Dualidades y (o)posiciones del salvajismo: El Matadero de Esteban Echeverría

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Lado B

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Fotografía: Irving Conde
Escrito por: Brigitte S. Aranda Rivera

En la literatura siempre nos encontramos con elementos que se contraponen o se vinculan entre sí para dar un significado mucho más profundo a la lectura, es por ello que el objetivo de esta ponencia es analizar las dualidades y oposiciones que configuran a El Matadero, un cuento decimonónico del escritor argentino Esteban Echeverría.

Una de las grandes preocupaciones de los países hispanoamericanos del siglo XIX era la de seguir perteneciendo o no a España. La elección fue la de la independencia. Sin embargo, había grupos que aún se preguntaban si el seguir siendo provincias de España sería mejor que ser países independientes. Esta duda es la que Echeverría ataca, ya que su papel como liberal y romántico lo inclinan a declararse a favor de la autonomía de su pueblo y es por ello que al inicio del texto plantea un alejamiento de la herencia colonial española, pues eso solo traería retraso y sería una forma de caer en los antiguos patrones de sometimiento.

El narrador se burla de los primeros cronistas ibéricos, cuyos relatos se remontaban hasta hechos bíblicos: “A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles. […] Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo” (Echeverría, 1963: 3). De este modo se crea una actitud de rechazo a lo español y se afirma la idea de incorporar nuevas formas, propias de Hispanoamérica. La dicotomía España/América también se encuentra en el uso de palabras propiamente argentinas, como “ñandubay”, “chiripá” o “achura”, así que nos encontramos frente a un lenguaje y un estilo totalmente nacional. Además, la actitud antiespañola forma parte de una crítica al gobierno imperante porque “la llegada de Rosas al poder suponía para los sectores liberales un regreso a las formas de gobierno de un pasado colonial con el que se quería romper” (Becerra, 2011: 234).

Ilustración de Adrían Patrón

Esteban Echeverría | Ilustración de Adrián Patrón

Una de las oposiciones más importantes es la que se da entre la Iglesia y la Razón, que se manifiesta por medio de la ironía, ya que el autor no podía expresar abiertamente las injusticias del clero. En el siguiente fragmento es notoria la crítica hacia dicha institución: “Y como la Iglesia tiene ab initio y por delegación directa de Dios, el imperio inmaterial sobre las conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo, nada más justo y racional que vede lo malo” (Echeverría, 1963: 3); la ironía aquí recae en el hecho de que se quiere decir todo lo contrario, que la Iglesia seguía practicas irracionales y no protegía a los individuos. Cabe aclarar que los escritores decimonónicos no eran ateos, sino que se declaraban en contra de la Iglesia como institución que detentaba un enorme poder sobre ciertos aspectos «como el económico y el social»

Por otro lado se presenta la idea de que la opinión racional no logra imponerse a los preceptos religiosos, debido al fanatismo y la superstición del pueblo.

Algunos médicos opinaron que si la carencia de carne continuaba, medio pueblo caería en síncope por estar los estómagos acostumbrados a su corroborante jugo; y era de notar el contraste entre estos tristes pronósticos de la ciencia y los anatemas lanzados desde el púlpito por los reverendos. (Echeverría, 1963: 4).

El fanatismo también es notorio en el aspecto político dado que, en el cuento, la Iglesia aparece siempre vinculada al gobierno de Rosas: “¡Ay de vosotros unitarios impíos que os mofáis de la Iglesia, de los santos, y no escucháis con veneración la palabra de los ungidos del Señor! […] La justicia del Dios de la Federación os declarará malditos” (Echeverría, 1963: 3). Así, se da cuenta de la unión de los dos poderes, pues la autoridad espiritual se vincula con la legal y, por lo tanto, al criticar los abusos de poder de la Iglesia también se critica la dictadura rosista.

La mayor oposición que plantea El Matadero es la de Civilización contra Barbarie, cuestión que es tratada durante todo el siglo XIX como una manera de explicar la situación social, política y cultural de Hispanoamérica.

