El viaje inmóvil en Sindbad el Varado de Gilberto Owen

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Lado B

Escrito por: Diego Torres Piña

Sindbad el varado se publica en Bogotá en el año de 1942 por el poeta mexicano Gilberto Owen (1904-1952). Es un poema-bitácora que narra un viaje de 28 días en el mes de febrero. Ese viaje guarda una característica primordial: la inmovilidad del sujeto de conciencia[1], su naufragio.  Dicha característica articula el poemario, el viaje inmóvil resulta ser al interior de este sujeto, Sindbad. Se convierte en navegante de su inmovilidad; no irá de un punto a otro, sino que se quedará fijo en su isla desierta, desbordado de memoria. Dimensionemos este viaje para descubrir sus implicaciones, tanto de Sindbad como del mundo creado en el poema para constatar el viaje inmóvil.

Quizá sea pertinente empezar preguntándonos por el sujeto de conciencia y después por el mundo que articula. Sindbad del poema de Owen se presenta como una reinterpretación de Sindbad el marino, un relato que forma parte de Las mil y una noches. Esta reinterpretación deviene en un rompimiento que ya se insinúa desde el epígrafe de Sindbad el varado: “Encontrarás tierra distinta de tu tierra, pero tu alma es una sola y no encontrarás otra” (1990: 60). Este epígrafe da las directrices de este viaje, no como desplazamiento físico, sino interno, donde juega un papel importante la memoria (este punto lo retomaré más adelante). Justo el viaje inmóvil que ya he mencionado comienza con “El naufragio” de Sindbad, donde no sólo se da la idea de quietud, además; nos brinda el punto de partida en donde el enunciante se reconoce a sí mismo después de luchar con el mar por la noche:

Y luche contra el mar toda la noche,
desde Homero hasta Joseph Conrad,
para llegar a tu rostro desierto
y en su arena leer que nada espere
que no espere misterio, que no espere.
(Owen, 1990: 61)

La noche es el terreno de lucha con el mar, así lo ha demostrado la tradición literaria occidental, por esa razón se menciona “desde Homero hasta Joseph Conrad”. También en la anterior cita se puede apreciar que el enunciante se dirige a un tú, toda la lucha contra el mar es para llegar a ese “rostro desierto” del cual no esperará nada, como si fuera un rechazo anticipado, sin señas de un posible viaje más a ese destino. Para ese “rostro desierto”, “es inútil que el cartógrafo dibuje ríos secos en la palma de la mano”. (1990: 61) Sindbad acepta su inmovilidad, su condición de náufrago, varado en esta isla que es su propio cuerpo.

¿De qué manera, entonces, se da el viaje?, la respuesta es la memoria como factor que trasporta al enunciante al pasado y le hace reflexionar su presente. Nos adentramos a las aguas de la memoria, del Lerma cenagoso, del Rímac, Mackenzie o del Guayas… “todos en ti con mi memoria hundidos, / mar jubilado cielo, mar varado.” (Ibid.) La memoria, o sea el mar con el que lucha Sindbad, también toma el atributo de inmovilidad. Hay ecos de un pasado en el poema del día dos, “El mar viejo”, pero más que darles el carácter de recuerdo, para el enunciante son muertos que ese vagar de la huida ha dejado.

La inmovilidad de Sindbad, tiene un origen que postulamos como el sentimiento amoroso que se frustra y ocasiona esa “niebla de los sentidos” (1990: 64). El enunciante se queda varado, con una parálisis que Eugene Moretta califica como existencial. La crítica de Moretta también resalta esta condición del viajero varado y lo esboza como un “momento de frustración” que representa un “punto muerto del viajar del Sindbad. Da a entender la parálisis existencial en que el individuo se queda nada más con la conciencia de no haber sabido aprovechar la ocasión para entregarse a la experiencia redentora” (1985: 80), experiencia que en este caso es el sentimiento amoroso. [“Yo en alta mar de cielo / estrenando mi cárcel de jamases y siempres” (p. 62) ]

El sentimiento amoroso no sólo provoca ese estado de inmovilidad en nuestro enunciante, sino también presenta otro matiz: el de la fragmentación del sujeto, una característica muy señalada en la poesía moderna. Sobre la fragmentación del sujeto, Beltrán señala: “La Modernidad sabe que je est un autre, que la identidad es una falacia. El individualismo afirma la supremacía del individuo sin identidad.” (2015: 27) La poesía moderna se funda en la escenificación del drama de la identidad, y el poema de Owen no se sale de esta gran escenificación de la poesía en la Modernidad.

