De escribir y corregir

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No. Conmemorativo

Ilustración por: Javier Alamilla Córdoba
Escrito por: Nidia Cuan

En la preparatoria, empleaba los tiempos muertos para escribir. Si ahora me preguntaran qué es lo que escribía no sabría responder. Eran cosas. Cosas sin forma que iban llenando cuadernos y cuadernos Scribe que después amontonaba en los estantes del armario.

Nunca he vuelto a escribir tanto. Pero también es cierto que ninguno de esos textos me convencía; al leerlos, tenía la sensación de que debía repetirlo todo, desde el principio. Comenzaba entonces a crear un texto que pretendía ser una versión del anterior, pero a mitad del camino olvidaba mi propósito y me dedicaba a escribir las urgencias del momento hasta que otra vez tenía un texto nuevo, un texto distinto, que tampoco me convencía.

Así fue como durante muchos años me dediqué a ser una escribiente.

*

Supongo que todos comenzamos siendo escribientes. Algunos escribientes se convierten en un santiamén en escritores.

Otros lo intentamos.

*

¿Cómo un escribiente se convierte en un escritor? ¿Cómo lo intenta? No hay una sola respuesta. Lo único que puedo decir es cómo yo misma comencé a hacerlo. Al poco tiempo de entrar a la universidad, empecé a trabajar en la corrección y la edición de textos, una ocupación muchas veces menospreciada porque, entre otras razones, se asume como una labor en la que no hay cabida para la creatividad, para el arte. Nada más alejado de la realidad. Han pasado ya más de 13 años. Y con ese tiempo a cuestas nunca dejo de aprender. Mi primer gran descubrimiento fue que corregir un texto no es una labor mecánica; al contrario, es una tarea análoga a la creación. Requiere —es verdad— seguir a pie juntillas algunas reglas gramaticales, pero también adentrarse en las sutilezas de la lengua, ingenio, sensibilidad y paciencia. Se necesita releer una y otra vez con ojos nuevos. Ser ese lector que siempre busca la manera de hacer —si cabe— una mejor versión de un texto o una versión más adecuada para otros futuros lectores. Ese privilegio. Porque quien corrige un texto, quien lo edita, deja en él mucho de sí. Lo hace propio. Su huella a veces es casi imperceptible. Pero una sola coma, un punto, un giro en la sintaxis puede producir un efecto nuevo. Una música distinta. Un sinónimo puede matizar una frase, volverla tersa o inusitadamente violenta; emplear un exceso de adjetivos puede crear un texto denso, un ritmo pesado; aumentar el número de verbos podría aligerarlo, hacerlo volar hasta que ni siquiera la mirada pueda seguirlo.

Puedo decir que gracias a la corrección de originales dejé de ser una escribiente. Dejé de serlo cuando en la medida de lo posible comencé a leer mis propios textos con esos “ojos nuevos”,  cuando dejé de desechar lo que escribía y comencé a hacer con mis textos lo mismo que hacía con los de los otros. Recrearlos.

Re-crearlos.

Es decir, crear sobre lo creado.  Con la misma vehemencia, con el mismo afán de descubrir lo que hay detrás.

*

Se dice que hay personas con  personalidad adictiva. Yo soy una de ellas. Y no hay una actividad mejor para perderse en el infinito que corregir un texto. ¿Qué pasa si cambio esta palabra? ¿Qué ocurre si mantengo la repetición? ¿Qué si cambio el orden de los párrafos o si elimino el primero? ¿Si empiezo de una manera distinta?

Por eso, entre las cosas que he aprendido al compaginar ambas actividades es que hay que saber parar. Hay que saber parar de escribir y hay que saber parar al corregir.  En realidad, uno podría pasar la vida corrigiendo un texto propio, jugando con las posibilidades. Es una actividad entretenida y también una manera muy provechosa de huir, de aferrarse a lo escrito y postergar el momento de lanzarlo al mundo. Pero para que un texto viva debe llegar a los lectores, y para ello hay que aprender cuándo detenerse.

¿Cómo sé cuándo hacerlo? El trabajo que realizo con textos de otros también me ha ayudado a encontrar el momento. Uno debe detenerse cuando el texto corre el riesgo de dejar de ser el que fue, cuando nos acercamos peligrosamente —aunque por una vía distinta— a tener un texto completamente nuevo, tal como si lo hubiésemos hecho todo desde el principio.

En suma, la labor de corrección ha influido de maneras insospechadas en la forma en la que escribo, en la consciencia que tengo del propio texto e incluso en mis hábitos. La persona que escribe no es la misma que la que corrige. Escribir y corregir son dos momentos del mismo proceso y quien escribe a veces va toma el camino opuesto de quien corrige. O a la inversa. Pero eso no importa. Cada uno de mis textos transita sin falta por ambos senderos.

 

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