en que volvemos al texto original. 

Sobra decir que lo anterior aplica para la obra de arte en general, pero es especialmente abrumador y hermoso a la vez en este caso, simplemente por las dimensiones del canon, el grupo del cual formamos parte. En este sentido Shakespeare nos une con la humanidad, somos parte de ese monstruo íntimo y gigante, crecemos con él en cada palabra que interpretamos, comentamos, traducimos. 

Nuestro acercamiento al soneto Shakespeareano sucede desde un nosotrxs contemporáneo y colectivo que honra la transformación y transgresión inherentes al texto publicado a principios del siglo XVII mientras establece una conexión honesta con la experiencia humana contemporánea desde nuestro aquí y ahora, es decir, traducimos desde nuestro lugar en el mundo, ya sea en modo individual o como grupo. 

Cabe destacar que cuando hablamos de transgresión no nos referimos a un ejercicio gratuito de rebeldía sino a la necesidad de resignificar para apropiar; no se trata de cambiar por cambiar sino de habitar el poema desde nuestra experiencia, lo cual se refleja en la selección de sonetos que hemos elegido para trabajar. 

El soneto 130 fue traducido de manera grupal y colaborativa por Ale, Acre, Beto y yo. Se trata de un poema que funciona en diversos niveles; para empezar, parodia las convenciones tanto en la idealización de la belleza femenina como en la expresión de afecto, pero en las últimas dos líneas, la conclusión convencional del soneto inglés, el poema se torna serio: deja el sarcasmo y aterriza en total sinceridad, demostrando que el cuestionamiento y parodia de las convenciones del amor romántico no llevan necesariamente al cinismo y desapego sino, al menos en este caso, a una admiración honesta hacia una persona de carne y hueso cuyos pasos caminan directamente sobre la tierra. 

El soneto 20, traducido por Acre de manera personal y trabajado posteriormente en el taller, es uno de los más retadores y controversiales; está escrito para el bello joven, a quien describe asignándole rasgos femeninos para exaltar su belleza y expresar el amor que le tiene. En muchas ocasiones, los sonetos dirigidos al joven (suponemos) amante del autor han sido traducidos alterando el género de la persona amada, ocultando así la expresión de un deseo que contradice las convenciones del heteropatriarcado. Nos parece de suma importancia, especialmente en estos tiempos que amenazan volver a la represión e invisibilización de la diversidad, no sólo respetar sino celebrar dicha expresión. 

El soneto 73, traducido de manera personal por Tamara, presenta un caso similar en el que el deseo homoerótico se ve marcado por la angustia que acompaña la diferencia entre las edades del poeta y su joven amante. El paso del tiempo y la realidad de la muerte, obsesiones constantes a lo largo de la obra Shakespeareana, dan lugar a la maravilla y el agradecimiento por el amor correspondido incluso cuando es acompañado por la inmediatez de la vejez y la muerte.

A través de los sonetos, conocemos un aspecto más íntimo de Shakespeare, lejos de los escenarios y el público, pero tan cercano como siempre a la experiencia cotidiana y a la vez sorprendente del amor, el deseo y la búsqueda de permanencia ante el inminente paso del tiempo. Esta permanencia se consigue, como dice el mismo poeta, sólo a través de las palabras que, incluso más de cuatro siglos después, siguen dando vida a sus amores.

 

No. 25
No.25
no.25
no. 25

 

Deja un comentario