En la poesía de Owen y me atrevería a decir de todo quien forma parte de los Contemporáneos, puede verse esta disolución de la identidad:

Dentro de ti, la casa, sus palmeras, su playa
el mal agüero de los pavo reales,
jaibas bibliopiratas  que amueblan sus guaridas con mis
versos,
y al fondo el amarillo amargo mar de Mazatlán
por el que soplan ráfagas de nombres.
Mas si gritan el mío responden  muchos rostros que yo no
conocía
o que borró una esponja calada de minutos,
como el de ese párvulo  que esta noche se siente solo e
intimo
y que suele llorar ante el retrato
de un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre
al mediodía, (Ibid.)

Dicho drama, como he señalado en el caso del poemario de Owen, se debe a la frustración del amor, como apunta Moretta: “La incapacidad para amar y ser amado lleva al individuo a verse a sí mismo como fragmentación y dispersión –la inútil multiplicación de nombres₋ sobre un mar desolado; un huérfano insignificante  y solitario”. (1985: 86) Este es el origen del naufragio; y no por esto se da una pasión desbordada en el poema, sino todo lo contrario, hay una gran lucidez por parte del sujeto de conciencia:

Me quedo en tus pupilas, sin convite a tu fiesta de
fantasmas.
Adentro todos trenzan sus efímeros lazos,
yo solo afuera y sin amor, mas prisionera,
yo, mozo de cordel, con mi lamento, a tu ventana,
yo, nuevo triste, yo, nuevo romántico. (1990: 62)

Más que una pasión desbordada, el enunciante se muestra reflexivo en una tristeza que ve con claridad. Él está afuera en la periferia, sin el amor, vive enfrentado al mar de sus recuerdos. Es así que cobra sentido el “nuevo romántico”, “nuevo triste”,  una manera de aceptar su condición. Ya en el naufragio, aparece la neblina de los sentidos. La inmovilidad, además, desgasta al sujeto de conciencia, van muriendo sus sentidos como se muestra en el último grupo versal del día nueve, “Llagado de su desamor”:

Ahora es el desvelo con su gota de agua
y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
porque ya no vive en mi carne
los seis sentidos mágicos de antes,
por mi corazón, sin guerra, entumecida,
y el despecho de oírte: “Siempre seré tu amiga”,
para decirme así que no existo,
que viste tras la máscara y me hallaste vacío. (1990: 66)

Aunque este último verso podría interpretarse como triste, no es tal el caso. La nulidad del enunciante es algo ya meditado, no hay una emoción desbordada, sino contenida, y ante todo aceptada. En el siguiente día, “Llagado de su sonrisa”, se da la idea del amor que no pudo sentir Sindbad. El día le sirve para que ya no le duela el mar (la memoria) a través de lo recogido en la bitácora de viaje. Con estos dos últimos poemas entramos al terreno de la poesía como reflexión. Este terreno es precisamente el que le interesa recoger a Beltrán en su trabajo titulado Genealogía de la poesía (2015), que no deja pasar esa relación de la poesía con la filosofía en sus orígenes, como con los pensadores presocráticos. Para Beltrán, la poesía es  “una forma de meditación limitada a ciertos temas (el amor, la guerra, la fe) y a un abanico reducido de actitudes.” (2015: 33) Lo que medita el sujeto de conciencia al que nos hemos referido en este trabajo es la soledad y la imposibilidad de la realización del amor. Se enfrenta a esa carencia, sin lamentarse porque sabe muy bien que el dolor es parte constitutiva del hombre. Como apunta Montemayor sobre el canto de este enunciante: “no es de conocimiento o de muerte, es canto de lo que vive” (1884: 75). Montemayor quiere decir que en todo poemario no se percibe sufrimiento por los acontecimientos del viaje. La voz de Sindbad nos muestra de manera lúcida, no lamentándose de los hechos pasados, sino insertándolos como parte ineludible de la vida.

