Poiesis

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No. Conmemorativo

Ilustración por: Javier Alamilla Córdoba
Escrito por: José Díaz Cervera

La acción que permite que cualquier cosa devenga del no-ser al ser, supone el fundamento de todo acto poiético, lo que equivale a referir el principio de cualquier acto creativo. ¿Hasta dónde, sin embargo, ese no-ser tiene una condición absoluta?

Afuera del sujeto hay un mundo con cualidades específicas; ese mundo es ambivalente para ese sujeto porque lo mismo le es adverso que seductor. Marx explicaba que la relación entre el hombre y el mundo está condicionada por el vínculo dialéctico que el primero establece, a partir de sus necesidades materiales, con el segundo (lo que induce de manera decisiva los pensamientos y las aspiraciones de los individuos). Gaston Bachelard —por otro lado— considera que el vínculo primigenio y fundamental entre el sujeto y el mundo está determinado por el asombro; para el francés, el hombre contempló el mundo antes de mirarlo y de operar sobre él, y se maravilló ante ese mundo aun antes de pensarlo.

Lo que sucede es que el ser humano tiene capacidad para aproximarse a lo real lo mismo priorizando la objetividad que poniendo en juego su peculiar e intransferible manera de contemplar el mundo a través de un radical ejercicio de su subjetividad en el que la imaginación opera en una libertad prácticamente absoluta, donde no intervienen ni los conceptos ni la experiencia. Así, tal vez eso que llamamos “creación” no es otra cosa que una proyección de lo que acontece en la intimidad del sujeto imaginante al ser éste estimulado por un mundo que no se experimenta ni se piensa sino tan sólo se admira.

Cuando la proyección de una subjetividad logra injertarse en las palabras, éstas detonan su vocación primitiva, misma que no se resuelve en el acto simple de nombrar las cosas sino en la acción maravillosa de darle sustancia al canto, englobando así al mundo y al sujeto que lo admira, permitiéndonos ver que la verdadera vocación de las palabras apunta a lo inefable.

La perspectiva anterior nos pone en territorio más propicio para hablar de la creación literaria como un imaginario mucho más que como el producto de eso que algunos llaman inspiración, independientemente de que pudiéramos discutir también en torno al lugar común (y un tanto simplista) en el que se afirma que la poesía expresa las emociones de un sujeto. Alfonso Reyes afirmaba que hasta los perros le ladran a la luna llena y que la expresión de ese complejo emocional no constituye un acto poiético.

Hablar de “creación” en un sentido estricto puede ser tan inexacto como hablar de “expresión”, pues lo que sucede con el trabajo literario es infinitamente más complejo ya que en él hay una proyección de nuestra subjetividad, misma que acontece cuando la imaginación logra injertarse en las palabras, desatando el poderío alquímico de las mismas.

Como quiera, esta labor de injerto tiene que ejercerse a partir del dominio de los fundamentos del oficio literario, mismo que nos permite salir del automatismo tanto de nuestro trato con el mundo como de nuestra relación con el lenguaje. El imaginario que se injerta en les palabras no “dice” nada ni “expresa” nada porque no es una representación, sino la proyección espontánea de una subjetividad excitada que busca la empatía de otro sujeto a través de un vínculo en el que ambos “estrenan” su imaginación porque la saturan de imágenes absolutamente novedosas que son, quizá, el corazón de eso que genéricamente se ha denominado como “acto creativo”. A Bachelard le gustaba decir que toda imagen novedosa tiene un devenir tan arduo como el de la aparición de un nuevo rasgo en un ser vivo.

En todo caso, desde que la relación entre el poeta y el lenguaje —su única herramienta— quedó marcada por la desconfianza, se abrió una nueva era para la imaginación y para el arte mismo, en el que el valor de la novedad parece un elemento central (algo que no sucedía antes de la gran revolución romántica). Hablar así de una imaginación creadora supone hablar de la posibilidad de aliviar a nuestra imaginación de las atrofias que le impiden ir más allá de las imágenes habituales.

Es muy probable que nuestros primeros contactos con el mundo se hayan producido a través de nuestra imaginación antes que por las sensaciones y por los conceptos; si esto es así, no hay entonces diferencia entre “lo real” y el psiquismo del sujeto, y eso que llamamos “creación literaria” no es más que la concreción verbal de esa fusión (quizá habría que decir feliz confusión).

Lo más hermoso de la literatura es que tiene la capacidad de despertarnos de nuestra indiferencia y nos impulsa a ir al mundo para contemplar todo lo que no podemos ver con nuestros ojos. La creación es recreación (y no simplemente reproducción) en la medida en que la imaginación desarrolla sus capacidades imaginativas tanto en el emisor como en el receptor de un producto literario.

En el fondo, estas precipitadas y dispersas reflexiones tienen un sustrato peculiar en la tentativa de entender el acto de escribir como el resultado de un asombro activo en el que sujeto y objeto encuentran (al menos fugazmente) una correspondencia absoluta, es decir, una “unidad tenebrosa” (como dijera Baudelaire) donde “los perfumes, colores y sonidos se responden…”, lo que equivale a decir que dialogan, borrando así nuestras incertidumbres e instruyéndonos en la plenitud.

 

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