Una de las maneras en que se aborda dicha oposición es la diferencia racial entre lo blanco y lo negro. A lo largo del texto nos enfrentamos con varias referencias a la negritud: “negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula” (Echeverría, 1963: 6). Todo el ambiente que rodea a las personas de raza negra es sórdido y escatológico ya que se encuentran en la playa cercana al matadero, en la que los carniceros están cortando la carne de una manera extremadamente grotesca, mientras los diálogos entre los personajes «que hambrientos pelean por un trozo de carne» son bastante vulgares: “Che, negra bruja, salí de aquí antes de que te pegue un tajo—exclamaba el carnicero” (Echeverría, 1963: 7).

A pesar de que no se hace una mención tan explícita como la de la negritud, la otra parte de esta dualidad, la de la raza blanca, se hace patente en la figura del joven unitario, debido a que es un hombre que se comporta de forma civilizada y ninguna de sus acciones o expresiones es grosera, además de que es el único personaje al que se describe como poseedor de un “blanco cutis” (Echeverría, 1963: 14).

Las diferencias entre la raza blanca y la negra dan cuenta del trato distinto que se les daba a cada una de ellas durante el siglo XIX. Las personas morenas eran tratadas como el sector inferior de la clase baja y como la servidumbre de los blancos, quienes generalmente representaban a la clase alta. Esta idea es importante en tanto que la visión racista prevalece hasta nuestros días y no ha podido erradicarse de los países hispanoamericanos.

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Fotografía de Irving Conde

Otra gran oposición es la que hay entre federales (partidarios del régimen de Rosas)  y unitarios (oponentes al gobierno rosista). Las diferencias entre ellos son muy radicales y se presentan en varios aspectos, de los cuales destacan la descripción, las acciones y el lenguaje.

En El Matadero los federales son descritos como violentos, escandalosos y extremistas, todo ello debido a que su fanatismo les había hecho creer que cualquiera que no estuviera a favor del Restaurador era un traidor a la patria. En cuanto a la descripción física vemos que son personajes con rasgos poco favorecedores. En cambio, el unitario se muestra como una figura casi perfecta: “Era éste un joven como de veinticinco años de gallarda y bien apuesta persona” (Echeverría, 1963: 11). De este modo notamos que las descripciones de los personajes resaltan lo bueno como lo bello y lo malo o amenazante como lo feo y grosero, lo que pone al unitario por encima de los federales.

Las acciones de los personajes también los definen. Los federales actúan bruscamente, como lo vemos en la matanza del toro, su indiferencia ante la muerte del niño y la manera en que reaccionan cuando ven al unitario y lo capturan. Parece como si actuaran sin pensar, sólo movidos por sus impulsos. En cambio, el unitario se conduce con la moderación típica del siglo XIX. Claro que él también forcejea para liberarse de sus enemigos, pero nunca es quien ataca o lastima; a pesar de que desprecia a los federales es él quien trata de entablar un diálogo con ellos e incluso “muere de una forma contenida, guardando su ira y explotando de rabia; no muere golpeando a sus captores usando violencia, sino que lo hace dialogando, expresando sus ideas y repulsando a estos «federales salvajes»” (López: 7).

Por último, una gran diferencia entre federales y unitarios se da en el nivel del lenguaje. El de los federales es coloquial y descuidado,  no busca la corrección de la expresión sino dar a conocer la emoción del momento:

—A ti te toca la resbalosa —gritó uno.
—Encomienda tu alma al diablo.
—Está furioso como toro montaraz.
—Ya le amansará el palo.
—Es preciso sobarlo. (Echeverría, 1963: 12).

Mientras que la manera de expresarse del unitario es culta y cuidada, no utiliza tantas interjecciones y se decanta más bien por oraciones complejas: “—Lo dispusisteis vosotros, esclavos, para lisonjear el orgullo de vuestro señor y tributarle vasallaje infame” (Echeverría, 1963: 13). Por medio del lenguaje se revelan los elementos característicos de cada uno de los grupos, los federales buscaban imponerse a través de la fuerza y los unitarios a través de la razón y el diálogo.

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Fotografía por: Irving Conde

Los contrastes entre cada mundo son tan marcados porque se busca dejar una huella profunda en el lector, convencerlo de que los federales, como representación de cualquier gobierno dictatorial, siempre lucharán por sus propios intereses y dejarán los del pueblo de lado; en tanto que los unitarios, como símbolo de gobiernos más liberales, se basan en planteamientos teóricos y leyes, creados por la razón, con el fin de buscar el mayor bienestar entre la sociedad.

