Los géneros menores, esos entrometidos

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No. Conmemorativo

Ilustración por: Kayleigh Martin Esquivel
Escrito por: Judith Buenfil

Platón, para quien “el más dulce de los sonidos era la verdad” (Diógenes, 170), dejó estipulado en su testamento que legaba un “vaso que vale cuarenta y cinco dracmas; un anillo de oro y un pendiente que pesan ambos cuatro dracmas y tres óbolos” (170-171). También apuntó en sus últimas voluntades que si bien él no debía nada a nadie, el marmolista Euclides le debía tres minas. De Sócrates se cuenta que aprendió a tocar la lira en la vejez, porque según decía el filósofo “no es nada absurdo que uno aprenda lo que no sabe” (105). Por otro lado, apunta nuestro informante que cuando Demócrito de Abdera visitó Atenas “no se preocupó de ser conocido, porque despreciaba la fama” (473). En esa ocasión, Demócrito conoció a Sócrates, “pero le pasó inadvertido a éste” (473). Sabemos todos estos detalles de los sabios de antaño gracias a Diógenes Laercio, historiador del siglo III y autor de Vida y opiniones de los filósofos ilustres, obra en la que exhibe la ejemplaridad, describe el temperamento de los sabios a través de anécdotas, dichos, burlas, epigramas, citas, sentencias o máximas.

¿En dónde colocamos anécdotas como las compiladas por Diógenes en los estudios literarios? ¿Qué ocurre con los dichos, los proverbios, los chistes o los aforismos cuando se cuelan en la creación artística? Escritos como los antes mencionados han sido catalogados como géneros menores por ocupar un lugar periférico con respecto a géneros canónicos tales como la novela, el cuento o el ensayo. Sin embargo, vale la pena preguntarse si el término menor es justo con respecto a los dones y el colorido que otorgan al universo literario. Estos géneros son una presencia vital en la propuesta artística de autores como Michel de Montaigne, Baltasar Castiglione, Augusto Monterroso, Juan José Arreola o Julio Ramón Ribeyro.

Los géneros menores tienen la gracia del comentario oportuno que debe ser captado por un escucha (o lector) competente, y aunque simulan decir las cosas a medias, no son un fragmento de algo mayor pues en su brevedad está contenido un todo. ¿Cómo lo logran? De manera general, hablan en un lenguaje que nos es demasiado cercano: se presentan como dichos, chismes, fábulas, mandamientos bíblicos cuando emulan las formas tradicionales; cuando se disfrazan de discursos modernos son parodias de notas periodísticas, telegramas, anuncios publicitarios o contratos legales. “Tome en sus brazos a la mujer amada y extiéndala con un rodillo sobre la cama, después de amasarla perfectamente con besos y caricias” (Arreola, 40), anuncia el texto de Arreola “Para entrar al jardín”, en donde el autor parodió, para hablar del desamor, el lenguaje de las recetas de cocina.

Resalta en los géneros menores, y es esto quizá lo que nos los hace más cercanos, su preferencia por la risa, la cual no implica sólo estallidos de carcajadas y alegría. La risa debe ser entendida como una manera particular de relacionarse con el mundo que permite la inclusión de voces y perspectivas disímiles, las cuales ironizan sobre las calamidades, las injusticias, las desigualdades y las sinrazones de la humanidad: “En San Blas muchos políticos esencialmente estúpidos o ladrones sólo esperan el momento de alcanzar el poder para combinar estas dos cualidades” (Monterroso, 155), nos dice Augusto Monterroso en Lo demás es silencio.

Resguardan los géneros menores algo de las pláticas cotidianas y los encuentros anodinos; parecen ser un paréntesis de las ocupaciones diarias, un guiño divertido o un chiste entre amigos, son un “entre nosotros nos entendemos y no necesitamos decirnos mucho”, como lo logra este escrito de Pessoa:

Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Esto me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida (Pessoa, 248).

En consonancia con las preocupaciones de su tiempo, los géneros menores no permanecen estáticos, en cada época se estilizan y persiguen un objetivo distinto. Los autores del siglo XX, por ejemplo, parodiaron los discursos y los estilos del pasado con el afán de reírse de las grandes verdades que intentan instituirse como rectoras de nuestros actos. Por último, vale la pena advertir que un buen número de autores contemporáneos han hecho de los géneros menores el centro de su obra, lo cual nos indica que no son un mero divertimento, sino una propuesta artística con todas las de la ley, que quiere demoler los convencionalismos de su tiempo, incluyendo los artísticos.

De manera personal, estimo que los géneros menores abriguen el espíritu de las minucias de la vida cotidiana como los detalles que captan los mirones, los chismecillos, las burlas, las citas graciosas, los datos que nos informan de la vida del prójimo; esas anotaciones con las que, con seguridad, nos hemos divertido los maliciosos de todos los tiempos. El que esté libre de pecado…

 


Referencias

Arreola, Juan José. Palindroma. México: Joaquín Mortiz, 1992.

Diógenes Laercio. Vidas de los filósofos ilustres. Madrid: Alianza Editorial, 2007.

Monterroso, Augusto. Lo demás es silencio. México: Era, 1991.

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego. Barcelona: Seix Barral, 2008.

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