Ya hemos mencionado el empleo de la memoria, ahora toca ilustrarla en el poemario. Para llegar a este punto era importante plantear en un principio la interiorización del que hemos llamado aquí sujeto de conciencia (Sindbad) que se traduce en su inmovilidad. El motor para el desenvolvimiento del viaje inmóvil es la memoria, y el combustible es el fracaso, la imposibilidad del sentimiento amoroso. Así se confirma en el día siete, “El compás roto”:

Pero esta noche el capitán, borracho
de ron y de silencios
me deja la memoria a la deriva,
y este viento civil entre los árboles
me sabe amar, me sabe a mar colérico en los mástiles,
a memoria amorosa en las heridas,
a norte y a sur de rosas de los vientos. (1990: 64)

Se desata una embriaguez que deviene en esa memoria amorosa. Este poema también afirma el vínculo que tiene la memoria con el mar, incluso se da el juego de palabras “amar” y “mar” claramente semejantes en sonoridad. El mar-memoria es colérico, y en esas aguas se emprende el viaje inmóvil, un viaje interno en donde el barco es la propia piel cargada de experiencia.

Ya hemos mencionado cómo se desenvuelve el viaje del enunciante y el origen y el motivo que lo suscita: la frustración del sentimiento amoroso. Ahora hay que dimensionar de qué manera se da esta relación de imposibilidad. La memoria es desatada por el amor frustrado tangible en la figura femenina que se traduce en el poemario como las islas que el viajero ha visitado. En su papel de náufrago, Sindbad se acerca prudente a las islas, pero éstas, quietas, le huyen, “fingiendo ser ballenas” (1990: 63). Así menciona a Eloísa, a María y a Marta. En estas islas femeninas resalta la distancia que se va erigiendo entre ellas y él.

En el poema “El hipócrita” nos damos cuenta de antemano que Sindbad sabe que va a ser consumido por la “niebla de los sentidos,” sabe que al contacto con las islas femeninas, se lanza al recuerdo de ellas. La frígida niebla anula el tacto; prometeico, sabe que durante la noche su hígado será consumido. A partir del poema del día siete, cuando se desborda la memoria, nos situamos en el recuerdo de las islas que corresponden a los días ocho al doce, o sea “Llagado de su mano”, “Llagado de su desamor”, “Llagado de su sonrisa”, “Llagado de su sueño” y por último, “Llagado de su poesía”. En estos cuatro poemas se reflexiona esa imposibilidad de amar. El recorrido por las islas se concibe como una ilusión, como un vacío. La distancia es producida por las experiencias pasadas. Desde el primer poema, ya se anuncian estas “llagas” de desamor, sonrisas, sueños y poesía: “Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia de / mis llagas…” (1990: 60) Ante tal estado, en esa actitud lúcida ya atribuida a Sindbad, sigue el viaje en donde es la mente con su mar de recuerdos la que surca el oleaje fuerte. El poema once, reafirma la periferia en que se encuentra el sujeto de conciencia respecto del amor y por lo tanto de la vida:

Encima de la vida, inaccesible,
[…]
Debajo de la vida, impenetrable,
[…]
Al lado de la vida, equidistante (1990: 67)

Este aspecto de estar encima, debajo, al lado y no en la vida hace que pensemos en la visión de la poesía que ya no tiene un lugar en el mundo. Ha dejado de formar parte de la vida cotidiana y de tener un papel relevante en todo tipo de celebración y acto público. La lectura sobre la posición de la poesía y del poeta, hace entenderlos como algo “enfrentado al mundo, como “extraños en el mundo” (Beltrán, 2015: 35). Ya tomando el tema de la concepción y lugar de la poesía, debo decir que este matiz también se manifiesta en Simdbad el varado.

Llegado el día, el matiz de la reflexión poética es metaforizado en un tronco, uno que sobrevive a los inviernos. La metáfora del tronco se retoma del mismo Génesis, pero también de la tradición literaria como el libro Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll.

Lo ven por fuera, retorcido, muerto, oscuro,
pero hay una rendija para fisgar, y miro:
Yo voy por sus veredas claustradas que ilumina
una luz que no llega hasta las ramas
y que no emana de las raíces
y que me multiplica, omnipresente,
en un juego de espejos infinito. (1990: 67)

De esta manera notamos la forma en la que se concibe la poesía. Mantiene esa alusión de la fragmentación del sujeto, el tronco con su voz multiplica. El tronco y su misterio es lo que le trae ahora el cielo en ruinas. La inclusión de este matiz se vincula con la relación de imposibilidad amorosa y se convierte también en un factor importante para el desarrollo del poemario. De esos recuerdos con los que se ha “llagado” Sindbad, se mantienen los rescoldos de pensar, sentir, cantar y gozar. En el poema del día dieciocho, se presenta la hegemonía de la memoria, el recuerdo, respecto a la razón y pensar donde…

[…] una vez –ayer sería-
amaneció en laureles junto a la media luna de tu seno,
y esta vez, esta vez –razón baldía-
sólo es conciencia inmóvil (1990: 71)

