A piel… de la letra

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No. Conmemorativo

Ilustración por: Kayleigh Martin Esquivel
Escrito por: María Teresa Mézquita Méndez

 

“La valía del ser humano no reside en la verdad que uno posee o cree poseer,
sino en el sincero esfuerzo que realiza para alcanzarla”.
Lessing

 

Pienso en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Quizá sea posible reencontrar en la lúcida locura de Aureliano Buendía la fecunda inutilidad de la literatura. Encerrado en su taller secreto el coronel revolucionario fabrica pescaditos de oro a cambio de monedas de oro que después se funden para producir de nuevo otros pescaditos. Círculo vicioso que no escapa a las críticas de Úrsula, a la mirada afectuosa de la madre que se preocupa por el futuro del hijo…”.

Así es como el filósofo Nuccio Ordine –y justo ahora que se cumplen 50 años de la paradigmática novela– comienza el capítulo “La inútil utilidad de la literatura” en “La utilidad de lo Inútil” (Ed. Acantilado, 2013), un libro tan pequeño y tan concreto como intenso, con un mensaje que se dice obvio, que se defiende con social hipocresía, pero que en realidad y sistemáticamente se contradice: no todo se puede medir por su valor económico; no todo se puede pesar por su rendimiento financiero, no todo lo que verdaderamente importa es necesariamente lo “útil”.

Es probable, continúa aún Ordine,  que el acto creativo que da vida a lo que denominamos literatura se base precisamente en esta simplicidad, motivada tan sólo por un auténtico gozo y ajena a cualquier aspiración al beneficio. Un acto gratuito, exento de finalidad precisa. Capaz de eludir cualquier lógica comercial. Inútil, por lo tanto, porque no puede ser monetizado. Pero necesario para expresar con su misma existencia un valor alternativo a la supremacía de las leyes del mercado y el lucro”.

Con esa convicción por lo verdaderamente importante –tan inútil, por cierto– nació y ha permanecido en el seno de la Universidad Modelo la revista de humanidades y literatura Al Pie de la Letra.

Hoy en el 2017, a 15 años de su nacimiento, estamos ante el hecho ineludible de la enorme diversificación mediática. Somos presas de una época en la cual la hegemonía ya no es de un periódico o una revista ni siquiera de un canal de televisión, estamos por el contrario, sujetos ahora a las veleidades de un portal de internet, o a los vaivenes y tendencias de una red social.

La notable diferencia con aquellos tiempos en los cuales el consumo mediático se limitaba, por decir, a dos o tres revistas, dos periódicos, un par de canales de televisión y tres estaciones de radio, sintonizadas según la hora y el humor del radioescucha, es que hoy dentro de ese portal y sus búsquedas o en la infinita marea de esa red social y sus participantes, es posible ser extremadamente selectivo para consumir digamos, “a la carta”.

Este panorama era impensable cuando nacía en la todavía muy joven Universidad Modelo,  el proyecto editorial que hoy conocemos como la revista Al Pie de la Letra. En el año 2004 una llamada telefónica del maestro Rubén Reyes Ramírez me invitaba a tomar parte en un proyecto apenas encaminado: se habían publicado ya tres números de la revista, nacida en 2002, en ese entonces en pequeño formato.

Para construir el número cuatro, el primero en el que tuve el gusto de participar, fue necesario comenzar un importante aprendizaje, todos juntos. Los voluntarios e integrantes del comité eran entonces un puñado de estudiantes y profesores de las primeras generaciones de la licenciatura en literatura latinoamericana. Con ineludibles tropezones y más dudas que certezas, pero todavía más entusiasmo y ganas,  se caminó poco a poco hacia la conclusión de ese ejemplar, que si bien no se pudo presentar en 2005,  sí finalmente se llevó a buen término a principios de 2006 y se presentó –hoy creo que me conmueve todavía más en la distancia– con esperanza y emoción.

En uno de los apuntes que conservo de las juntas de trabajo, un aviso que se haría circular entre los profesores de la licenciatura, a quienes se les pedía pequeños ensayos de sus alumnos para la revista se les apuntaba que el formato de entrega era el escrito impreso  en papel “y también en diskette de 3.5 pulgadas, de preferencia”.

El vertiginoso progreso tecnológico hace que parezca muy lejano un hecho en realidad relativamente próximo (poco más de una década) y esta sensación de distancia es inevitable conducto a una reflexión sobre el poder del tiempo, su capacidad de pulverización, de generación de invisibles barreras que también invisibilizan lugares, experiencias, personas…

Personas como varias quienes han tocado con su presencia la historia de Al Pie de la Letra. Nos heredaron letras, sus ideas, su generosidad, su sensibilidad, su pasión, su orden, su prudencia,  su erudición… todos ellos ya están más allá de nuestro mundo tangible pero igual han escrito una parte de esta historia: Fernando Espejo, Richard Hedlund, Irene Duch, Anna Sánchez Wilson, Manuel Mercader, Orlando Cámara García, Luis Brito Pinzón, Beatriz Rodríguez Guillermo, Jonatan Delgado. Imposible, por falta de espacio, dedicar un merecidísimo pensamiento a cada uno de ellos.

De aquellos primeros años proviene igualmente el nombre de las secciones que hoy prevalecen en su mayoría –si no es que todos– en la revista. Una lluvia de ideas, muchas conversaciones y un buen acuerdo dieron lugar un día al listado de secciones que leyeron en voz alta quienes fueron dos jóvenes fuerzas vitales para la permanencia de Al pie de la letra: Agustín Abreu Cornelio y Raúl Pérez Navarrete. “Pensamos que con el nombre de la revista se pueden crear las secciones relacionadas con los diferentes géneros… por ejemplo, letras de agua para la  poesía, manos a la letra para periodismo, letras grafiti para humanidades, al filo de la letra para ficción en prosa y… una palabra inventada, siluetra, para la sección de imágenes”.

Heroína feliz de mil batallas, Al pie de la letra ha recibido entre sus páginas a escritores de generaciones muy diversas, a autores locales, nacionales y de otros países y a creadores visuales también de edades y orígenes muy disímiles. Como Alicia en el país de las Maravillas, se ha hecho dos en una, ha crecido y empequeñecido, ha cambiado de color, de papel, de formato. Se ha vuelto digital e inasible… y así, virtual y flotante, se ha puesto al alcance del mundo entero.  

Hoy, Al pie de la letra es un proyecto consistente que ha permanecido por un tiempo mucho mayor que el de la mayoría de las publicaciones, tanto las que se mantienen con venta de publicidad como las que tienen apoyos públicos y subsidios. En su esencia pervive ese espíritu pujante e inquieto del primer puñado de alumnos, del primer grupo de maestros que quisieron hacer de ella una realidad e ir, como escribiera Beatriz Rodríguez en el editorial de aquel número 4: “…a piel de páginas” y a la que podemos parafrasear como “…a piel de la letra”:  

Creemos que el acto de creación, sea cual sea su lenguaje es una suerte de acompañamiento, que traza una línea imaginaria entre lo que somos capaces de percibir y lo que nombramos audazmente, porque lo intuimos, porque lo hurtamos momentáneamente a lo infinito en las páginas de Al pie de la letra, que cercana parece la posibilidad de jugar, de arriesgarse a caminar por los salones de la imaginación, de ser en la sensualidad de un trozo de tarde, un poco dios para retener las olas de los sueños y construir un barco cuyo destino final no se el naufragio…

Las palabras y las imágenes nos aguardan, vayamos por ellas a piel de páginas“.

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