Finalmente, nos encontramos con una de las oposiciones más significativas, la del hombre y el animal. Gran parte de El Matadero gira en torno a hacer comparaciones explícitas e implícitas entre los personajes y diversos animales, como una forma de reforzar la idea de Civilización y Barbarie.

Los personajes que aparecen en la escena de la matanza de reses tienen muchas similitudes con los animales: “cuatro ya adolescentes ventilaban a cuchilladas el derecho a una tripa gorda […]; y no de ellos distante, porción de perros flacos ya de la forzosa abstinencia, empleaban el mismo medio para saber quién se llevaría un hígado” (Echeverría, 1963: 8). Estas actitudes salvajes se deben a que las circunstancias creadas por la inundación hicieron que los hombres se transformaran, es decir, la animalidad en ellos fue provocada por el hambre, que los regresó a los instintos básicos de supervivencia compartidos por todos los seres vivos. Se ve al hambre y la matanza como una forma de catalogar a los hombres y mujeres del matadero dentro del ámbito de la Barbarie.

Otro ejemplo muy claro es el de los adjetivos y sustantivos que el unitario utiliza para caracterizar a los federales como animales: “Sí, la fuerza y la violencia bestial. Esas son vuestras armas; infames. El lobo, el tigre, la pantera también son fuertes como vosotros. Deberíais andar como ellas en cuatro patas” (Echeverría, 1963: 13). Podemos ver estas comparaciones como el símbolo de todos los hechos salvajes cometidos por los partidarios del gobierno de Rosas: eran tan brutales como las peleas entre animales, no tenían normas morales y mataban por sobrevivir. Es por ese salvajismo que el unitario prefiere morir a quedar desnudo, pues si lo desnudan caería en una especie de salvajismo (ya que el salvaje es el que no tiene pudor y no se cubre con ropa), que lo pondría al mismo nivel que los federales.

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Fotografía por: Irving Conde

Existe un paralelismo muy significativo en el relato, que caracteriza al toro del matadero de la misma forma que al unitario. El toro tiene “una rojiza y fosfórica mirada”, “arrojaba espuma, su nariz humo, sus ojos miradas encendidas” y “brotó un torrente de la herida” que lo mató; mientras que el unitario tiene una “mirada de fuego”, “echaban fuego sus pupilas, su boca espuma” y “un torrente de sangre brotó borbolloneando” de su boca. Estas semejanzas revelan la idea del toro y el unitario como símbolos de la libertad y de la fuerza, así como de la idea de que «a pesar de ser sometidos por los contrarios» se deben de enfrentar esos momentos con valentía y coraje, sin miedo a morir por los ideales por los que se lucha.

Sobre este último punto se puede decir que, dentro del relato, nos encontramos con una visión invertida de la realidad, ya que son los federales quienes ven como salvajes y animalizados a los unitarios. Así, aparece de nuevo la ironía y el humor satírico tan característicos del texto.

En conclusión, podemos argumentar que el cuento de Echeverría no sólo se presta para ilustrar las diferencias entre federales y unitarios durante el siglo XIX, sino que todas las oposiciones y dualidades analizadas (España/Hispanoamérica, Religión/Razón, Civilización/Barbarie, raza blanca/raza negra, humanidad/animalidad) confirman que el título del cuento es una metáfora para describir la decadencia a la que un pueblo puede llegar si es gobernado por un dictador. El matadero no es un lugar específico, es todo el país: un lugar en donde se reprime y se asesina con la misma facilidad a los animales como a los humanos, a los adultos como a los niños y, lo peor de todo, a las ilusiones de los que buscan una mejor nación, libre de cualquier elemento externo que en este caso no sea hispanoamericano.

Es así, que el Matadero termina simbolizando todo el salvajismo de un régimen político.


Bibliografía

Echeverría, E. (1963) El Matadero.

López Lecourt, B. Representaciones de Masculinidad en la construcción de proyectos de nación. El Matadero de Esteban Echeverría. Universidad Diego Portales. Versión en línea. http://www.udp.cl/descargas/facultades_carreras/historia/revista/beatrizlopez_2.pdf

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Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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