El erotismo y el amor romántico en la poesía de Manuel María Flores

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Lado B
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Fotografía: Esteban Salazar
Escrito por: Jonatán Delgado Martínez

Introducción

La expansión del Romanticismo en Europa tuvo un ritmo acelerado. Menos de medio siglo bastó para que fuese uno de los movimientos artísticos más desarrollados e influyentes del siglo XIX. Esto se debe a que el Romanticismo no se quedó únicamente en el plano artístico, sino que se vio afectado por el movimiento ideológico revolucionario y viceversa. Este movimiento cultural surge en contra de las normas positivistas de la época; exalta el “yo” creador, la sensibilidad artística, lo exótico, el estado puro del hombre sin la corrupción social y, entre otras cosas, la libertad y el concepto de nación.

Como se podría creer, el Romanticismo no llegó a México a través de las obras de autores españoles, sino que llegó gracias a las traducciones de poetas como Juan Antonio Miralla, quienes tradujeron obras de Gray, Lord Byron, Lamartine, Rousseau, entre otros. Los artistas mexicanos se sintieron rápidamente atraídos por esta nueva escuela, en la que encontraron una plataforma desde la cual expresarse.

Se extendió la idea de que la razón de vivir estaba completa en la emoción sentimental; el gusto por lo patético y lo sombrío, el amor al ensueño, a la melancolía, a la soledad, el mal del siglo, en fin, invadieron la literatura (Jiménez Rueda, 1946).

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Manuel María Flores | Ilustración: Adrían Patrón

El autor romántico siempre buscó la inspiración en lugares lejanos y exóticos como: Persia, Arabia, la misma España o América. Por lo que la situación política y social en el México de mediados del siglo XIX proporcionaba material de sobra a los escritores que no se veían en la necesidad de explayar su imaginación a lugares tan recónditos. Cada artista buscó su propio significado de Romanticismo, según su aptitud sentimental, sus principios y aspiraciones, por lo que este movimiento, al llegar a nuestro país no expresa ese levantamiento contra las formas positivistas, sino que en las obras románticas mexicanas se puede apreciar el rechazo a los privilegios y convencionalismos sociales. Como podemos ver en la primera obra mexicana de dicho movimiento: El Periquillo Sarniento, de Lizardi o el periódico El pensador mexicano, del mismo autor, cuyo enfoque era hacer crítica del gobierno virreinal.

Después de la guerra de independencia, el Romanticismo ya se había asentado por completo debido a la situación social y fue en el Porfiriato donde alcanzó su máximo auge, como lo ejemplifica Julio Jiménez Rueda en su estudio de 1946, Historia de la literatura mexicana:

En México, la exaltación política hacía 1830 era extraordinaria: luchaban los partidos, apellidábase libertad en las logias masónicas, yorkinas o escocesas, en las juntas secretas de las facciones se conspiraba abiertamente. […] El Romanticismo se respiraba en todas partes: en las celdas y los claustros de los conventos; en los cuarteles, las calles ensombrecidas de la ciudad, en las plazas espaciosas. Por eso los románticos europeos hallaron calurosa acogida en México, por eso fueron leídos y traducidos (Jiménez Rueda, 1946).

Otro momento cumbre para el asentamiento del Romanticismo en el país fue la inauguración en 1836 del Colegio San Juan de Letrán, donde autores como Andrés Quintana Roo conviven con José María Heredia, autor cubano representativo de este movimiento y que tiene gran influencia en los poetas mexicanos de la época.

Fue en este mismo colegio donde, años después, el poeta Manuel María Flores comenzaría sus estudios y tuviese ese gran acercamiento al pensamiento y a la poesía romántica.

El poeta revolucionario

Flores ingresa en el Colegio de San Juan de Letrán para estudiar la carrera en filosofía. Ahí conoce y entabla una amistad de por vida con el poeta Ignacio Manuel Altamirano, quien sería una de las figuras más influyentes en la poesía de Manuel M. Flores en la insistencia de Altamirano de crear una literatura nacional. Altamirano relata en la introducción del único libro de Flores, Pasionarias, que su cuarto en la facultad frecuentemente se transformaba en redacción de periódico, pues en éste se reunían los grupos de intelectuales a discutir temas de política y literatura. Manuel M. Flores era un joven aspirante a poeta que se sintió atraído por todo este frenesí político, lo que lo hace abandonar sus estudios y marcharse a luchar en la Guerra de Reforma. Escribe Altamirano en la introducción del mismo libro.