En otras palabras, se está hablando de un pasado y un presente, y Sindbad naufraga en un punto medio entre esas dos latitudes: su inmovilidad y su condición periférica ante la vida.  Sindbad se alejan de un posible presente, mientras que del pasado ya se encuentra lejos, pero regresa a él porque ha naufragado en su mar de recuerdos. Por esa razón siente la nostalgia de los amaneceres con laureles, en la soledad de su isla desierta:

Y cuando ya fui sólo uno
creyendo aún que éramos dos,
porque estabas sin ser, junto a mi carne.
Tanto sentir en ascuas
tantos paisajes malhabidos
tantas inmerecidas lágrimas. (1990: 72)

Estos poemas son las brasas que aún se conservan en la memoria y se desatan al caer la noche. Hemos llegado al punto en que ese navegar inmóvil presenta dos dimensiones que se confrontan la una con la otra, hablo del día y la noche. La noche parece ser de combate, como en el verso ya citado: “Y luché contra el mar toda la noche, / desde Homero hasta Joseph Conrad” (p. 63). Esta concepción de la noche se repite en el día veintitrés:

Primero está la noche con su caos de lecturas y de sueños.
Yo subo por los pianos que se dejan encendidos hasta el
alba;
arriba el frío me amenaza con el fío ensangrentado de su
aurora
y no sabré el final de ese nocturno que comenzaba a
dibujarme
ni las estrellas me dirán cuál fue, cabal, mi nombre. Ni mi
rostro. (1990: 74)

El sujeto de conciencia no sabrá de aquel nocturno porque en realidad, como ya hemos visto, su paso es efímero, como cuando recuerda las “Virgin islands.”  El viaje por las corrientes de la memoria, punto de partida, nos advierte una transformación en el enunciante: después de la tormenta nocturna, viene la reflexión que alcanza con el día: “Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia de mis llagas…” (1990: 63) Tenemos, entonces, que la noche es violenta y que el día es reflexivo (aridez y soledad).

Recapitulemos las implicaciones de este viaje inmóvil. Hemos visto que el sujeto de conciencia, Sindbad, es un sujeto que ha naufragado en su isla desierta que es su propio cuerpo, su propia piel. El cuerpo como una isla es un vínculo bien establecido en el poemario. El viaje es inmóvil ya que es la memoria la que transporta al enunciante a diferentes momentos donde predomina el fracaso de la relación amorosa. Entonces, como apunta Moretta, el viaje a través de la memoria es “un viaje de descubrimiento –del mundo y de unos mismo-, y la entrega del sujeto a sus aguas es por tanto la postulación de una identidad y un rumbo vital que sólo después habría de cobrar sentido” (1985: 75) Y este sentido se toma cuando Sindbad alcanza ese grado de lucidez en donde reconoce que el sufrimiento y el dolor provocados por el sentimiento amoroso son parte constitutiva de la vida.

Sindbad el varado es este viaje por el reconocimiento de uno a través del tacto de las islas, del amor que perecerá como el día y traerá la lucha con la noche en donde espera a la hermosa Diablo. Momento en que el amor desaparece y los sentidos se marchan con él en los ecos del aire. Con el último poema, en el día veintiocho se da fin a la idea de este amor que se aleja, se pierde [“los amantes se mirarán y se ven tan lejanos que se vuelven la espalda” (Owen, 1990: 77)]. Arde el “Te amo” en su rescoldo de consciencia, pero sin darse por vencido, aceptando que esa es la vida, amar y perder, lo que le hace sentirse vivo y verse desnudo con la esperanza…  “Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie, / tal vez mañana el sol, tal vez mañana, tal vez.” (Owen, 1953: 86).

 


Bibliografía

Beltrán, L. (2015). Genealogía de la poesía. En L. Beltrán, A. Ortiz -Osés, J. Rodríguez García , & F. Romo feito,
Poesía y filosofía (págs. 17-53). Madrid: Calambur.

Montemayor, C. (1884). Tres poetas contemporaneos . México: UNAM.

Moretta, E. L. (1985). Gilberto Owen en la poesía mexicana. México: Fondo de Cultura Económica.

Owen, G. (1990). Sindbad el varado. En De la poesía a la prosa en el mismo viaje (págs. 60-78). México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

[1] Tomo este concepto de Luis Beltrán, al usarlo me situó en un plano que reconoce la autonomía de este sujeto fundado en la poesía respecto a su autor (2015: 31)

LadoB 02
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Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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