También Flores tuvo que salir pronto de ella; también él tomó parte en la política liberal, y tan pronto como se vio libre de los encantos de su Circe, fue a combatir en Puebla en la primera oportunidad. Defensor siempre de su patria y de sus ideas, con la pluma y con la acción, supo en la guerra de intervención cumplir con su deber como soldado, y a consecuencia de eso, no tardó en ser perseguido y preso en el Castillo de Perote, por orden del general francés De Thun, comandante de Puebla. (Flores, 1999)

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Fotografía: Esteban Salazar

El poeta pasó cinco meses encerrado hasta que es confinado en Jalapa. En cuanto se restaura la república es elegido diputado. Jamás retoma sus estudios en Letrán pero sigue frecuentando los círculos literarios hasta que finalmente sucumbe ante la sífilis y muere en 1872.

De este constante y joven espíritu de lucha nació la poética de Manuel María Flores. Su poesía emerge de la pasión y la rebeldía al punto de incluso transgredir ciertos elementos clásicos del Romanticismo y es que cuando se pasa de la razón finita a la infinita, afirmando el valor de lo subjetivo en función de la moral, el sentimiento, la fe, la pasión, la libertad individual y la imaginación, aparece la definición romántica del arte como creación y originalidad absoluta, en contraste con la imitación o recreación de la realidad racional, lo natural, utilitario y objetivo de la estética clásica y neoclásica.

Hay que recordar que el amor “típico” del Romanticismo se vive desde una perspectiva casi platónica; es decir, que los románticos elevaban a la figura amada hasta un punto en el que se les era comparadas a la par de vírgenes santificadas. La pureza del cuerpo y del alma, la figura pálida, el sufrimiento, eran sólo algunos de estos elementos que inspiraban a los poetas. La sensualidad provenía de esta lejanía de los cuerpos. El amor sólo podía consumarse en la muerte. Así lo vemos en la famosa obra de Shakespeare Romeo y Julieta, en Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas o en Sab de Gertrudis Gómez de Avellaneda. El amor desmedido buscaba juntar las almas de los amantes, poco tenía que ver con lo carnal.

Manuel María Flores lleva la revolución a las letras y en su obra se denota un erotismo atípico, poco común en las obras románticas. La sensualidad y el afán por el roce de la carne se muestran de manera latente en su poesía.

Cabe destacar que en su obra poética siempre se asoma ese sentimiento vivencial de las situaciones. Flores realmente escribía de lo que sabía y vivía; su vida siempre estuvo a la par de sus dos tópicos de predilección: la sensualidad y las mujeres. Urbina dice al respecto que: “Manuel M. Flores sucumbió devorado por el mismo fuego que resplandecía en sus cantos ardorosos […] Lo que él vehementemente expresaba en estrofas, lo vivía intensamente en la realidad” (Castillo, 2002)[1]. Esta vivencia de su obra permitía que en su poesía se sienta, aún con mayor fuerza, la carga de sensualidad. El gran mérito del poeta es lograr que una poesía tan personal pudiese tomar forma y figura de una temática universal. Llevar el espectro místico a un plano terrenal.

La mujer y lo erótico

He escogido tres poemas ya que en ellos se puede visualizar exponencialmente la aparición de estos elementos. El primero de ellos, Nupcial, narra el primer encuentro entre los recién casados que significa el rompimiento de ese manto virginal de la pareja.

El agua que temblaba
al sentirla en su seno, la ceñía
con voluptuoso abrazo y la besaba,
y a su contacto de placer gemía
con arrullo tan suave y deleitoso,
como el del labio virginal opreso
por el pérfido labio del esposo
al contacto nupcial del primer beso (Flores, 1999).

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Fotografía: Esteban Salazar

De este pequeño fragmento podemos observar, primeramente, que la sensualidad brota de la transgreción de dos elementos: el contacto y lo vírginal. Ya que no sólo estamos ante la escena en la que una pareja se besa, sino que el labio de la amante en ese instante pierde su condición pura. La escena transcurre en un bosque, donde el río funciona como elemento mimético del tacto del hombre y que resalta la sensualidad de la escena “con voluptuoso abrazo y la besaba / y a su contacto de placer gemía” (Flores, 1999). para referirse a las aguas del río. Elemento recurrente en el Romanticismo utilizado para resaltar los estados de ánimo, en este caso, para enfatizar el tacto entre los dos cuerpos.

Ardiente en mi mejilla de su aliento
sentía el soplo suavísimo, y sus ojos
muy cerca de mis ojos, y tan cerca
mi ávido labio de sus labios rojos,
que rauda y palpitante
mariposa de amor, el alma loca,
en las alas de un beso fugitivo
fue a posarse en el caliz de su boca… (Flores, 1999)

El alma escapa del cuerpo para tocar el cuerpo de la amada. La idea de Flores sobre el amor romántico es mediante la interacción carnal. Ésta permite el contacto de las almas. Este tema lo trabaja constantemente.

En su poema Bajo las palmas, Flores transgrede no sólo los preceptos románticos, sino incluso la moral. En este texto hay que destacar la imagen que el poeta forma de la mujer, pues ya no es la mujer de “márfil” cuya palidez destaca en la penumbra de los poetas europeos:

Morena por el sol de mediodía
que en la llama de oro fulgido la baña,
es la agreste veldad del alma mía,
la rosa tropical de la montaña.

[…] Sus miradas son luz, noche sus ojos,
la pasión en su rostro centellea,
y late el beso entre sus labios rojos
cuando desmaya su pupila hebrea… (Flores, 1999)

No es la musa de los románticos franceses, esta mujer tiene la piel quemada al sol y los ojos negros como la noche. Es la rosa tropical, roja como los labios que siempre denotan una carga sexual, añadiendo su palpitar del beso dado en el momento en que se cierra su pupila.

Allá en la soledad, entre las flores,
nos amamos sin fin, a cielo abierto,
y tienen nuestros férvidos amores
la inmensidad soberbia del desierto (Flores, 1999).

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Fotografía: Esteban Salazar

Nuevamente el campo abierto es la elección del poeta como escenario del encuentro entre los amantes. El lugar se vuelve relevante para expresar la idea del encuentro a escondidas y de la pasión desbordada que significa el llevar el acto carnal ocultos, entre las sombras del bosque.

Y si oyen tronadores los torrentes
y las aves salvajes en concierto,
en tanto celebramos indolentes
nuestros libres amores del desierto (Flores, 1999).

Nuevamente la naturaleza vuelve a manifestarse en los amantes y viceversa.

Los labios de los dos, con fuego impresos,
se dicen el secreto de las almas;
después… desmayan lánguidos los besos…
y a la sombra quedamos de las palmas (Flores, 1999).

El poema concluye con la finalización del acto. La imagen muestra a la pareja recostados bajo las palmas que después de la pasión han llegado a conectar sus almas. Flores, entonces, está expresando que la idea del amor romántico se da pero mediante el acto sexual; es decir que así queda consumado y las almas de ambos llegan a conocerse, a interactuar y ser una.

Todo en su poesía está ligado a la tierra, tanto por la apariencia de la mujer como por la sexualidad en la que describe a la misma y por la significación sexual de la escena. Himeno representa la ideología liberal del autor, quien lo coloca en el lugar como elemento de significancia, lo cual remite nuevamente al momento nupcial de la pareja. En donde se entregan por vez primera, pero sin los lazos matrimoniales.

Esta carga de amor desmesurado, en el que el amante debe poseer al otro de manera desesperada también la expresa en su poema Eva, que narra la vida de los personajes bíblicos.

Sintiendo que potente, irresistible,
algo inefable que en su ser había
sobre los labios del gentil dormido
los suyos atraía,
inclinóse sobre él…
Y de improviso
se oyó el ruido de un beso palpitante,
se estremeció de amor el Paraíso… (Zaid, 2012)[2]

He aquí entonces el momento en el que Adán y Eva se ven por primera vez, y en un desenfrenado momento deben de poseerse el uno al otro, somos nosotros, hoy día,  los herederos de esa sensación. Eso para el poeta es el verdadero significado de la pasión. Aquello que mueve irremediablemente a dos cuerpos a estar uno frente a otro y que todo a su alrededor se mueva con ese ímpetu. Manuel María Flores refleja en su poesía la elección del deseo ante los preceptos; el Eros sobre todas las cosas.

 


Bibliografía

Castillo, R. (2002). “Manuel M. Flores: el erotismo reaccionario de la amada voluptuosa”. Recuperado el 15 de febrero de 2014, de El faro cultural. http://www.elfarocultural.com

Flores, M. M. (1999). Pasionarias. Alicante: Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.

Jiménez Rueda, J. (1946). Historia de la literatura mexicana. México: Botas.

Zaid, G. (2012). Ómnibus de la poesía mexicana. México: Siglo XXI editores.

[1] G. Urbina citado por Rafael Castillo.
[2] Manuel M. Flores citado por Gabriel Zaid.

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Escrito por

Revista de Literatura, Arte y Humanidades editada por la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo. Ha publicando periódicamente del 2002 a la fecha.

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